Lunes 1º de Cuaresma

 Lunes 1º de Cuaresma  

(Lv 19, 1-2. 11-19; Mt. 25, 31-46) 

Queridos hermanos: 

            En el Evangelio encontramos dos pasajes en los que Cristo acoge, alimenta y sacia a las gentes que lo siguen, a través de sus discípulos; el primero en referencia a Israel, y el segundo a las naciones. Encontramos también dos pasajes en los que Cristo envía a sus discípulos a predicar, y también uno está referido a Israel: el envío de los doce, y el otro hace referencia a las naciones: el envío de los setenta y dos. En estos, es Cristo quien es acogido o rechazado, en las personas de sus “hermanos más pequeños, que son sus discípulos, porque quien os acoge a vosotros me acoge a mí, y quien a vosotros escucha, me escucha a mí, y a aquel que me ha enviado. Cuando en el evangelio de hoy el Señor habla de que las naciones lo han acogido o rechazado a él, se está refiriendo a la acogida o el rechazo a sus enviados: a su predicación del Reino, y a la paz y la salvación que encarnan.

          La relación con Dios de su pueblo, pide de él una conducta consecuente con el don recibido de amistad, bondad, generosidad, verdad y en una palabra santidad. La experiencia de los atributos de Dios en su vida debe repercutir en su relación con los demás. La santidad que Dios pide a su pueblo es concretamente la que él ha usado con ellos. Aquello de: “Sed santos, porque yo soy santo”, vendría a ser: Sed santos con los demás, porque yo lo soy con vosotros. Pórtate con tus semejantes como yo me porto contigo. Jesucristo dirá: “Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto. Porque él hace salir su sol sobre buenos y malos y manda la lluvia también sobre los pecadores”. Esta es la perfección del amor de Dios, que no hace acepción de personas; que ama a sus enemigos.

          La santidad cristiana, por tanto, es superior a la de Israel, o como dirá Jesús, superior a la de los escribas y fariseos, y por eso, “el más pequeño en el Reino, es mayor que Juan”; porque es superior el espíritu de amor al enemigo con el que Cristo nos ha amado, y que mediante la fe, ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo: “Amaos como yo os he amado”. “Amad a vuestros enemigos y seréis hijos de vuestro Padre celeste”; y “mis hermanos más pequeños”.

          Esta es también nuestra misión de encarnar a Cristo en el mundo para que el mundo se encuentre con él, pueda acogerlo, y se salve:  «Quien a vosotros os escucha, a mí me escucha; y quien a vosotros os rechaza, a mí me rechaza; y quien me rechaza a mí, rechaza al que me ha enviado.»

          Con mucha frecuencia este texto del Evangelio es usado incluso por el Magisterio, como apoyo de la incuestionable tesis, según la cual, en las obras de misericordia realizadas en los necesitados, se encuentra al Señor. Pero la validez de esta actualización y de otras similares, impide en ocasiones al texto expresar la riqueza propia de su significado e incluso exponer tesis más específicas.

          Este texto tiene la virtud de presentar a los discípulos y por tanto a la Iglesia, como analogía del Verbo encarnado en su misión salvadora, y como norma de juicio ante las naciones, a través de la filiación divina que los constituye en “pequeños hermanos de Cristo”, y miembros de su cuerpo místico.   

          El apelativo de “pequeños”, está suficientemente aplicado en el Evangelio a los discípulos y a los enviado a asumir la acogida o el rechazo de las naciones  en nombre de Jesús: “Todo aquel que dé de beber tan sólo un vaso de agua fresca a uno de estos pequeños por ser discípulo, os aseguro que no perderá su recompensa” (Mt 10, 42), cf. (Mc 9, 41 y 42;  Mt 18, 4 – 6. 10. 14; Lc 10, 21).

           “Mas si son sus hermanos, ¿por qué los llama pequeñitos? Por lo mismo que son humildes, pobres y abyectos. Y no entiende por éstos tan sólo a los monjes que se retiraron a los montes, sino que también a cada fiel aunque fuere secular; y, si tuviere hambre, u otra cosa de esta índole, quiere que goce de los cuidados de la misericordia: porque el bautismo y la comunicación de los misterios le hacen hermano.”  (San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 79,1).

           Por muy somera que quiera hacerse la lectura de la expresión: “estos” hermanos míos más pequeños, ésta, no es aplicable sin más a cualquier tipo de pobres y necesitados de la tierra, a quienes su indigencia no redime sin más, de su posible precariedad espiritual: pasiones, perversiones e idolatrías. Este apelativo implica una pertenencia a Cristo: “Todo aquel que os dé de beber un vaso de agua por el hecho de que sois de Cristo, os aseguro que no perderá su recompensa” (Mc 9, 41); cf.(Mt 10, 42). Además, el adjetivo “estos”, sitúa en el discurso al grupo de los “hermanos más pequeños”, separadamente al grupo de la derecha y al de la izquierda, frente a las naciones y fuera de ellas , porque constituyen un sujeto distinto a aquellos a quienes se aplica la bendición o la maldición. El calificativo de  “hermanos míos”, corresponde más bien, al de “hijos del Padre celeste”, a los cuales Cristo pone la premisa del amor a sus enemigos para merecerlo, (Mt 5, 44).  Implica además la posesión del espíritu del Hijo, y no sólo la condición de meros menesterosos y desheredados.

           “Libremente podíamos entender que Jesucristo hambriento sería alimentado en todo pobre, y sediento saciado, y de la misma manera respecto de lo otro. Pero por esto que sigue: "En cuanto lo hicisteis a uno de mis hermanos", etc., no me parece que lo dijo generalmente refiriéndose a los pobres, sino a los que son pobres de espíritu, a quienes había dicho alargando su mano: "Son hermanos míos, los que hacen la voluntad de mi Padre" (Mt 12,50).  San Jerónimo.

           A sus “hermanos más pequeños”, Cristo ha dicho: “Quien a vosotros recibe a mí me recibe” (Mt 10, 40). “Quien a vosotros os escucha, a mí me escucha” (Lc 10, 16). Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian; a todo el que te pida, da y al que te robe lo que es tuyo, no se lo reclames”, (cf. Lc 6, 27 – 35). Es a “las naciones” a quienes dice: “Tuve hambre –en la persona de mis hermanos más pequeños- y no me distéis de comer, tuve sed y no me distéis de beber”, y lo que sigue. Sois benditos, o malditos, porque en “estos”, mis enviados, me recibisteis o me rechazasteis a mí. 

          “Se escribió a los fieles: "Vosotros sois cuerpo de Cristo" (1Cor 12,27) Luego así como el alma que habita en el cuerpo, aun cuando no tenga hambre respecto a su naturaleza espiritual, tiene necesidad, sin embargo, de tomar el alimento del cuerpo, porque está unida a su cuerpo, así también el Salvador, siendo El mismo impasible, padece todo lo que padece su cuerpo, que es la Iglesia.  (Orígenes, in Matthaeum, 34).

           También el Israel fiel a la primera Alianza, es un pueblo de hermanos de Jesús distinto de las naciones, pero distinto también hasta el presente de “sus hermanos más pequeños” por quienes será juzgado: “Yo os aseguro que vosotros que me habéis seguido, en la regeneración, cuando el Hijo del hombre se siente en su trono de gloria, os sentaréis también vosotros en doce tronos, para juzgar a las doce tribus de Israel”. (Mt 19, 28). 

          Con el nombre de ángeles designó también a los hombres, que juzgarán con Cristo, pues siendo los ángeles nuncios, como a tales consideramos también a todos los que predicaron a los hombres su salvación. (San Agustín, sermones, 351,8).

           La interpretación de la expresión: “mis hermanos más pequeños” referida únicamente a los pobres y menesterosos, implica una concepción secularista, por la que la Iglesia pierde su carácter “sacramental de salvación”, y a la vez relativiza su misión evangelizadora, que como dice Cristo en el Evangelio, aporta una verdadera “regeneración” al mundo, que ha perdido la Vida como consecuencia del pecado. En caso contrario, bastarían las obras asistenciales de filantropía que cualquier hombre puede realizar sin necesitar de Jesucristo, para ayudar al mundo. El envío que Cristo resucitado hace a sus discípulos a todas las naciones, de modo que “el que crea se salvará y el que se resista a creer se condenará”, queda sin sentido por la interpretación secularizante que elimina toda componente trascendente y escatológica de la predicación cristiana. 

          Si es suficiente el ejercicio de las obras asistenciales, ¿dónde quedan la fe, el perdón de los pecados y el testimonio? (Mt 10, 32s); ¿dónde la redención de Cristo, el don del Espíritu y la vida nueva? ¿Para qué el “vosotros sois la sal de la tierra, la luz del mundo y el fermento? La misión de la Iglesia se reduciría a una función asistencial, a la que tristemente es reducida la pastoral de muchas de nuestras asociaciones clericales olvidando de hecho su misión fundamental.

          Frente a esta Palabra, los creyentes, no sólo deben tomar conciencia de su realidad ontológica de ”hijos del Padre” y de “hermanos de Cristo”, sino también de su misión de “pequeños”, mediadora de la salvación de Cristo a las naciones: “Quien a vosotros recibe, a mí me recibe”. Misión de destruir la muerte del mundo en sus propios cuerpos, constituidos en miembros de Cristo, pues “mientras nosotros morimos, el mundo recibe la vida”, (cf. 2Co 4, 12).

          Esta palabra hace presente la misión salvadora de la Iglesia y exhorta a los fieles a permanecer unidos al grupo de los hermanos más pequeños de Jesucristo, que la han encarnado en el mundo, siendo por tanto objeto del rechazo o de la acogida de los hombres, como lo ha sido Cristo mismo.

          Los cristianos, con el espíritu de Cristo, han hecho presente en sus cuerpos la escatología. Sobre ellos se ha anticipado el juicio de la misericordia divina (Jn 3, 18). Son conscientes de haber acogido al Señor, y ahora triunfantes por haber permanecido unidos a la vid, son norma de juicio para las gentes y paradigma de salvación o de condenación, frente al que serán medidas “todas las naciones” (Mt 25, 35 y 36. 42 y 43).

          Cuando un cristiano o una comunidad cristiana escucha la proclamación de esta Palabra, debe saberse situar en el grupo de los “pequeños hermanos del Señor”. Debe ser consciente de la salvación que gratuitamente ha recibido y de la cual vive. Debe recordar perfectamente los padecimientos sufridos por el testimonio de Jesús y sobre todo las consolaciones de haber visto su mensaje acogido por tanta gente, sobre la que ha visto irrumpir el reino de Dios y el gozo del Espíritu Santo, cuando como “siervo inútil”, ha encarnado al mensajero de la Buena Noticia.

          Por eso, al escuchar esta Palabra y ver que aún es tiempo de salvación y de misericordia, su celo se robustece pensando en aquellos que aún no la han conocido. Su vigilancia se renueva, pues por nada quisieran abandonar el lugar privilegiado cercano a su Señor en el día del juicio y por toda la eternidad; ni dejar su puesto en la Iglesia o ser despojados de él por el enemigo que constantemente “ronda buscando a quien devorar”. Contemplan también las obras santas que les concede realizar Aquel que los conforta, por el cual están crucificados para el mundo, y no viven ya para sí, sino para Aquel que murió y resucitó por ellos.

          Son ellos, los hambrientos por Cristo, los desnudos, los presos, los enfermos, en los que Cristo es acogido o rechazado. No es ya su vida la que viven, sino que Cristo vive en ellos. Pero si al escuchar esta Palabra, caen en la cuenta de que ya el Maligno les ha desposeído de su puesto junto a los “hermanos más pequeños”, si ya se ven grandes y opresores, e hijos de otro padre, esta Palabra les llama nuevamente, porque cuando nosotros somos infieles, Él, permanece fiel. 

          Que así sea.

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Domingo 1º de Cuaresma A

 Domingo 1º de Cuaresma A:

(Ge 2, 7-9; 3, 1-7; Rm 5, 12-19; Mt 4, 1-11.) 

Queridos hermanos: 

          En este primer domingo al comienzo de la Cuaresma, la liturgia nos lleva a contemplar la creación del hombre, que Dios sitúa en la felicidad del paraíso en el que él mismo está presente junto al hombre, y siendo amor, llama al hombre al amor, para lo cual necesita hacerlo libre, y para eso, en el centro del paraíso sitúa el árbol de la vida, y el árbol de la ciencia del bien y del mal, que simbolizan su libertad. Ante él se abrían así los dos caminos: el camino de la vida sin fin y el de la muerte sin remedio. Para permanecer en el paraíso, el hombre deberá ejercer su libertad obedeciendo a Dios, amando y eligiendo la vida, al ser tentado por el diablo, so pena de perder su comunión bienaventurada con el Señor, su creador, y convertir así el paraíso en un desierto morada de demonios, separado del Señor.

          El desierto será así campo de batalla y palestra espiritual, frente al Paraíso, meta de nuestra vocación y objeto de nuestra esperanza, en el que Dios quiere manifestarse para mudar de nuevo el desierto en Paraíso; muerte en vida, Moria y Gólgota en Edén, según su plan amoroso de comunión eterna.

Contemplamos, hoy, por tanto, a Jesús, siendo impulsado y conducido, en el desierto, por el Espíritu, al combate con el diablo y al encuentro con Dios. Ciertamente es necesaria la moción del Espíritu para ir al desierto y para permanecer en él. El Espíritu, en el desierto, moverá al hombre a entrar en sí mismo, como al hijo pródigo, y encontrar en su corazón el amor en el que fue creado, y no vivir ya para sí, sino para Dios, poniéndose a la escucha.

Es Dios quien llama a su pueblo a la unión amorosa con él y le conduce al desierto lo mismo que a Moisés, a Elías, a Juan Bautista, a los profetas y a cuantos va eligiendo, para mostrarles el Árbol de la Vida, hablarles al corazón, purificar su idolatría, lavarlos de sus pecados y curar su rebelión.  

Solicitado por el mal, sucumbe ante la mentira y es desterrado lejos del alcance de la vida, y en su albedrío, privado de la libertad (Hb 2, 15). Se abre así para él un desierto de esclavitud y de muerte.

Así lo encuentra Dios en Egipto, y tras formarle un cuerpo, sopla sobre él un aliento de vida en el Sinaí, y lo conduce por el desierto para introducirlo de nuevo en el Paraíso. Pero sucumbe prueba tras prueba, y sólo después de cuarenta años, una nueva generación alcanza la tierra que se abre a la esperanza del definitivo retorno.

Sólo en Cristo, el hombre estará preparado para recibir de Dios y para siempre, la puerta franca del Paraíso. Para eso, y una vez recibido el Espíritu, Cristo deberá vencer en el desierto “al que tenía el dominio sobre la muerte, es decir, al diablo, y liberar a cuantos por temor a la muerte, estaban de por vida sometidos a esclavitud” (Hb 2, 14s.). La presencia de los ángeles en la que fue morada de los demonios, y la comunión con los animales del campo (cf. Mc 1, 13), anuncian ya la irrupción del Paraíso entre los hombres.

“En aquellas tres tentaciones está compendiada y descrita toda la historia ulterior de la humanidad, y muestran las tres imágenes a las cuales se reducen todas las indisolubles contradicciones históricas de la naturaleza humana sobre la tierra: sensualidad, voluntad de poder y orgullo de superar la condición mortal. Los tres impulsos más fuertes de la multitud humana; las tres chispas que encienden continuamente la carne y el espíritu”, como dijo Dostoievski.

El marxismo, elucubrando salvar al hombre sólo con el pan, reduciéndolo a puro materialismo, ha fracasado, porque: “no sólo de pan vive el hombre”. Las tentaciones de Marx, Nietzsche y Freud, maestros de la sospecha como se les ha llamado, son las ofrecidas a toda la humanidad, como a Cristo: “yo te daré toda esta gloria”; una vez más, Satán, repropone las mismas tentaciones perennes, por las que: “se os abrirán los ojos y seréis como dioses, conocedores del bien y del mal”.

¿Y cuál es la respuesta de la Iglesia?: Seguir a Cristo. Amarle con todo el corazón: mente y voluntad; con todo el alma: tomando la cruz; y con todas las fuerzas: apoyándose sólo en él. Todas las estructuras, toda dialéctica, y toda represión, están totalmente superadas en el Maestro que lava los pies a sus discípulos, y a todo aquel que lo sigue en pobreza, obediencia y castidad.  

La fracasada historia humana, es conducida por fin, al éxito de la victoria que se consumará en la Cruz: “Te aseguro que hoy estarás conmigo en el Paraíso”. En esta esperanza nos conduce la Cuaresma al encuentro con Cristo en la Pascua. 

Proclamemos juntos nuestra fe.

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Jueves después de Ceniza

 Jueves después de Ceniza  

(Dt 30, 15-20; Lc 9, 22-25) 

Queridos hermanos:         

          Detrás de esta palabra está la invitación al seguimiento de Cristo, al amor, que no puede ser objeto de constricción sino de aceptación libre y responsable, como corresponde a la condición del ser persona humana. El amor es siempre una entrega, que cuando se refiere a Dios implica la fe y no admite términos medios: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas”. Cristo se encamina a la Resurrección pasando por la cruz, como puerta gloriosa de la vida eterna, que implica la negación de sí mismo en el sufrimiento propio del amor. Resistirse al amor es frustrar la propia vida, porque sólo el amor que se une a Cristo en su inmolación por el mundo, trasciende esta vida para alcanzar la eternidad divina.

          Igual que Adán y Eva, que puestos en el Paraíso tuvieron que elegir entre el camino de la vida y el de la muerte sin remedio, porque habían sido creados para el amor, libres, así el pueblo en el desierto, y también nosotros, creados por amor y para amar.

          Elige la vida, decía la primera lectura (Dt 30, 15-20), pero la vida perdurable es Dios, que se nos ha manifestado accesible en Cristo resucitado, y por eso Jesús dice: “el que pierda su vida por mí, la salvará para una vida eterna”. Cristo es el Camino y la Verdad y la Vida, por eso, seguirle a él es elegir la Vida, y dejarlo por guardar la propia vida, es elegir la muerte inherente a la naturaleza humana caída. Al hombre viejo, sus concupiscencias y pecados lo llevan a la muerte. El hombre nuevo se recibe en el seguimiento de Cristo, con lo que tiene de auto negación, de cruz, y de auto inmolación, como consecuencia o fruto del Espíritu derramado sobre el discípulo, y es causa de salvación y testimonio de vida eterna. El que sigue a Cristo hasta el fin, perseverando y permaneciendo en su amor, lo alcanza. Querer guardarse a sí mismo, en cambio, es cerrarse a la vida nueva que trae el Evangelio, persistiendo en la muerte por la incredulidad.

          Cristo tiene un camino que recorrer en este mundo, que lo lleva al Padre a través de la cruz, entregando su vida no por sí mismo, sino por nuestra salvación, según la voluntad de Dios, para recobrarla gloriosa y llevarnos con él a la vida eterna y a la comunión con Dios. A esta meta y a este camino  ha venido Cristo a invitarnos. Él ha venido hasta nosotros tomando sobre sí el yugo de nuestra carne para realizar su misión, y nos llama a uncirnos con él, como semejantes (2Co 6, 14; Dt 22, 10), bajo su yugo suave y su carga ligera, para trabajar juntos en la regeneración de los hombres. También como él, nosotros hemos recibido una cruz que llevar, de manera que negándonos a nosotros mismos en la donación de nuestra vida, encontremos una eterna.

          Nosotros somos llamados en este itinerario cuaresmal a la fe y al  seguimiento de Cristo, que va delante de nosotros señalándonos el camino y mostrándonos la meta; el camino pasa por la cruz, pero la meta es la resurrección y la vida eterna, como ha dicho la primera lectura. La fe reputa la justicia y engendra obras de vida eterna y de salvación en nosotros: “El que come mi carne tiene vida eterna”. A esa vida nos introduce la Eucaristía, si nuestro amén se hace vida nuestra. 

          Que así sea.

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Domingo 7º del TO A

 Domingo 7º del TO A

Lv 19, 1-2.17-18; 1Co 3, 16-23; Mt 5, 38-48 

Queridos hermanos: 

Hoy el Evangelio nos presenta dentro del Sermón de la Montaña, las actitudes del “hombre nuevo”, que hacen presente ante todo a Cristo. Efectivamente, él es esta fuente de la que mana siempre agua dulce y que al mal, responde con bien, como dice san Pablo en la Carta a los Romanos: “No te dejes vencer por el mal, antes bien, vence al mal con el bien.”

          Si la Ley ponía límite a la venganza con “el talión”, Cristo anula totalmente la venganza con el amor a los enemigos y la confianza en la justicia de Dios, que en él pasa por la misericordia del “año de gracia”, como fruto del Espíritu del Señor que está sobre él. Así será también en sus discípulos, cuando el amor de Dios sea derramado en sus corazones por el Espíritu que les será dado. Por eso la moral cristiana, más que sublime, es celeste; más que exigente, es radicalmente un don gratuito que viene del cielo.

          Si bien es verdad que la justicia antigua distinguía entre “enemigos” a quienes había que socorrer: “Si tu enemigo tiene hambre, dale de comer; y si tiene sed, dale de beber”; como dice la Escritura (Pr 25, 21), y “malvados” a quienes había que negar todo socorro: “no des nada al malvado; niégale el pan”, como se lee en el libro del Eclesiástico (12, 5). Cristo, diciendo: “Mas yo os digo”, abre un “kairós” de misericordia y proclama una justicia nueva, por la cual, la bondad del Padre celestial hacia buenos y malos, que da sus dones también a los pecadores (Mt 5, 45), es ofrecida a quienes acogen el “Año de gracia del Señor”, que es tiempo favorable de conversión, antes que al pecador le alcance el tiempo de la justicia que inaugurará el juicio.

          En efecto, como dice la Escritura (Eclo 12, 6): “Dios odia a los pecadores, y dará a los malvados el castigo que merecen”, pero en espera del juicio, usa con ellos de bondad y misericordia, dándoles la oportunidad de convertirse a su amor (Mt 5, 45). También Santiago (cf. 2, 13), afirma que “habrá un juicio sin misericordia, para quien no se adhirió a ella”, en el tiempo de la misericordia.

Escuchar a Cristo decir: «Habéis oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo. Pues yo os digo: Amad a vuestros enemigos», es algo que se puede entender, aunque no sea tan sencillo vivirlo, pero Jesús dice mucho más: «Si alguno viene donde mí y no odia a su padre, a su madre, a su mujer, a sus hijos, a sus hermanos, a sus hermanas y hasta su propia vida, no puede ser discípulo mío.»  No se trata, por tanto, de una sublimación del amor, ni de una generalización del objeto de nuestro amor, que alcance incluso a los enemigos. Se trata de un cambio copernicano en las relaciones de amor y odio; y en las categorías de prójimo y enemigo. No es cuestión de progreso, sino de algo distinto: De una nueva naturaleza de amor, no centrado en sí mismo, puro don gratuito que se nos ofrece en Cristo, en orden a la salvación del mundo.

          Dios ha dicho en el levítico: «Sed santos, porque yo soy Yahvé, vuestro Dios.» (Lv 11, 44; 19, 2; 20, 7), ahora, en cambio, Cristo dice: “amad a vuestros enemigos”, sed perfectos, pero no, porque yo soy vuestro Dios, sino porque Dios es vuestro Padre: “para que seáis hijos de vuestro Padre celestial”. Por tanto, no se trata solamente de obedecer a su palabra porque es Dios, sino de tener su naturaleza, de participar de su santidad; de ser sus hijos.

          Pero ¿cuál es la naturaleza de Dios?: Que el Padre, viendo a su Hijo amado en quien se complace, y viéndonos a nosotros sus enemigos (cf. Rm 5, 10), ha enviado a su Hijo a la muerte, para ganarnos a nosotros. Se ha negado a sí mismo, ha “odiado” a su prójimo, y ha amado a su enemigo. Y el Hijo, ha odiado su propia vida, por amor a nosotros. Por tanto, “sed perfectos” en vuestro amor de hijos, con la perfección del amor de vuestro Padre. Sed santos con los demás, como Dios es santo con vosotros, dándoos su mismo amor. No se trata de subir escalones en el amor, sino de recibir la naturaleza divina del amor. Esta palabra es Dios mismo, su amor, su naturaleza, que se nos ofrece en Cristo. No para ser solamente discípulos, sino hijos.

          Cada cual en el punto en que lo encuentra hoy la Eucaristía, es invitado a elevar al Padre de nuestro Señor Jesucristo, el canto de nuestra acción de gracias por su Hijo, que se da por nosotros para que recibamos la filiación adoptiva y la Vida eterna. 

Proclamemos juntos nuestra fe.

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Sábado 6º del TO

 Sábado 6º del TO

Mc 9, 1-12 

Queridos hermanos: 

          En esta palabra vemos cumplida la promesa hecha ayer a los apóstoles, de ver el reino de Dios con poder. Sólo es posible ver en este tiempo a Cristo transfigurado, antes de su venida gloriosa, en la escucha de “Moisés y Elías”, como cumplimiento de las Escrituras, desde el alfa a la omega que lo anunciaban preparando su venida. Son garantes de la gloria, y de la señoría de Cristo, superando la pura historicidad, y transportándonos a la fe en el Hijo de Dios vivo al que hay que escuchar.

          La vida de Cristo está tan unida a su misión, que aún en los momentos de mayor gloria se hace presente su Pascua. Por eso en este pasaje de la transfiguración, dice el paralelo de Lucas, que hablaban de su partida que iba a cumplir en Jerusalén. Lo primero que hace Cristo cuando termina la visión es hablarles de su pasión. En efecto, hay otra forma de contemplar la gloria del reino de Cristo, viéndolo subir a la cruz y dar la vida por los pecadores, por todos nosotros.

          Respecto a las expectativas de que primero vendría Elías a restaurarlo todo, eran tan terrenales como la misma concepción que tenían del Mesías liberador; por eso el Señor les hace interrogarse acerca de cómo se compagina todo eso, con el que el Hijo del hombre sea rechazado, como anuncia Isaías (53). La restauración de Elías y la salvación mesiánica, no serán cosas externas de realización terrena, automática y unilateral por parte de Dios, sino acontecimientos que atañen al corazón de la persona y por tanto a su libertad, y a su responsabilidad ante la conversión, que la bondad y la misericordia divinas ofrecen al hombre en Cristo. El deseo perverso de Jezabel contra Elías, lo llevará a cabo la perversa Herodías en la persona de Juan.

          El día del Señor que esperan no será terrible sólo para los enemigos y para los ídolos: ¡Día de tinieblas y de oscuridad, día de nubarrones y densa niebla! Día de Yahvé y muy terrible: ¿quién podrá soportarlo? El día que yo visite a Israel por sus rebeldías. ¿No es tinieblas el Día de Yahvé, y no luz, lóbrego y sin claridad? 

          Que así sea.

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