San Lorenzo, diácono y mártir

San Lorenzo, diácono y mártir

2Co 9, 6-10; Jn 12, 24-26

Queridos hermanos:

Hacemos presente hoy a san Lorenzo, en quien el fuego de amor —encendido y asumido por Cristo para librar al hombre de aquel otro “preparado para el diablo y sus ángeles” (Mt 25, 41)— vence al que, matando el cuerpo, no puede hacer más, evitando así la suerte de quien rechaza la oferta de gracia y misericordia del Señor.

Llamados al fruto que permanece eternamente, la caducidad de nuestra vida debe acogerse a la resurrección de Aquel que ha entrado en la muerte para destruirla. Cristo nos invita al fruto de su victoria sobre la muerte mediante la fe en Él, que es también amor, y no puede alcanzarse sin la negación propia en este mundo, negación que supone donación e inmolación al estilo de la semilla. Así, recibiendo el Espíritu Santo, todo discípulo es honrado por Dios y capacitado para reproducir la entrega del Maestro, y con ella su abundancia de vida.

El fruto del amor encierra un misterio de muerte y de vida. Dios ha querido que la vida no se transmita por contagio, sino por inmolación de amor. Se engendra con gozo, se da a luz con dolor, pero sólo llega a plenitud mediante una entrega irrenunciable. Lo vemos en la generación humana y, de forma eminente, en la Regeneración realizada por Cristo y propagada por la Iglesia a través de los siglos. Entonces, como ahora, el grano de trigo debe morir para dar fruto.

Tenemos que aprender a relativizar esta vida, estando dispuestos incluso a perderla por los demás. Sólo quien cree firmemente en Dios y en sus promesas de vida eterna puede darse a los demás, perdiendo su tiempo, su dinero y hasta su propia vida, ofreciéndola “como hostia viva”, confiando en su promesa. Sólo quien ha conocido el amor de Dios y ha sido poseído por su Espíritu puede amar así.

Toda vida humana tiene en este mundo esa precariedad en la que no faltan sufrimientos y muerte, y se nos enseña a no poner en ella nuestras esperanzas ni nuestros desvelos, para que no quedemos defraudados; mientras que quien siga a Cristo en la muerte lo encontrará en la resurrección.

Como escribió Benedicto XVI: “El que pretenda guardarse su vida, la perderá; y el que la pierda, la recobrará (Lc 17, 33), dice Jesús en una sentencia suya que, con algunas variantes, se repite en los Evangelios (cf. Mt 10, 39; 16, 25; Mc 8, 35; Lc 9, 24; Jn 12, 25). Con estas palabras, Jesús describe su propio itinerario, que a través de la cruz lo lleva a la resurrección: el camino del grano de trigo que cae en tierra y muere, dando así fruto abundante. Describe también, partiendo de su sacrificio personal y del amor que en éste llega a su plenitud, la esencia del amor y de la existencia humana en general” (Deus Caritas est, 6).

Que la Eucaristía venga en nuestra ayuda, para que busquemos las cosas de arriba, donde está Cristo, que se entrega por amor.

  Que así sea.

                    www.cowsoft.net/jesusbayarri  

Domingo 19º del TO A

Domingo 19º del TO A 

1R 19, 9. 11-13; Rm 9, 1-5; Mt 14, 22-33

Queridos hermanos:

Hoy la Palabra nos presenta el encuentro personal con Dios de Elías y de los apóstoles, encuentro sobre el cual debe cimentarse su fe. Este encuentro, con frecuencia, se realiza en medio de acontecimientos que nos superan y que nos empujan a apoyarnos en Dios, pues no podemos solucionarlos con nuestras fuerzas ni comprenderlos con nuestra sola razón. Sea en su señorío sobre la tormenta y el mar de la muerte, o en medio de una brisa suave, la vida nos viene del encuentro con Dios, del Yo ante el cual el universo se inclina y ante quien debe doblarse toda rodilla en el cielo y en la tierra. Es el Señor, en su amorosa gratuidad, quien nos conduce a estas situaciones que jamás hubiéramos imaginado vivir. El mismo Cristo debe someterse al abandono del Padre, inclinar ante Él su cabeza en la cruz y entregarle su espíritu.

Los discípulos deben aprender que, cuando el mal se vuelve contra ellos, Cristo está cerca con el poder de Dios, para guardarlos, llevarlos al puerto deseado y calmar la violencia del mal; pero, sobre todo, para resucitarlos venciendo el poder de la muerte. Buscar al Señor en medio de la noche y de las adversidades de la vida, y avivar la conciencia de su presencia, es una experiencia necesaria para el discípulo fiel.

El Señor no sólo provee en medio de las olas, el viento y la tormenta, sino que permite toda persecución para fortalecer y purificar a sus discípulos. Elías es empujado al desierto para su encuentro con el Señor; fue el Señor quien endureció el corazón del Faraón para manifestar su gloria en Egipto; fue el Señor quien luchó con Jacob para hacerlo “fuerte con Dios”. «Ánimo, soy yo, no temáis». Esta travesía es figura de la vida cristiana. Contra nuestro deseo hemos sido enfrentados al mar y al viento para poder llegar a la otra orilla con Cristo, como dice Orígenes en su comentario al Evangelio de san Mateo (11, 6-7). Es necesario recorrer todo un camino de combate contra el mar y el viento en el nombre de Cristo, confiando en su ayuda.

La fe es necesaria para responder a cuantos acontecimientos nos superan y vienen contra nosotros: «¿Dónde está vuestra fe? ¿Por qué has dudado?». Con esta fe, los discípulos invocarán al Señor, seguros de su auxilio, y lo verán en medio de la persecución y de todos los acontecimientos de la vida: «¡Es el Señor!». ¿Hay acaso algún acontecimiento que escape a la voluntad amorosa de Dios? Como dirá san Pablo, para los que aman a Dios todo concurre para su bien. Después de esta experiencia, los discípulos ya no se preguntarán: «¿Quién es este?» (Mt 8, 27), ni se atemorizarán ante la presencia de Cristo. Se postrarán ante Él.

Con la fe somos injertados en el pueblo de Dios, en su Alianza, y se nos hace partícipes de sus promesas.

La Eucaristía viene a nosotros como «misterio de nuestra fe» y nos introduce en la Alianza sellada por la sangre de Cristo y aceptada por nuestro ¡Amén!

 Proclamemos juntos nuestra fe.

                              www.cowsoft.net/jesusbayarri  

Sábado 18º del TO

Sábado 18º del TO

Mt 17, 14-20

Queridos hermanos:

Hoy la Palabra es muy existencial y nos sitúa ante la fe y la oración, y —en el paralelo de Lucas— también ante el ayuno. Lo que cree la fe, lo alcanza la oración unida al ayuno.

Todo es posible para Dios y alcanzable para quien se apoya en Él de todo corazón. La fe, como don de Dios, y la Palabra lo pueden todo; pero el problema está en descubrir qué hay en nuestro corazón que impide que nuestra fe progrese, se desarrolle y dé fruto, o qué carencia vuelve infecundas las semillas que Dios ha depositado en nosotros. Dice el Señor: “Yo quiero misericordia; gustad y ved qué bueno es el Señor; nadie puede venir a mí si el Padre no lo atrae”.

El Padre nos atrae a Cristo con sus palabras y sus mandamientos; pero si los dejamos pasar sin acogerlos entrañablemente, quedan infecundos, y nosotros permanecemos ignorantes de la bondad de Dios y sin amor. Además, debemos discernir si el Señor es verdaderamente nuestra delicia, o si nuestro corazón sigue deleitándose en las cosas y en las personas, pretendiendo compartir nuestro amor a Dios con los ídolos. Reconocemos que el Señor es Dios, pero aún no es nuestro único Señor. Y Él ha dicho: “No tendrás otros dioses junto a mí”.

Si falta la fe, la relación con Dios se pervierte y busca instrumentalizar la religión carnalmente, en provecho propio. Es, pues, un problema de la actitud profunda del corazón. Los signos y la predicación de Cristo no alcanzaron el corazón del pueblo, que no estaba en Dios, sino en su propia complacencia. Ni amaba ni servía a Dios. Este es el caso del padre del endemoniado epiléptico, a quien Cristo quiere sacar de la incredulidad y llevar a la fe que puede salvarlo.

También la fe de los apóstoles es débil e imperfecta y no puede con ciertos demonios. Recordemos que el Señor los ha llamado y los lleva consigo para formarlos y hacer de ellos verdaderos discípulos. Para ello deberán madurar en su relación con Dios a través de la oración, a semejanza del Maestro; deberán profundizar en su abandono a Cristo. Las palabras, las obras y las actitudes del Señor irán suavizando su rudeza, hasta que el Espíritu Santo, al venir sobre ellos, las grabe a fuego en sus corazones por el amor.

Cristo experimenta una vez más su impotencia frente a la incredulidad de los judíos y lanza una exclamación que es más un gemido: “¡Generación incrédula! ¡Y perversa!, añadirá Lucas. ¿Hasta cuándo estaré con vosotros y habré de soportaros?”

Nosotros podemos aplicarnos perfectamente esta palabra. Hemos creído, pero nuestro creer debe madurar y perseverar en la prueba hasta la fidelidad; quizá ahora es todavía inoperante, como la fe de aquellos judíos “que habían creído”, y a quienes Jesús llama hijos del diablo (Jn 8,48). Quizá también nuestro corazón está aún lleno de nosotros mismos y ajeno al Señor. Nuestra fe, como la de Abrahán, tendrá que recorrer un largo camino de maduración para ser probada y poder dar frutos de vida eterna.

Dios es amor, y el amor se duele cuando es desdeñado por un corazón incrédulo; pero no puede forzar su libertad, que hará posible el amor cuando la fe madure y lleve al hombre a negarse a sí mismo y vivir para Dios y para el prójimo.

¡Misericordia quiero, yo quiero amor, conocimiento de Dios! Que la Eucaristía nos vaya introduciendo en el corazón de Cristo a través de la fe.

  Que así sea.

          www.cowsoft.net/jesusbayarri  

Viernes 18º del TO

Viernes 18º del TO

Mt 16, 24-28

El Hombre Nuevo y la Promesa de Vida Eterna

Queridos hermanos, hay una diferencia radical entre el hombre viejo y el hombre nuevo. El primero, esclavo de sus concupiscencias, ha sido vaciado por el pecado, encerrado en sí mismo y sumergido en la muerte. El segundo, en cambio, nace en el seguimiento de Cristo, por el don del Espíritu Santo. Es el amor derramado en el corazón del discípulo, amor que implica negarse a sí mismo, cargar la cruz y ofrecerse como oblación viva. Es testimonio de vida eterna, causa de salvación, fruto de la fe que se entrega por completo a la voluntad de Dios.

Las cosas del mundo y las criaturas permanecen fuera de nosotros. No pueden saciar la sed del corazón ni sanar la frustración de quien ha alienado su vocación y su predestinación al amor. Solo Dios puede llenar ese vacío. Solo su amor redime.

Negarse a sí mismo y entregarse no es posible para quien aún no se posee. Pero aquel que ha sido colmado por el amor divino, aquel en quien ha sido sanado el vacío mortal que dejó el pecado, puede darse sin reservas. En cambio, quien se guarda para sí, quien teme perderse, revela que aún no ha bebido de la fuente que brota del corazón redimido, donde habita Dios. Esa fuente es la vida nueva que nos trae el Evangelio, remedio contra la incredulidad.

Toda vida humana en este mundo es precaria. No faltan los sufrimientos, ni la muerte. Pero esta fragilidad nos enseña a no poner nuestras esperanzas en lo pasajero. Nuestra existencia está destinada a la Resurrección y a la vida eterna. No hemos nacido para sufrir y morir, sino para resucitar después del dolor, a una vida plena y definitiva.

Cristo nos invita a esa vida mediante la fe. Pero como esa vida es amor, no puede alcanzarse sin la negación de nosotros mismos. Para ello, nos entrega su Espíritu Santo. Seguir a Cristo no es dedicarle unas horas o unos días. Es poner toda nuestra vida a su servicio: lo que somos, lo que tenemos, nuestras ansias y proyectos, todo en función de su voluntad. Y en esa entrega, encontramos el gozo verdadero.

Somos llamados a la fe, y a gustar la potencia del Reino. Como dice la Carta de Santiago, la fe produce obras de vida eterna. El Señor mismo nos lo promete: “El que cree en mí, hará las obras que yo hago, y aún mayores.” La fe nos justifica y engendra obras de salvación.

Hemos escuchado la promesa de experimentar la resurrección de Cristo, que se cumplió en los apóstoles y se nos promete también a nosotros. Por eso, aprendamos a relativizar todo lo de esta vida, para estar dispuestos incluso a perderla por amor a los demás.

La Eucaristía nos une a Cristo en su Misterio Pascual de muerte y resurrección. En ella, celebramos la esperanza de la vida eterna. Que al participar de este sacramento, se avive en nosotros el deseo de vivir como hombres nuevos, redimidos por el amor, y destinados a la gloria.

 Que así sea.

          www.cowsoft.net/jesusbayarri  

La Transfiguración del Señor A

 La Transfiguración del Señor A

Dn 7, 9-10.13-14 o 2P 1, 16-19. (en domingo, ambas)

Mt 17, 1-9.

“Escuchar al Hijo Amado”

Queridos hermanos, en esta celebración litúrgica, la Iglesia, en actitud expectante, contempla el cumplimiento definitivo de la profecía de Daniel. Cristo la ha revelado anticipadamente a sus discípulos en la montaña, como lo testifica el apóstol Pedro en su segunda carta. Esta visión no es simplemente un acontecimiento del pasado, sino una luz que se enciende en nuestro presente, avivando la esperanza y fortaleciendo la fe en aquel que es la Palabra viva. Hoy, nos disponemos a escuchar al Hijo amado, revelado por el Padre como el Profeta anunciado a Moisés en otro monte: “Escuchadle para tener vida” (Dt 18, 15).

La tienda en el desierto: símbolo de encuentro y de esperanza

Recordemos la historia de Israel, rescatado de la esclavitud de Egipto. Al caminar por el desierto, habitando en tiendas, Israel experimenta una dependencia absoluta de la Providencia divina. Evocando el tiempo, en el cual los caminos de Dios y del pueblo coincidían; tiempo de la comunión y de la cercanía con Dios; recuerdo entrañable idealizado y añorado, que se unía a la alegría de la recolección. Allí, donde los caminos humanos coinciden con los caminos de Dios, nace la Fiesta de las Tiendas, “Sucot”. Fiesta, colmada de luz, música y danzas, que recoge el gozo de la conversión, del perdón recibido, y la abundancia de gracias. En ella, los judíos pernoctan en cabañas, haciendo presente el Éxodo, la Alianza, y su compromiso de escuchar la Palabra del Señor. Por eso Pedro, impactado por la manifestación de Cristo en el monte, exclama: “Hagamos tres tiendas”, anhelando permanecer en esa “tradición” que transforma.

El monte y la Alianza: lugar de revelación

El monte es el espacio sagrado donde la Palabra se manifiesta. Moisés y Elías, figuras de “la ley y los profetas”, evocan el desierto, la Alianza, y la fidelidad. La nube luminosa nos recuerda la protección divina, mientras el rostro resplandeciente de Cristo, como el de Moisés, anuncia una nueva y definitiva revelación. La voz del Padre resuena en este contexto, y en ella se revela el misterio: Jesús es el verdadero Moisés, el Profeta que todos debemos escuchar si queremos permanecer en el Pueblo de Dios (cf. Hch 3, 22-23).

La bendición universal en Cristo

Dios inició un acercamiento progresivo al ser humano, comenzando con Abrahán y la promesa de una bendición para todos los pueblos. Esa promesa alcanza su plenitud en Cristo, quien ha puesto su tienda entre nosotros, no por un tiempo, sino para siempre. Él es el Siervo sostenido por Dios, el Elegido, el Hijo amado en quien el Padre se complace (cf. Is 42, 1; Lc 9, 35). En Él, la muerte es vencida y la bendición se derrama sobre toda la tierra.

Nuestro caminar: escuchar, acoger, celebrar

Así como Moisés condujo al pueblo al encuentro con Dios en el Sinaí, Cristo nos guía hoy por nuestro propio desierto, por los desafíos de nuestra existencia. Nos acompaña con la consolación de las Escrituras, y nos invita a acoger su Palabra. En la Eucaristía, nos unimos a Él, sabiendo que “escucharle” no es solo oír, sino disponerse a seguirlo, a vivir y a amar como Él.

Que esta celebración nos haga renovar nuestra disposición interior: escuchar al Hijo amado, poner nuestra tienda en su presencia, y caminar con esperanza hacia la tierra prometida que no conoce ocaso.

Amén.

www.cowsoft.net/jesusbayarri  

 

Miércoles 18º del TO

Miércoles 18º del TO

Mt 15, 21-28

Queridos hermanos:

Aparece la fe como protagonista de esta Palabra, pero la fe de los gentiles, que contrasta con la incredulidad de los “hijos”, quienes rechazan el “pan” tirándolo al suelo, donde lo comen los “perritos”. Las profecías sobre la llamada universal de todos los hombres al conocimiento de Dios se cumplen con la llegada de Cristo. Él es la casa que Dios se ha construido en el corazón del hombre, “para todos los pueblos”.

Para san Pablo, el endurecimiento de Israel no es sino un paso intermedio por el cual los gentiles tendrán acceso al Santuario de Dios por la fe en Cristo. Es la fe lo que los sienta a la mesa y los hace partícipes del “pan de los hijos”: “Os digo que los sentaré a mi mesa y, yendo del uno al otro, les serviré”. “Por eso os digo que vendrán de oriente y occidente y se sentarán a la mesa con Abrahán, Isaac y Jacob, mientras vosotros os quedaréis fuera”. En el camino de búsqueda de las ovejas perdidas, Cristo se apiada de los “perritos”.

La fe no hace acepción de personas, naciones ni lenguas, y aunque ha sido enviado “a las ovejas perdidas de la casa de Israel”, hoy Cristo va a la región de Tiro y Sidón para encontrar la fe de una mujer, como lo hace también en Sicar, para encontrarnos en la samaritana y plantar la semilla del Reino más allá de las fronteras de Israel. En efecto, san Agustín ve en la samaritana a la gentilidad llamada a ser la Iglesia, esposa de Cristo.

Las sobras de los niños sacian a quienes saben apreciarlas, hasta hacer de ellos “hijos”. La fe de la madre obtiene para la hija —que ni siquiera conoce a Cristo— la garantía de la curación, como testimonio de la salvación en Cristo, que conduce al conocimiento de Dios.

Nos es desconocida la llamada con la que Dios ha movido a la mujer a la súplica y ha propiciado su encuentro con Cristo y su consecuente profesión de fe, que expulsa al diablo. La iniciación cristiana de la niña seguirá el proceso inverso al de la madre, como suele suceder con los hijos de padres cristianos: de la curación gratuita deberá pasar a la acogida del testimonio materno. La gratuidad del amor de Dios tiene sus propios caminos, pero todos concurren en la salvación de quien los acoge.

Si hoy estamos sentados a la mesa del Reino y comemos del Pan que nos sacia y da la Vida Eterna, es porque hemos acogido el don gratuito de la fe, transmitido por nuestra madre la Iglesia, que nos hace hijos. Y, como en el caso de la samaritana y de la sirofenicia, somos invitados a proclamar nuestra fe en Cristo a quienes el Señor ponga junto a nosotros.

 

Que así sea.

          www.cowsoft.net/jesusbayarri  

Martes 18º del TO

Martes 18º del TO

Mt 15, 1-2.10-14

Queridos hermanos:

El Señor vuelve a hablarnos del corazón. Como dice en otro lugar, es el corazón lo que puede hacer impuro al hombre, y no las manos. Por encima de la pureza legal, para Cristo, purificar al hombre es purificar su corazón.

Hoy la Palabra nos muestra la diferencia entre los preceptos divinos —cuya raíz es el amor— y las tradiciones humanas, que buscan únicamente una seguridad basada en la propia complacencia y en una autonomía que se resiste al amor y a la condición de criatura dependiente de Dios, en quien el hombre puede alcanzar su plenitud.

Dios dio a Israel caminos de vida y sabiduría a través de su Palabra y de la Ley, que, por provenir de Él, tienen un corazón que es amor. Por eso, entrar en sintonía con la Palabra solo es posible cuando ésta alcanza el corazón, la voluntad y la libertad del hombre, con las que se ama.   

Alcanzar a la persona es alcanzar su corazón, donde residen los actos humanos voluntarios, según la Escritura. En el corazón se encuentra la verdad del hombre: su bondad o su maldad. La realidad del corazón condiciona el criterio de su entendimiento y el impulso de su voluntad, que se unifican en el amor.

El empeño del hombre debe ser el encuentro con la voluntad de Dios contenida en la letra del precepto, sabiendo que el corazón de los mandamientos es el amor. Cuando el precepto se vacía de su esencia divina —el amor—, deja de ser indicador del camino de la vida y se transforma en una carga insoportable de la que el hombre desea librarse. Dios queda así marginado en la nefanda búsqueda de sí mismo y, con Él, la razón y el sentido de la existencia.

Acoger la Palabra, que es Cristo, suscita en nosotros la fe; la fe nos obtiene el Espíritu, y el Espíritu derrama en nuestro corazón el amor de Dios. Ese amor ensancha el corazón para acoger a los hermanos y ofrecerse a ellos como don.

La frustración que brota de la perversión existencial lo conduce a una búsqueda constante de autojustificación mediante el cumplimiento de normas que lo encadenan, sofocan su capacidad de donación y lo hacen profundamente infeliz.

Como dice el Evangelio, el problema está en un corazón que se ha alejado de Dios. Por eso Jesucristo repite a los judíos: «¿Cuándo vais a comprender aquello de: Misericordia quiero y no sacrificios; conocimiento de Dios más que holocaustos?».

La Eucaristía, siendo el sacramento del amor pascual de Cristo, es, por tanto, el culto perfecto de adoración del hombre al Padre, en espíritu y en verdad.

 Que así sea.

          www.cowsoft.net/jesusbayarri  

Lunes 18º del TO

Lunes 18º del TO  

Mt 14, 22-36

Queridos hermanos

Hoy la Palabra nos invita a contemplar el encuentro personal con Dios, ese momento vital en que los apóstoles cimentan su fe. No se trata de una experiencia aislada o comprensible desde la lógica humana. Este encuentro se da, con frecuencia, en medio de acontecimientos que nos sobrepasan, que nos desestabilizan y nos obligan a apoyarnos en Dios, pues no podemos resolverlos por nuestras propias fuerzas ni comprenderlos plenamente con la razón.

Ya sea en el dominio de Cristo sobre la tormenta y el mar de la muerte, o en la delicadeza de una brisa suave, la vida verdadera surge del encuentro con el Señor. Ese Yo eterno ante quien se inclina el universo entero, ante quien toda rodilla se ha de doblar, en el cielo y en la tierra. Él, en su amorosa gratuidad, nos empuja a situaciones que jamás hubiéramos elegido vivir, pero que nos revelan su poder y su misericordia. ¡Incluso Cristo! Él mismo se sometió totalmente al Padre, inclinando la cabeza en la cruz y entregándole su espíritu.

Los discípulos deben aprender que, cuando el mal se levanta contra ellos, Cristo está cerca. Está ahí, con el poder de Dios, para protegerlos, guiarlos al puerto deseado y calmar la furia del mal. Pero más aún: está para resucitarlos, para vencer la muerte misma. Buscar al Señor en medio de la noche, en medio de la adversidad, y despertar la conciencia de su presencia es una experiencia imprescindible para todo discípulo fiel.

El Señor no solo provee en medio de las olas, el viento y la tormenta: también permite la persecución. ¿Para qué? Para fortalecer, para purificar, para santificar a sus elegidos. Fue el Señor quien empujó a Elías al desierto para encontrarle. Fue Él quien endureció el corazón del faraón para manifestar su gloria en Egipto. Fue Él quien luchó con Jacob para hacerlo “fuerte con Dios”.

¡Ánimo! ¡Soy yo, no temáis! Esta travesía —con sus vientos contrarios y sus noches oscuras— es figura de la vida cristiana. Como enseña Orígenes en su comentario a Mateo (11,6-7), contra nuestra voluntad hemos sido enfrentados al mar y al viento, para que, junto a Cristo, podamos alcanzar la otra orilla. Es necesario el combate, necesario el esfuerzo, necesario el clamor confiado en el nombre del Señor.

¿Dónde está vuestra fe? ¿Por qué habéis dudado? Con esta fe viva, los discípulos clamarán al Señor seguros de su auxilio. Y lo verán. Sí, lo verán en medio de la persecución, en medio de todos los acontecimientos de la vida y exclamarán: “¡Es el Señor!” ¿Acaso hay algo que escape a su voluntad amorosa? Como dirá san Pablo: “Para los que aman a Dios, todo coopera para su bien.”

Después de esta experiencia, los discípulos ya no se preguntarán: “¿Quién es este?”, ni se atemorizarán ante su presencia. Se postrarán. Porque han visto, porque han creído, porque han vivido la fe que salva.

Por la fe somos injertados en el pueblo santo, en su Alianza eterna, y participamos de sus promesas. La Eucaristía —misterio de nuestra fe— nos viene como don, como sello de la Alianza en la sangre de Cristo, como testimonio vivo aceptado por nuestro ¡Amén!

Amén.                                                                                          

www.cowsoft.net/jesusbayarri  

 

 

Domingo 18º del TO A

Domingo 18º del TO A

Is 55, 1-3; Rm 8, 35. 37-39: Mt 14, 13-21

Queridos hermanos:

La primera realidad que aparece en esta palabra es un banquete gratuito que sacia y sobreabunda, servido por los apóstoles. Está en el contexto de la Pascua y lleva a plenitud el pasaje de Eliseo, quien, con veinte panes de cebada, sacia a cien hombres según la palabra del Señor: “Comerán, se saciarán y sobrará”.

Es Cristo quien trae el alimento que sacia de vida a quien escucha, como dice Isaías en la primera lectura. Él es la Palabra que sella la Alianza eterna del amor del Padre, del que nadie podrá separarnos, como afirma san Pablo en la segunda lectura. Él es el profeta prometido y esperado, a quien había que escuchar: “Este es mi Hijo amado; ¡escuchadle!”.

El Evangelio de hoy se sitúa en el trasfondo pascual de la Eucaristía. El alimento que trae “el profeta” para saciar al hombre parte de la precariedad humana, sobre la cual se pronuncia una palabra del Señor que la convierte en fruto inagotable de evangelización: primero para Israel y después para las naciones.

Estos son los signos que quisiéramos ver en nuestros pastores y en nuestros gobernantes. A Cristo quisieron hacerlo rey por saciar de pan a la gente, pero Él no realizó este signo para solucionar el problema del hambre, sino como manifestación de su misión mesiánica: saciar profundamente el corazón del hombre.

No son los veinte panes de Eliseo ni los cinco panes de Cristo los que sacian, sino Cristo mismo con su Pascua, a la que somos invitados por la fe y el bautismo. Vocación a formar un solo pueblo y un solo cuerpo en Cristo, que es la Eucaristía.

Cristo es el pan del cielo, que no cae como el maná, sino que se encarna en Jesús de Nazaret y, a través de la Iglesia, sacia al hombre generación tras generación con su inagotable sobreabundancia de vida y de gracia. Pan que baja del cielo y da la vida al mundo, para que lo coman y no mueran.

La Eucaristía nos incorpora a la Pascua de Cristo, que, como Alianza eterna, nos alcanza y nos une en sí mismo al Padre. Un solo cuerpo y un solo Espíritu, como una sola es la meta y una la esperanza en la vocación a la que hemos sido convocados, según la segunda lectura. La Eucaristía injerta nuestro tiempo en la eternidad de Dios; nuestra mortalidad en su vida perdurable; nuestra carne en la comunión de su Espíritu.

¿Realmente hemos sido saciados por Cristo? ¿Sobreabunda en nosotros su gracia para ser capaces de dar de comer a esta generación el pan bajado del cielo, que es Cristo?

  Proclamemos juntos nuestra fe.

                    www.cowsoft.net/jesusbayarri  

Sábado 17º del TO

Sábado 17º del TO

Mt 14, 1-12

La fama de Jesús y su rechazo

Queridos hermanos:

Hoy esta palabra nos revela la creciente fama de Jesús, que no solo realiza prodigios, sino que asombra a todos con su predicación, sus obras y las de sus discípulos, quienes parten por los caminos anunciando el Reino. Su renombre alcanza incluso al impío Herodes, aunque esta autoridad de Jesús no lo convierte, como tampoco sucede con los demonios, quienes, aun reconociendo a Cristo, no pueden creer en Él.

Herodes, atraído por la exhortación de Juan el Bautista, lo escuchaba con gusto… pero terminó mandándolo decapitar. Y cuando llegue el momento de encontrarse con Jesús, no será distinto: lo tratará de loco, lo despreciará y se burlará de Él. ¡Qué contraste tan impactante! El Señor, que se acerca al pecador con misericordia, no se trata con este pobre impío de corazón endurecido. Lo llama “zorro” y guarda silencio ante él. Así ocurría con aquellos monjes, famosos por su santidad, que negaban toda palabra o señal a quienes los buscaban por simple curiosidad, sin intención de convertirse. Porque la Escritura nos enseña que el Señor resiste a los soberbios. Como dice el Evangelio, Jesús no se confiaba ni siquiera a quienes en algún momento creyeron, porque conocía lo que había en el corazón de las personas. San Pablo lo declara con firmeza: “De Dios nadie se burla” (Ga 6,7).

Hermanos, si aquellos que rechazaron a Juan el Bautista no pudieron acoger al Mesías (Lc 7,30), ¡cuánto menos Herodes, que lo mandó matar! Según los evangelistas Mateo y Marcos, Herodes alimentaba la idea de que Juan había resucitado, tal vez intentando escapar del peso de su remordimiento por haber derramado la sangre de un profeta.

Dios actúa a través de sus enviados, y ¡ay de aquel que permanece indiferente o los rechaza! Porque nos dice el Señor: “Quien a vosotros rechaza, me rechaza a mí; y quien me rechaza a mí, rechaza a Aquel que me ha enviado”. Y nos recuerda: “Cuanto hicisteis con uno de mis pequeños hermanos, conmigo lo hicisteis”.

El mensaje no puede separarse del mensajero. Rechazar al enviado es rechazar al que lo envía. McLuhan lo expresó con mirada contemporánea: “El medio es el mensaje”. Y el Padre no envió a cualquier profeta a proclamar la Buena Nueva: envió a su propio Hijo, que se identifica con sus discípulos. Por eso les dice: “Vosotros sois la luz del mundo y la sal de la tierra”, porque Él mismo lo es: “Yo soy la luz del mundo y la sal de la tierra”.

  Que así sea.

          www.cowsoft.net/jesusbayarri  

Viernes 17º del TO

Viernes 17º del TO

Mt 13, 54-58

Queridos hermanos, ¿quién no se ha sentido desconcertado ante la grandeza que brota de la humildad? No es de extrañar la perplejidad de los habitantes de Nazaret, los conciudadanos de Jesús, al ver que aquel a quien conocieron como “el hijo del carpintero” emerge de pronto como maestro y profeta, asombrando al mundo con sus palabras y sus obras.

También nosotros, si somos sinceros, luchamos por comprender esa elección libre y gratuita del Señor, que —como dice la Escritura— “alza del polvo al pobre para sentarlo entre los príncipes de su pueblo”. Esta es la lógica divina que atraviesa toda la historia de la salvación: una lógica que escoge lo pequeño para confundir lo grande, lo débil para avergonzar a lo fuerte, lo despreciado para revelar la dignidad escondida.

Según una antigua tradición copta, san José —viudo y padre de cuatro hijos: Santiago, José, Simón y Judas— se desposó con María, y fue así como Santiago, aún niño, entró en la familia. Con todo, la Escritura parece contradecir claramente esta hermosa tradición (cf. Brant Pitre, “Jesús y las raíces judías de María”, p. 136).

Con el paso del tiempo, este niño sería llamado “el hermano del Señor”, pues llegó a ser uno de los doce apóstoles. José, el tekton, el artesano —carpintero, como solemos traducirlo— encarnaba la humildad y el trabajo silencioso. Y de su oficio y figura tomaría Jesús su único título distintivo entre sus paisanos: “el hijo del carpintero”.

A través de José, el Padre nos revela la humildad del Hijo. En contraste con la soberbia que rige los poderes del mundo, el Señor se nos muestra manso, rechazando la violencia que nace del orgullo. Es el Cordero degollado quien vence a la bestia. Para transitar los caminos del amor —¡del verdadero amor!— se requiere humildad, mansedumbre y sumisión. No son virtudes débiles, sino la fortaleza de quienes han aprendido a confiar en el poder de Dios.

Hoy el Señor nos invita a reconocer su encarnación, que muchas veces se nos presenta en rostros comunes, en personas enviadas que nos desconciertan. Y nos llama, como lo hizo con su pueblo, a superar la tentación de despreciar lo conocido, de rechazar al que no encaja en nuestras expectativas. Porque el Mesías, hermanos, sigue viniendo a nosotros envuelto en humildad.

¡Que tengamos ojos para ver y corazones para recibir a Aquel que viene a salvarnos desde lo más bajo, entregando su vida hasta el extremo!

  Que así sea.

          www.cowsoft.net/jesusbayarri  

 

Jueves 17º del TO

Jueves 17º del TO

Mt 13, 47-53

El Discernimiento: Camino hacia el Reino

Queridos hermanos, el Reino de los Cielos es una realidad sobrenatural, tejida por la gracia divina y ofrecida como un traje de fiesta a quienes —aun bajo la sombra del pecado— han sido llamados por Dios a participar libre y responsablemente en su salvación. Esta gracia no se impone, sino que se entrega como don gratuito, esperando la respuesta libre del corazón humano.

La parábola de la red nos plantea el discernimiento final sobre quienes han sido llamados gratuita e indiscriminadamente, sin considerar la respuesta personal de los convocados, aunque implica la reflexión de cada uno acerca de su realidad existencial, de la que tendrá que rendir cuentas, teniendo presente “lo antiguo”, que representa la ley. Con la acogida del Reino, el discípulo, superando la ley, echa mano de “lo nuevo”, abriéndose a la conversión en Cristo, que ha querido introducirse en la red para sanar a quienes lo acojan.

El Evangelio nos invita a abrazar el Reino como el sabio amante de las Escrituras, que ha descubierto en ellas el tesoro escondido. Nosotros, hermanos, necesitamos discernir la gracia del Evangelio para conducir nuestra vida, porque seremos juzgados como los peces recogidos en la red.

Discernir no es poseer cualquier sabiduría; es sabiduría para gobernar. Todos, sin excepción, estamos llamados a gobernar nuestra existencia con prudencia, orientándola hacia su meta eterna. Si Dios es la Verdad y la Vida, a la que hemos sido llamados por misericordia, entonces el discernimiento es el faro que nos guía por el camino de la sabiduría, revelado como perla preciosa y tesoro escondido.

La Escritura nos enseña: “El temor de Dios es el principio de la sabiduría.” Y si alguien se llena de conocimientos pero se aparta de Dios, ha perdido la sabiduría verdadera. Así pues, preguntémonos: ¿Dónde encontrar este discernimiento?

San Pablo responde con claridad: la condición indispensable para adquirirlo es que el amor de Dios, derramado por el Espíritu Santo, sea el motor de nuestra vida. “Para quien ama a Dios, todo concurre para su bien.” El amor transforma cada acontecimiento, orientándolo oportunamente para crecer en sabiduría y avanzar en dirección al bien.

La comunidad cristiana, hermanos, aunque limitada en lo humano, es germen del Reino. Ella misma contiene en sí la perla de gran valor. Pero esta perla solo se aprecia mediante el discernimiento del amor que en ella habita.

Para san Agustín, la perla preciosa es la Caridad, y solo quien la posee ha nacido verdaderamente de Dios. Este es el gran criterio de discernimiento, porque, aunque lo poseas todo, si te falta la Caridad, nada tienes. Pero si no posees nada y renuncias a toda posesión por alcanzarla, entonces lo posees todo.

San Pablo nos lo recuerda: “El que ama ha cumplido la Ley.” Ha alcanzado el Reino, porque Dios —en su esencia más pura— es amor.

  Que así sea.

          www.cowsoft.net/jesusbayarri  

Santos Marta, María y Lázaro

Santos Marta, María y Lázaro 

Lc 10, 38-42 ó Jn 11, 19-27

Queridos hermanos, hoy la Palabra nos revela el misterio de la acogida de Cristo, que se concreta en la fe y se expresa en dos actitudes complementarias de las que habla san Pablo: «Con el corazón se cree para conseguir la justicia, y con la boca se proclama para alcanzar la salvación» (Rm 10,10).

Para conmemorar a Marta, María y Lázaro, la liturgia nos propone dos pasajes del Evangelio. El Evangelio según san Lucas nos presenta estas dos actitudes en las hermanas de Lázaro: María nos muestra la fe creyente del corazón que acoge al Señor; Marta, la que lo proclama con la boca. Esta Palabra nos muestra también dos posibles actitudes ante el amor al Señor: una natural y otra sobrenatural. Ambas pueden coexistir en nosotros. La primera, como la de Marta, es buena: sirve, actúa, se entrega. La segunda, como la de María, es «la mejor parte»: contempla, escucha, se deja transformar. No despreciemos el servicio, pero aspiremos a la intimidad con el Señor, porque sentarse a los pies del Maestro, como lo hizo María, es abrazar el don gratuito de la fe; es dejar que el Señor nos hable al corazón.

Como aquella esposa del Cantar de los Cantares, María podría decir: «He encontrado al amor de mi vida. Lo he abrazado y no lo dejaré jamás». Y nadie podrá arrancárselo. Esta es la parte buena que no le será quitada.

El Evangelio según san Juan nos presenta la fe de Marta: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo». Esa fe hace que Marta no sólo “crea”, sino que “sepa”: «Sé que cuanto pidas a Dios, Dios te lo concederá. Ya sé que (mi hermano) resucitará en la resurrección, el último día». Así acoge a Cristo en su testimonio: «Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá; y todo el que vive y cree en mí, no morirá para siempre». Marta cree en el amor de Cristo y sabe que Él lo consigue todo del Padre porque siempre lo escucha. Creer en Él es garantía de victoria sobre la muerte.

Lo que hoy contemplamos va aún más allá: no hablamos simplemente de recibir al prójimo, sino de acoger a Dios mismo. Como Abrahán en el encinar de Mambré y como María en Betania, descubrimos que, gracias al discernimiento de la fe, somos capaces de reconocer al Señor que se manifiesta en los más diversos rostros y circunstancias. Él viene. Se acerca. Nos visita. No por obligación, sino por amor. Y su deseo es que lo recibamos con fe y caridad, para que podamos heredar la vida eterna.

Esta Palabra nos invita a responder con nuestro propio «Amén»; a elegir, día tras día, al Señor como nuestra parte mejor; a recibir de Él, gratuitamente y por la fe, su Espíritu, su amor y su vida eterna.

Pero si en nuestro encuentro con el Señor descubrimos el deseo de compensación o de reconocimiento, reconozcamos con sinceridad que estamos más cerca de Marta que de María; que vivimos más en la exigencia que en el don; que estamos más en nosotros mismos que en el Señor. Nuestro amor aún debe madurar, ser purificado, ser divinizado, hasta alcanzar esa universalidad del amor divino: «Sed perfectos, como perfecto es vuestro Padre celestial, que hace salir su sol sobre buenos y malos». Somos llamados al conocimiento de Dios en el amor. Y ese conocimiento, que será plenitud en la Bienaventuranza, puede crecer en esta vida si acogemos las gracias que Él nos ha destinado. A veces implicarán correcciones amorosas, curaciones espirituales que el Médico divino aplicará a nuestro corazón enfermo. Y aunque puedan doler, ¡qué alegre tristeza si viene de su mano!

Y así, hermanos, llegaremos también nosotros a la profesión de fe que salva, aquella que Marta, amada por el Señor, pronunció en medio del dolor por la muerte de su hermano: «Creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que iba a venir al mundo».

Que esta confesión sea también nuestra. Que el Señor, al acercarse a nuestra alma, encuentre siempre un corazón dispuesto, una fe que escucha y una caridad que abraza.

  Que así sea.

www.cowsoft.net/jesusbayarri  

Martes 17º del TO

Martes 17º del TO

Mt 13, 36-43

Queridos hermanos:

Cristo ha venido a instaurar su reino mesiánico de salvación, y al final de los tiempos lo entregará al Padre, en cuyo Reino no existirá el mal. El combate habrá concluido y reinará la paz en la gloria de Dios.

Como en otras parábolas del Reino, esta parábola de la cizaña nos sitúa en el ámbito de la libertad humana, donde se libra la dialéctica entre el bien del Evangelio y la seducción del mal. Dios concede a este mal un tiempo para insidiar al hombre, que deberá ejercitarse en la virtud, elegir el Bien y afianzarse en la Verdad.

Como a los siervos de la parábola, la existencia del mal en el mundo perturba a muchos, que minusvaloran la fuerza del Evangelio y el poder de Dios, rechazan las fatigas del combate y se escandalizan de la libertad.

También los discípulos acusan la dificultad y la resistencia de sobrellevar la responsabilidad de ser hombres libres: “Explícanos la parábola.” La dificultad no está en la existencia del mal —con el que convivimos habitualmente— sino en la actitud aparentemente tolerante de Dios. Lo que no comprendemos, ni los discípulos ni nosotros, y que escandaliza farisaicamente al mundo, es que Dios tenga una visión misericordiosamente tolerante respecto a los malvados, porque desea su salvación. Acepta incluso el sufrimiento que provocan, en carne propia, hasta la muerte de cruz, en el ámbito del Año de gracia del Señor. Dios no desespera nunca de la salvación de nadie y la ansía con toda la fuerza de su infinito amor. Esto nos resulta inaudito, incomprensible y escandaloso, revelando lo mezquino de nuestro concepto de justicia y lo carnal de nuestro pretendido amor.

Además, en su pedagogía con nosotros, el Señor quiere hacernos comprender el valor del sufrimiento como inmolación amorosa, camino elegido por Él, y que sólo el Espíritu Santo revela a quienes se internan en la espesura de la cruz, como enseña san Juan de la Cruz. La cizaña viene a ser para el discípulo como la gracia de la persecución, que lo mantiene preparado para el combate. Como decía san Antonio: sin las tentaciones no se salvaría nadie.

 Que así sea.

          www.cowsoft.net/jesusbayarri  

 

Lunes 17º del TO

Lunes 17º del TO

Mt 13, 31-35

La gracia germina en nuestra tierra humana

Queridos hermanos:

Las parábolas del Reino, como preciosos hilos entrelazados, tejen juntas la gracia divina y la acción del hombre. En ellas, como en el misterio de la Encarnación, se entrecruzan el Verbo eterno y nuestra humanidad frágil, sin romperse ni disolverse. Cristo es el Reino: en Él, nuestra humanidad ha sido injertada de forma indisoluble. Así, la semilla divina —pequeña como un grano de mostaza— contiene en sí la potencia y el vigor de Dios. No con estruendo, sino con firmeza silenciosa, se abre paso, crece y se fortalece hasta alcanzar proporciones que superan con mucho cualquier obra humana.

Sin embargo, no podemos permanecer inactivos. Dios, en su misterio de amor, ha querido supeditar su obra al asentimiento del hombre. Necesita —¡sí!— de nuestra respuesta. El Reino avanza, pero desea hacerlo con nosotros. Por eso, la acción humana, aunque pequeña, debe ser el mínimo obstáculo posible para la gracia. Así lo dijo el Señor: “Las puertas del infierno no prevalecerán” frente al Reino de Dios (Mt 16,18), porque el Reino es sostenido en su combate por la fuerza de la gracia. Aun así, cabe preguntarnos con temor y temblor: “Cuando venga el Hijo del Hombre, ¿hallará fe sobre la tierra?” (Lc 18,8).

¿Las últimas generaciones perseverarán en la fe? ¿Nos mantendremos firmes hasta ser contados en esa “muchedumbre inmensa que nadie podía contar” (Ap 7,9), en el Reino eterno, que vence hasta las últimas defensas del infierno?

La semilla debe enterrarse; la levadura, integrarse en la masa. Así también el alma debe rendirse al soplo del Espíritu, sin resistencias ni rebeldías. San Pablo lo expresó con humildad y claridad: “Por la gracia de Dios soy lo que soy; pero la gracia de Dios no ha sido estéril en mí. Antes bien, he trabajado más que todos ellos. Pero no yo, sino la gracia de Dios conmigo” (1Co 15,10).

La pequeña semilla del Reino se convertirá en cosecha abundante, en muchedumbre incontable, con Cristo a la cabeza, guardada en el granero divino. Mientras tanto, el Dragón y sus ángeles serán encadenados y precipitados al abismo, vencidos por la potencia del Cordero.

El camino del hombre corre paralelo al del Reino. No se aparta ni se cruza, sino que se mantiene en tensión entre la potencia de la Palabra y la libertad de la criatura. La semilla necesita una tierra humilde que la acoja, y el hombre debe trabajar, sabiendo siempre que es Dios quien da el incremento. Los inicios humildes del Reino no se comparan con su glorioso desarrollo. A cada uno de nosotros nos corresponde aceptar, guardar, lanzar la red, creer, perseverar, vivir… y Dios, por su parte, abrirá las compuertas de su gracia.

Entonces, frente a la escasez de fruto, no culpemos a Dios: la causa está en nuestra respuesta imperfecta. Digamos con el corazón: “Amén” al Cristo que se nos da. Y Él —fiel a su promesa— multiplicará el fruto ciento por uno.

  Que así sea.

          www.cowsoft.net/jesusbayarri  

 

 

 

Domingo 17º del TO A

Domingo 17º del TO A

1R 3, 5-13; Rm 8, 28-30; Mt 13, 44-52

Queridos hermanos:

Hoy la Palabra nos habla del discernimiento, necesario para arrebatar el Reino de Dios. Salomón no confía en sí mismo y lo pide a Dios. El Evangelio lo exalta en las parábolas y en el amante de las Escrituras que ha acogido el Evangelio. La red de la parábola debe también pasar por un discernimiento sobre aquello que ha arrastrado indiscriminadamente, y, al igual que a la semilla y la cizaña, se le concede un tiempo.

Nosotros necesitamos discernir para conducir nuestra vida, porque también nosotros seremos sometidos a discernimiento, como los peces de la red. La gratuidad de la llamada a la salvación debe ser confirmada por nosotros mientras permanecemos en la red, con la perseverancia de nuestras obras. En Cristo, Dios mismo ha querido introducirse en la red junto a nosotros y, a través de la gracia, sanar la maldad de los pescados para el día del discernimiento.

El discernimiento no es una sabiduría cualquiera, sino la sabiduría para gobernar. Salomón debe gobernar un reino, pero todos necesitamos gobernar bien, aunque solo sea nuestra propia vida, para conducirla a su meta. Si Dios es “la verdad y la vida plena” a la que hemos sido llamados en nuestra existencia por la misericordia, el discernimiento debe guiarnos hacia Él por los caminos de la sabiduría, que se nos revelan como “tesoro escondido” y “perla preciosa”. En efecto, dice la Escritura que el temor de Dios es el principio de la sabiduría. Quien posee muchos conocimientos y se aparta de Dios, está falto de sabiduría.

Si el discernimiento es tan importante que de él depende la realización de nuestra existencia, es vital saber dónde se encuentra o cómo puede adquirirse. Para san Pablo, la condición necesaria para poseerlo consiste en que el amor de Dios, que procede del Espíritu Santo, sea el motor de nuestra existencia. “Para quien ama a Dios, todo concurre al bien.” Es el amor de Dios el que ilumina todos los acontecimientos del que ama, para discernir y ser encaminado por ellos al bien.

La propia comunidad, como germen del Reino de Dios, independientemente de sus limitaciones individuales, es la perla de gran valor, el tesoro que solo el discernimiento del amor que encierra hace posible apreciar a quien lo posee.

Para san Agustín, en efecto, la perla preciosa es la Caridad, y solo los que la poseen han nacido de Dios. Este es el gran criterio de discernimiento, continúa diciendo, porque aunque lo poseyeras todo, sin la Caridad de nada te serviría. Y, al contrario, si no tienes nada, si a todo renuncias y lo desprecias, y alcanzas a conseguirla, lo tienes todo. Como dice san Pablo: “El que ama ha cumplido la Ley” (Rm 13,8.10). Ha alcanzado el Reino de Dios, que es amor.

 Proclamemos juntos nuestra fe.

                    www.cowsoft.net/jesusbayarri

Santiago Apóstol

Santiago Apóstol

Hch 4, 33; 5, 12.27-33; 12.2; 2Co 4, 7-15; Mt 20, 20-28

Queridos hermanos:

En esta solemnidad de Santiago Apóstol, la Palabra nos presenta el anuncio de la Pasión como antesala luminosa de la Pascua. Santiago, el hijo del trueno, será el primero de los apóstoles en derramar su sangre por Cristo: el primero en beber del cáliz y el primero en ser bautizado con el bautismo del Señor. En él se inaugura la senda del martirio, que no es derrota, sino comunión plena con el Redentor.

Cristo asume la multitud de nuestros pecados y, al sumergirse en la muerte, prepara su resurrección victoriosa. Sin embargo, mientras Él se dispone a entregarse por amor, sus discípulos aún no logran superar la concepción mundana del Reino: sueñan con lugares de honor, sin advertir que la gloria del Mesías no se mide con los criterios de este mundo. La carne mira por sí misma, buscando influencias y privilegios.

Y ahí estamos también nosotros, retratados en la realidad caída de los apóstoles. Queremos figurar, sobresalir, prevalecer. Pero Cristo nos revela al hombre nuevo: aquel que se niega a sí mismo por amor, antepone el bien del otro al suyo propio y sirve sin esperar recompensa, incluso hasta entregar la vida. Ese es el camino del discípulo. Porque el Hijo del Hombre no vino a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos.

Es fácil dejarse seducir por los criterios del mundo. Pero Cristo vive en otra sintonía, propia del Espíritu: es la onda del amor. Su Reino no se edifica con poder, sino con entrega. Quien quiera estar cerca del Señor deberá acercarse a su bautismo y a su cáliz: símbolos de donación total.

Jesús va delante. No solo marca el camino; Él es el camino. Consciente de que los judíos lo buscaban para matarlo, camina firme, y sus discípulos se sorprenden y se llenan de miedo. ¿Acaso no es también nuestro temor el de entrar en el misterio del amor que se dona?

Este puede ser un punto clave para nuestra conversión: dejar de mirarnos a nosotros mismos y fijar la mirada en Cristo. Él es el rostro visible del Padre, que brilla en el amor y el servicio. Esa es la gracia que se nos ofrece: no como mérito, sino como comunión. El que ama ya no necesita esperar la recompensa de la vida eterna, porque Dios es amor, y quien ama ya vive en Dios. Ha pasado de la muerte a la Vida. Ha regresado al Paraíso.

  Proclamemos juntos nuestra fe.

          www.cowsoft.net/jesusbayarri  

 

Viernes 16º del TO

Viernes 16º del TO

Mt 13, 18-23

Queridos hermanos:

La Palabra hace referencia a aquello de “tener ojos para ver, oídos para oír y corazón para comprender”. Hay un combate entre la fuerza del Evangelio y las dificultades que le oponen la dureza de nuestro corazón y la seducción del mal para que pueda fructificar. A la dureza del corazón se unen los obstáculos del ambiente, el ardor de las pasiones, la seducción de la carne, del mundo y de las riquezas.

En definitiva, nuestra naturaleza caída —por la concupiscencia—, a fuerza de ofrecer resistencia a la acción sobrenatural de la gracia, ha quedado indispuesta para la conversión y necesita un suplemento de ayuda, una gracia especial que debemos impetrar: una nueva acción gratuita de Dios que abra el corazón humano a la omnipotencia de su misericordia. Hace falta, en fin, acoger el “Año de gracia del Señor”, el tiempo favorable que nos llega con Cristo por medio del Evangelio. Después seguirá siendo necesario un constante cuidado, vigilancia y atención, como si del cultivo de un campo se tratara. Dios es el agricultor, por lo que necesitamos estar unidos a Cristo. Recordemos aquello de La Imitación de Cristo: «Temo al Dios que pasa».

«Velad y orad»; «esforzaos por entrar por la puerta estrecha»; «permaneced en mi amor»; «el que persevere hasta el fin, se salvará»; «el Reino de los Cielos sufre violencia, y sólo los que se hacen violencia a sí mismos lo arrebatan». Según aquello que dijo el Señor a la beata mexicana Conchita: «Hay gracias especiales que se adquieren con dolor». Estas palabras no contradicen en absoluto la gratuidad de la salvación de Cristo; expresan, en cambio, la necesidad de que nuestra adhesión al Evangelio se realice libre y voluntariamente.

Estas palabras nos recuerdan la necesidad del combate inherente a la vida cristiana, para el cual hemos recibido gratuitamente el Espíritu Santo, sin el cual es imposible dar el fruto del amor, necesario para alimentar al mundo: unos con treinta, otros con sesenta y algunos con ciento.

 Que así sea.

          www.cowsoft.net/jesusbayarri  

 

Santa Brígida

Santa Brígida

Ga 2, 19-20; Jn 15, 1-8

El fruto del amor glorifica al Padre

Queridos hermanos:

Así como Cristo nos habló del pan de su Cuerpo, que sacia y da al mundo la vida divina, hoy el Señor nos habla de la vid, fuente maternal de donde brota el vino nuevo del amor divino, fruto abundante de su sangre para la vida del mundo.

En esta nueva imagen eucarística, la vida del Señor fluye hacia sus discípulos como la savia de la vid hacia los sarmientos. Llamados en Cristo, somos invitados a la fecundidad generosa del amor. Esa abundancia de amor es la que glorifica al Padre: no nuestras palabras o alabanzas, sino la transformación que su Espíritu obra en nosotros. Porque el Padre nos ha engendrado en Cristo, amándonos hasta el extremo.

La gloria del Padre es su Espíritu Santo, entregado a Cristo y comunicado a nosotros, para que seamos uno en el amor, como el Padre y el Hijo son uno (cf. Jn 17,22). Y ese amor nos hace testigos vivos de su misericordia. Porque Dios, en su infinita bondad, ha permitido que pecadores miserables como nosotros lleguemos a ser hijos suyos, negándonos a nosotros mismos y amando como Él nos ama. Así lo vivió san Pablo, y así estamos llamados a vivirlo nosotros.

Cristo glorificó al Padre entregándose por sus enemigos. «¡Padre, glorifica tu Nombre!», exclamó. Él es el fruto pleno del amor, aquel que Dios reclama por boca del profeta Oseas: «Yo quiero amor». Y es por ese amor que Dios, celoso de la salvación de todos, poda su viña, purifica y corta lo que no da fruto. Este celo lo expresa Cristo con su mandamiento: «Lo que os mando es que os améis unos a otros».

Pero cumplir este precepto no consiste en aplicarlo al otro, sino en hacerlo vida en uno mismo. Amar no es exigir al hermano, sino exigirse uno mismo: «Si amáis a los que os aman, ¿qué hacéis de particular?» El amor nos justifica, y quien ama justifica también al amado. Porque el amor excusa todo y no toma en cuenta el mal. Quien busca justificarse a sí mismo es quien aún no ha amado. En cambio, quien ama se inmola en alguna medida, y en ese sacrificio recibe de Cristo la plenitud del gozo (cf. Jn 15,11).

Hoy la Palabra nos habla del gran amor de Dios hacia el mundo de los pecadores y de nuestra misión: testimoniar ese amor con nuestra propia vida, especialmente ante quienes viven en la tristeza de la muerte. Dios quiere llenarnos de un celo que nos purifique y nos haga inocentes, pues «la caridad cubre multitud de pecados».

El Verbo fue enviado por el Padre, hecho hombre como nosotros, para traer el vino nuevo del amor divino a nuestros corazones, perdidos por el pecado, e introducirnos en la fiesta nupcial del Reino. Por la pasión y muerte de Cristo hemos sido perdonados, y por el Evangelio somos llamados a ser injertados en Él, la vid verdadera. Así, su vida divina fluye en nosotros, por la fe y por el Espíritu, para que demos el fruto abundante de su amor: vida para el mundo.

La obra de Dios en Cristo nos ha envuelto gratuitamente en su amor. Ahora nos toca a nosotros custodiar ese don, permanecer en su fuego divino y unirnos a Cristo por la gracia. Porque el fruto de su amor, unido a nosotros, lo alcanza todo del Padre. Y los hombres, tocados por ese amor que habita en nosotros, glorificarán al Padre por la salvación recibida en Cristo, en cuya mano ha sido puesto todo.

Bendigamos al Señor, que se nos da en la Eucaristía para renovar nuestro amor y avivar nuestro celo por aquellos que aún no le conocen.

 Que así sea.

          www.cowsoft.net/jesusbayarri