Domingo 26º del TO A

Domingo 26º del TO A

Ez 18, 25-28; Flp 2, 1-11; Mt 21, 28-32

Queridos hermanos:

Como veíamos el domingo pasado, la sintonía con Dios no es algo externo, sino algo que debe tocar el corazón: “Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. En vano me rinden culto” (Is 29, 13). San Efrén, comentando este Evangelio, hace notar la falta de sintonía con el padre en el hijo segundo, a quien el padre ha llamado “hijo”, pero él le ha respondido diciendo “Señor”. A una relación de amor por parte del padre, el hijo responde con una dependencia servil.

Así pues, Dios busca siempre el corazón. Pero el corazón es mente y es voluntad, potencias que mueven a la persona. Por eso dice la Escritura que hay que amar con todo el corazón. No basta con sentir amor ni con comprender que debemos amar: el amor debe tocar también la voluntad. Amar es, por tanto, el resultado de dos operaciones: una toca la mente que siente, y la otra la voluntad que actúa. Se trata, como dice Jesús, de “poner en práctica” y de “hacer su voluntad”. San Pablo, en la epístola, distingue entre sentir y amar, y propone el amor concretamente: “Nada hagáis por ambición ni por vanagloria, sino con humildad, considerando a los demás como superiores a uno mismo, sin buscar el propio interés, sino el de los demás”. La Escritura está llena de sentencias como esta: “Amar es cumplir la Ley entera”. Dice el Señor: “El que cumple mis mandamientos, ese es el que me ama”; y también: “Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que yo os mando”. “¿Por qué me llamáis Señor, Señor, y no hacéis lo que digo?”

La primera respuesta del corazón —es decir, del amor a Dios— es acoger la llamada a la conversión que Él nos propone. Como dice la primera lectura: el que recapacita y se convierte, vivirá. En el Evangelio, esta misión la encarna Juan el Bautista, y por eso hemos escuchado lo que dice Jesús a los sumos sacerdotes y ancianos: “Vino Juan y no le creísteis, cosa que hicieron los publicanos y las prostitutas”.

San Jerónimo, comentando este pasaje, dice que para algunos estos dos hijos representan a los gentiles y a los judíos, que dijeron: “Haremos todo lo que ha dicho el Señor” (Ex 24, 3). Pero para otros se trata de los pecadores y los justos: los primeros se arrepienten, y los segundos se niegan a convertirse.

Los pecadores son los que han dicho un “no” a Dios, como el primer hijo de la parábola, pero se han convertido; mientras que los judíos no han escuchado la voz del Señor. Dice san Lucas (7, 30) que, rechazando a Juan, “han frustrado el plan de Dios sobre ellos”.

Nosotros somos pecadores, y somos llamados a amar mediante la conversión a Cristo; pero también somos el segundo hijo, por las gracias que hemos recibido —sobre todo la Iglesia—, y somos llamados a unirnos a Él de corazón en la Eucaristía, en la que nos dice: “Hijo, ve hoy a trabajar a mi viña”.

 Proclamemos juntos nuestra fe.

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Sábado 25º del TO

Sábado 25º del TO

Lc 9, 43b-45

La Palabra que Discierne y Transforma

Queridos hermanos:

Las Sagradas Escrituras no son simplemente palabras escritas en un libro antiguo. Son el testimonio vivo de la Revelación del amor de Dios y de la Historia de la Salvación. Pero para que esa Palabra se enraíce en el corazón del creyente, necesita ser encendida por el fuego del Espíritu Santo. Sólo Él puede unificarla en nuestro interior, dándonos los criterios para discernir los acontecimientos del pasado, del presente y del futuro. Porque el discernimiento verdadero, el que brota del amor, no nace del esfuerzo humano, sino que es derramado por el Espíritu en el corazón que se abre con humildad.

En tiempos de Jesús, Israel esperaba al Mesías glorioso, al que vendría sobre las nubes del cielo, restaurando la soberanía de su pueblo. Pero antes de esa manifestación gloriosa, debía llegar el “año de gracia del Señor”, anunciado por Isaías, encarnado en el Siervo de Yahvé. Y ese Siervo, rechazado por muchos, fue descrito con dolorosa precisión por el libro de la Sabiduría. Cristo, en su pedagogía divina, instruyó a sus discípulos en este discernimiento, fruto de una maduración en el amor. Y hoy, también a nosotros, el Señor nos abre las Escrituras, para que crezcamos en el conocimiento que no es teoría, sino experiencia viva de su amor.

¿Por qué no supo discernir Israel? Jesús lo atribuye a la ignorancia del corazón, a no comprender aquello que Dios siempre ha querido: “Misericordia quiero, no sacrificios.” Es decir, amor. El pueblo no sintonizó con el corazón de las Escrituras, que es el amor. Y Cristo, en obediencia perfecta, encarnó ese amor hasta el extremo, haciéndose el último, sirviendo a Dios con todo su corazón, con toda su alma y con todas sus fuerzas, abrazando la cruz y, en ella, a toda la humanidad.

En contraste, el pensamiento de Nietzsche —según los escritos que de él nos han llegado— se alzó contra el cristianismo, al que acusó de haber introducido en el mundo el “cáncer” de la humildad y la renuncia. En su obra Así hablaba Zaratustra, exaltó la “voluntad de poder” del superhombre, del hombre de la “gran salud”, que busca elevarse, no abajarse. Pero ese ideal se opone radicalmente a los valores del Evangelio, donde el más grande es el que se hace servidor de todos.

Hoy, hermanos, necesitamos que esta Palabra nos amoneste. No basta con aceptarla intelectualmente. Hay que dejar que se haga carne en nuestra vida, que sea viva y operante. El discernimiento irá siendo completado por la obra del Espíritu, pero la fe hay que vivirla cada día en libertad, para que se transforme en amor, en servicio, en entrega a los hermanos.

Que el Espíritu Santo nos conceda ojos para ver, oídos para escuchar y un corazón dispuesto a amar como Cristo nos ha amado.

Amén.

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Viernes 25º del TO

Viernes 25º del TO

Lc 9, 18-22

La fe revelada y la vida entregada

Queridos hermanos, en esta palabra se nos revela un misterio profundo: el Padre, en su infinita sabiduría, manifiesta a Pedro la fe que será fundamento y sostén de la Iglesia. Y Cristo, el Hijo amado, revela su misión de Siervo, aquel cuya entrega complace al Padre. “Era necesario que el Cristo padeciera… El Hijo del Hombre debe sufrir mucho.”

Sí, Jesús de Nazaret, nuestro Maestro, ha de asumir el rechazo y abrazar la muerte. No como un destino trágico sin sentido, sino como cumplimiento de la voluntad divina. Porque no es lo mismo que muera un hombre cualquiera, que morir el Cristo de Dios. Él es el Siervo que carga sobre sí las culpas de todos; el Hijo amado en quien el Padre se complace; el Hijo del Dios vivo. Su muerte tiene un peso eterno, porque revela el amor de Dios hacia el hombre que se ha separado de Él, que ha entrado en la muerte sin remedio (cf. Gn 2,17).

Y así como su muerte tiene trascendencia, también su resurrección. En ella, Dios manifiesta que ha aceptado su entrega por nosotros. Lázaro, el hijo de la viuda de Naín, y la hija del funcionario resucitaron, sí, pero su resurrección no cambió el curso de la historia. La de Cristo, en cambio, es el amanecer de una nueva creación.

Sólo cuando la fe en Cristo ha sido revelada a los discípulos a través de Pedro, el Señor les anuncia su misión. Para alcanzar la gloria, el Mesías deberá primero beber del torrente, apurar hasta las heces el cáliz del Señor, y así llevar a plenitud “el año de gracia del Señor”. Pero cuidado, hermanos: la gracia del Señor no es dulzona ni superficial. Es fuerza que impulsa al Cristo a asumir en su carne el “día de venganza de nuestro Dios”, como lo anunció Isaías.

El hombre nuevo nace en el seguimiento de Cristo. Ese seguimiento implica negarse a sí mismo, tomar la cruz, y ofrecerse en inmolación. Es fruto del Espíritu derramado en el discípulo por la fe, que es causa de salvación y testimonio de vida eterna. Quien busca guardarse a sí mismo, se cierra a la vida nueva que trae el Evangelio. Pero quien acoge a Cristo, que es la Vida, se sumerge en la fuente de su gracia mediante el Bautismo, y se hace uno con Él.

“Elige la vida”, nos dice la Escritura (Dt 30,15-20). Y Cristo, en el Evangelio, nos habla de perderla. La vida que hemos de elegir es Dios mismo, accesible en Cristo, que es la Resurrección y la Vida. Por esa vida, somos invitados a perder la nuestra: “El que pierda su vida por mí, la salvará para una vida eterna.”

Cristo es el Camino, la Verdad y la Vida. Seguirle es elegir la vida. Rechazarle por querer guardarse a sí mismo es elegir la muerte, inevitable para la naturaleza caída del hombre viejo, arrastrado por sus concupiscencias y pecados.

Que el Espíritu Santo nos conceda la gracia de elegir la vida, de seguir al Cristo sufriente y glorioso, y de vivir como hombres nuevos, resucitados en Él.

  Que así sea.

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Jueves 25º del TO

Jueves 25º del TO

Lc 9, 7-9

El Mensaje y el Mensajero

Queridos hermanos:

Hoy, la Palabra nos presenta la fama de Jesús, que se extiende por toda la región. Su predicación asombra, sus obras conmueven, y sus discípulos, enviados a anunciar el Reino, llevan consigo el fuego del Evangelio. La noticia de sus prodigios llega incluso a oídos del impío Herodes. Pero no todo el que escucha se convierte. Herodes, aunque atraído por la voz de Juan el Bautista, termina por mandarlo decapitar. Y a Jesús lo tratará de loco, lo despreciará, se burlará de Él.

¡Qué misterio el del corazón humano! Cristo, que acoge a los pecadores, llama a Herodes “zorro” y se niega a dirigirle la palabra. No por falta de misericordia, sino porque conoce la dureza de su corazón. El Señor resiste a los soberbios, dice la Escritura. Y el Evangelio nos recuerda que ni siquiera se confiaba a quienes decían creer, porque conocía lo que había en el interior de cada uno. San Pablo lo afirma con fuerza: “De Dios nadie se burla” (Ga 6, 7).

Hermanos, si aquellos que rechazaron a Juan no pudieron acoger a Cristo (Lc 7, 30), ¿cuánto menos podrá hacerlo Herodes, que lo mandó matar? San Mateo y san Marcos nos dicen que Herodes gustaba creer que Juan había resucitado, como si así pudiera acallar su remordimiento por haber asesinado a un profeta. Pero la conciencia no se silencia con fantasías, sino con la conversión del corazón.

Dios pasa a través de sus enviados. ¡Ay del que permanece indiferente o los rechaza! Porque “quien a vosotros rechaza, me rechaza a mí; y quien me rechaza a mí, rechaza al que me ha enviado” (Lc 10, 16). Y también: “Cuanto hicisteis con uno de mis pequeños hermanos, conmigo lo hicisteis” (Mt 25, 40). Rechazar al mensajero es rechazar el mensaje. McLuhan lo expresó en lenguaje moderno: “El medio es el mensaje.”

Pero el Padre no envió a un profeta cualquiera. No. Envió a su propio Hijo. El Verbo hecho carne. El rostro de su misericordia. El que vino a buscar lo que estaba perdido. Cristo, a su vez, envió a sus “pequeños hermanos.” Y tú: ¿Los escuchas? ¿Los acoges? ¿O los rechazas?

Hoy es tiempo de abrir el corazón. Hoy es tiempo de conversión.

  Que así sea.

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Miércoles 25º del TO

Miércoles 25º del TO 

Lc 9, 1-6

El envío y la urgencia de la misión

Queridos hermanos, en esta Palabra contemplamos el envío de los Doce. Cristo los llama, los forma, y los envía a proclamar la Buena Noticia, a sanar con poder, a liberar del dominio del mal. Los envía a los lugares donde Él mismo pensaba ir. ¡Qué misterio tan grande! Los discípulos no llevan nada consigo, sino la confianza plena en la providencia del Señor. Van como pequeños, sin imponer, sin exigir, sólo ofreciendo el tesoro del Evangelio. Así lo hizo Dios al enviar a Juan Bautista, para preparar un pueblo bien dispuesto, como lo anunció el profeta Isaías.

Ha llegado el tiempo favorable. El tiempo en que Dios se muestra propicio, haciéndose presente en sus enviados. Es el día de salvación que anunciará san Pablo; el “Año de gracia del Señor” que Isaías profetizó y que Cristo proclamó en la sinagoga de Nazaret. Ese año no ha terminado. Sigue abierto. Sigue vivo. El Evangelio ha llegado hasta nosotros, y continuará siendo proclamado hasta la venida gloriosa del Señor. Entonces, cuando termine el “tiempo de higos”, vendrá el tiempo del juicio. Pasará la figura de este mundo, e irrumpirá con poder el Reino de Dios.

La urgencia de la misión nos predica la provisionalidad de este tiempo. Nos recuerda que lo definitivo está por venir. Todo lo demás es secundario, es instrumental. Pero el corazón humano, llamado a la Bienaventuranza, siempre se siente tentado a instalarse, a buscar descanso aquí, como si esta tierra pudiera saciar el anhelo inscrito en su corazón. ¡Cuidado, hermanos! El descanso prematuro corrompe. Lo que da sentido a esta vida, con su fatiga y su tensión hacia la plenitud, es la esperanza. Es la acogida de la promesa. Es la misión que nos llama a la redención definitiva en el Reino de Dios.

Así recibió Cristo, del Padre, “un cuerpo” para hacer su voluntad redentora. Así también nos llama y nos envía a nosotros, sus discípulos, a proclamar la irrupción de la misericordia. Esa misericordia nos ha alcanzado. Nos lanza a testificarla en esta generación, sobre todo con nuestra vida. Porque el Reino de Dios ha llegado. ¡Convertíos y creed en la Buena Noticia!

El Reino de Dios es el acontecimiento central de la historia. Se hace presente en Cristo y se anuncia con poder. La responsabilidad de anunciarlo es inmensa, porque en ese anuncio está la salvación de la humanidad. Los signos que lo acompañan son potentes contra todo mal, incluso contra la muerte. Acoger el Reino implica acoger a quienes lo anuncian, porque en ellos se acoge a Cristo, y al Padre que lo envía.

En su infinito amor, Dios tiene planes de salvación para los hombres. Lo vemos en la historia de José, enviado por delante de sus hermanos a Egipto. Pero incluso con su poder, Dios no anula nuestra libertad. Sus planes se entretejen con nuestras decisiones, incluso con nuestros pecados: la envidia de los hermanos de José, la lujuria de la mujer de Putifar, la incredulidad de los judíos, y nuestros propios pecados, que condujeron a Cristo a su pasión y muerte.

También hoy, sus discípulos son enviados a encarnar el anuncio del Reino. Van con un poder otorgado por Cristo, pero ese poder no exime de responsabilidad a quienes los encuentran. De su acogida o de su rechazo depende mucho. Ante el Anuncio, todo debe quedar supeditado. Lo pasajero debe dar lugar a lo eterno. Lo material, a lo espiritual. Lo egoísta, al amor.

  Que así sea.

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Martes 25º del TO

Martes 25º del TO

Lc 8, 19-21

Hermanos en la fe:

 

El Evangelio nos revela una verdad desconcertante pero profundamente iluminadora: la incredulidad de los paisanos y parientes de Cristo. A Él lo consideran fuera de sí (Mc 3, 21), y en Nazaret, su propia tierra, intentan despeñarlo (Lc 4, 29). ¡Qué misterio! El Hijo de Dios, rechazado por los suyos. Y sin embargo, la fe florece en los corazones de los paganos y extranjeros. Los últimos, dice el Señor, serán los primeros.

Cristo conoce esta cerrazón, no como teoría, sino como experiencia vivida. Por eso exclama: “Ningún profeta es bien recibido en su patria” (Lc 4, 24). Él, que vino a traer luz, se encuentra con la sombra de la incredulidad en su propia casa.

Pero, hermanos, Cristo no se detiene ante el rechazo. Él afirma los lazos de la fe, que son más fuertes que los de la carne y la sangre. La verdadera familia de Jesús no se define por la genealogía, sino por la acogida de la Palabra hecha carne. Por la fe recibimos el Espíritu de Cristo, y ese Espíritu nos hace verdaderos hermanos, verdaderos hijos.

¿Acaso podría enseñar Cristo que por el Reino hay que dejar padre y madre, si Él mismo no lo viviera? Por encima del afecto carnal, está la universalidad del amor, la misión divina, el misterio del Padre. Los que se aferran a la carne permanecen fuera del acontecimiento. En cambio, los “extraños” que acogen la enseñanza del Hijo, entran en la intimidad de Dios. Ellos son madre, hermano, hermana. Ellos son familia.

También nosotros, hermanos, estamos llamados a esa maternidad espiritual: a concebir a Cristo en nuestro corazón, a gestarlo en la esperanza, y a darlo a luz por la caridad. Porque “la carne no sirve para nada; el espíritu es el que da vida” (Jn 6, 63). Y como dice san Juan: “Sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida, porque amamos a los hermanos” (1 Jn 3, 14). La vida y la muerte están ligadas a la fe y a la incredulidad. “Ni siquiera sus hermanos creían en Él” (Jn 7, 5).

Jesucristo ha venido a unirnos en un mismo espíritu, a formar la familia de los hijos de Dios. Por la fe, concebimos a Cristo. Por la esperanza, lo gestamos. Por la caridad, lo damos a luz. Esta es nuestra vocación: ser madre y hermanos del Señor.

Por encima de parentescos y patriotismos, Cristo llama a toda carne a su hermandad y maternidad. Los lazos de la carne son naturales; los de la fe, sobrenaturales. Vienen del cielo. Y por la fe, acogemos la Palabra de Dios hecha carne, que fructifica en nosotros.

La carne dice: “Dichoso el seno que te llevó”. Pero el Espíritu responde: “Dichosa tú que has creído” (Lc 11, 27-28). Dichosos los que creen, los que guardan, los que ven fructificar en sí la Palabra viva.

Hoy, esta Palabra nos invita a escuchar y guardar; a creer y esperar… para llegar a amar.

Que así sea.

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San Mateo apóstol

San Mateo apóstol

Ef 4, 1-7.11-13; Mt 9, 9-13

Queridos hermanos:

Conmemoramos hoy al apóstol y evangelista, a quien el Señor llama desde una realidad de pecado concreta —el dinero— y que, por ello, tiene una conexión especial con la misericordia, al estilo de Zaqueo, aunque llamado al gran ministerio apostólico. También nosotros, alcanzados por la misericordia, somos llamados a la gratitud por un amor gratuito, como el hijo pródigo.

En esta Palabra podemos distinguir tres sujetos: Cristo, los pecadores y los fariseos. Mientras Cristo se acerca a los pecadores, los fariseos se escandalizan: es el “escándalo farisaico”. Si el acercarse Cristo a los pecadores es fruto de la misericordia divina, es precisamente esta misericordia la que escandaliza a los fariseos.

Quizá los fariseos tengan menos pecados que los publicanos y pecadores, pero de lo que sí adolecen es de misericordia. Por eso Cristo les dirá: “Id, pues, y aprended qué significa: Misericordia quiero, y no sacrificio.” ¿De qué sirve a los fariseos pecar menos, si eso no los conduce al amor y a la misericordia, y en definitiva a Dios?

Ser cristiano es amar, y no sólo no pecar. Cristo ha venido a salvar a los pecadores. ¿Ha venido para nosotros, o nos excluimos de la salvación de Cristo como los fariseos del Evangelio? Pensémoslo bien, porque ahora es tiempo de salvación.

Todos somos llamados al amor, pero esta llamada implica un camino de conversión y de progreso en el amor, hasta llegar a la santidad necesaria que nos introduzca en Dios. El punto de partida de este camino es la humildad, que además acompaña toda la vida cristiana. Así lo expresa el Padrenuestro, en el que nos reconocemos pecadores, testificando el amor de Dios en nosotros.

La Palabra nos habla del amor de Dios como misericordia: amor entrañable, maternal, que no sólo cura —como hemos escuchado en el Evangelio— sino que regenera la vida, porque es recreador. No por casualidad la etimología hebrea de la palabra misericordia, rahamîm, deriva de rehem, que designa las entrañas maternas, la matriz, órgano en el que se gesta la vida. Si recordamos las parábolas que llamamos “de la misericordia”, veremos que todas están en este contexto: “Este hijo mío había muerto y ha vuelto a la vida; este hermano tuyo había muerto y ha vuelto a la vida.” También a Nicodemo le dice Jesús: “En verdad, en verdad te digo: el que no nazca de nuevo no puede ver el Reino de Dios.”

Se trata, por tanto, de un amor que gesta de nuevo, que regenera, como el de san Pablo hacia los gálatas, que le hace sufrir de nuevo dolores de parto por ellos. Amor fecundo, profundo y consistente, que implica lo más íntimo de la persona, sin desvanecerse como nube mañanera ante los primeros ardores de la jornada, como decía Oseas. Sólo un amor persistente, como la lluvia que empapa la tierra, lleva consigo la fecundidad que produce fruto, y que en Abrahán se hace vida más fuerte que la muerte, en la fe y en la esperanza, y pacto eterno de bendición universal.

La misericordia de Dios se ha encarnado en Jesucristo y ha brotado de las entrañas de la Vida por la acción del Espíritu; y no para desvanecerse, sino para clavarse indisolublemente a nuestra humanidad, en una alianza eterna de amor gratuito, inquebrantable e incondicional, de redención regeneradora, que justifica, perdona y salva.

Conocer este amor de Dios es haber sido alcanzado por su misericordia y fecundado por la fe contra toda desesperanza, para entregarse indisolublemente a los hermanos.

  Que así sea.

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Domingo 25º del TO A

Domingo 25º del TO A

Is 55, 6-9; Flp 1, 20-24.27; Mt 20, 1-16

Queridos hermanos:

Como dice la primera lectura, los caminos del Señor aventajan a los nuestros como el cielo a la tierra. Por eso el Señor, generación tras generación, sale a nuestro encuentro a través de sus discípulos, y también hora tras hora, para llamar obreros a su viña. En efecto, la vida del hombre sobre la tierra es como una jornada de trabajo, a la que se promete la paga de su Espíritu, que derramando en el corazón el amor de Dios —como enseña san Pablo (Rm 5, 5)— hace que los caminos del Señor se vuelvan nuestros, capacitándonos para amar como Cristo nos ha amado. Porque el fruto de nuestro trabajo es el amor con el que nos entregamos al mundo, evangelizándolo con nuestras obras.

Este don gratuito de su amor requiere nuestra libre aceptación, y puede ser rechazado, como lo fue Cristo por aquellos trabajadores de la primera hora, en quienes los judíos deben verse reflejados. También nosotros, llamados después, en espera del día del cumplimiento de las promesas —al final de los tiempos o al final de nuestra propia vida— debemos responder a la llamada. Es evidente, por tanto, que la paga es la misma para todos: Vida eterna.

Para san Gregorio Magno, nosotros somos los llamados a la hora undécima. Israel fue llamado antes, a través de enviados y profetas, pero fue llamado a sintonizar interiormente con el Señor y no sólo a un culto externo y vacío: no en la materialidad de la letra, sino en la verdad del espíritu. Este será el tema constante y central de la predicación del Señor a los judíos: “Misericordia quiero y no sacrificios; amor, conocimiento de Dios más que holocaustos”.

Hay obreros de la primera hora en la viña que no están en sintonía con el Señor, contaminados de avaricia, envidia y juicios, como aquellos que salieron de Egipto, que vieron abrirse el mar, comieron el maná, pero no entraron en la Tierra Prometida. En el Evangelio, con frecuencia, hay diferencias entre llamados y elegidos. Es cierto que no fueron contratados los que no se encontraban en el lugar de contratación, aunque estaban desempleados. Por eso dice san Juan Crisóstomo que Dios llama a todos desde la primera hora. Vivían fuera de su realidad, aquella en la que Dios los buscaba desde el comienzo, y eso mismo les privó de afrontar las penalidades del día bajo el amparo y la seguridad de la viña. Pero algunos no supieron valorar ni agradecer este don.

El Señor es bueno; nos llama a trabajar en su viña y provee a nuestras necesidades por encima de nuestros merecimientos, aunque éstos no estén a la altura. Eso es amar: hacer del bien del otro nuestro único interés y la intención profunda de nuestros actos. La justicia de Dios no olvida la caridad; es justo y misericordioso, mientras que la justicia del hombre está contaminada por la envidia y la avaricia. Llamó a Israel en la justicia y a los gentiles en la misericordia. Dios provee a las necesidades del corazón recto, pero no complace las ansias del codicioso. Ciertamente, los caminos de Dios distan mucho de los nuestros, hasta que encontramos a Cristo.

San Pablo no duda en privarse del sumo Bien de estar con el Señor por el bien de los hermanos, porque ha encontrado a Cristo. Sólo en Cristo nuestros caminos pueden coincidir con los de Dios, que se ha manifestado como Amor, y nos conducen al encuentro con los hermanos. En la Eucaristía, culmen de la relación con Dios, nuestro “yo” se disuelve en un “nosotros”, y podemos llamar a Dios: Padre nuestro.

 Proclamemos juntos nuestra fe.

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Sábado 24º del TO

Sábado 24º del TO 

Lc 8, 4-15

La tierra del corazón y el Evangelio

Queridos hermanos, la Palabra de Dios nos revela hoy un combate sagrado: el enfrentamiento entre la fuerza vivificadora del Evangelio y la seducción persistente del mal, que intenta impedir que esa semilla divina fructifique en el campo de batalla que es nuestra propia tierra, nuestra realidad humana, tantas veces endurecida y llena de impedimentos.

El camino representa la dureza del corazón, pisoteado por los ídolos del mundo. Las piedras son los obstáculos del ambiente, la seducción de la carne, la superficialidad que impide que la raíz se afiance. Y las riquezas, hermanos, son los espinos que ahogan la Palabra, desviando el alma hacia lo efímero. En definitiva, nuestra naturaleza caída resiste la acción sobrenatural de la gracia. Por eso necesita ayuda, cuidado constante, atención amorosa, como el cultivo de un campo que espera la lluvia y la mano del labrador.

San Lucas nos lo recuerda: “La semilla cayó en tierra buena, en aquellos que con corazón bueno y recto retienen la Palabra y dan fruto con perseverancia” (Lc 8,15). Aquellos que la entienden (Mt 13, 23). Dios es ese agricultor divino. Él trabaja nuestra tierra, la limpia, la prepara, la fecunda. Pero nosotros debemos unirnos a Él, dejarnos moldear por su voluntad amorosa.

La Palabra, como semilla, debe caer en la tierra y hacerse una con ella. Solo así dará fruto, y ese fruto es el amor. El hombre, unido a su Creador en un destino eterno de vida, hace que la Palabra no vuelva vacía al que la envió, sino que regrese después de haber dado fruto abundante. Pero para ello, hermanos, hay que velar, esforzarse, perseverar, permanecer, hacerse violencia. Son palabras que nos recuerdan que el Reino se conquista en combate, como el trabajo arduo que precede a una buena cosecha.

No olvidemos que en esta lucha espiritual nos guía una esperanza cierta: es el Señor quien toma la iniciativa, quien permanece a nuestro lado hasta el fin, garantizando el fruto, ya sea del treinta, del sesenta o del ciento (Mt 13, 23). Como dice el Evangelio y comenta san Juan Crisóstomo: “Salió el sembrador a sembrar”. El sembrador sale, se hace visible, se acerca, y al salir nos da la comprensión de los misterios del Reino. Nos invita a subir a su barca, como dice san Hilario, para ponernos a salvo de las olas de la muerte.

Pero no solo sale con la Palabra: sale con la semilla de su propio cuerpo. La siembra derramando su sangre sobre nuestra tierra, a veces dura, a veces llena de cardos, espinas o piedras. Porque llama a muchos, para recoger mucho fruto. También nosotros, generación tras generación, somos llamados a que nuestra sangre, como la de Cristo, sea sembrada. Como dijo Tertuliano: «Nosotros nos multiplicamos cada vez que somos segados: la sangre de los cristianos es una semilla» (Apologético, 50,13).

Con la persecución, hacemos presente al Señor que nunca nos abandona. Él nos acompaña siempre con su cruz, levantada y gloriosa, desde la cuna hasta el sepulcro. Que esta cruz sea nuestra fuerza, nuestra esperanza y nuestra victoria.

Amén.

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Viernes 24º del TO

Viernes 24º del TO

Lc 8, 1-3

El Señor camina entre nosotros

Queridos hermanos:

Hoy contemplamos a Jesús de Nazaret, el Hijo amado del Padre, caminando por los pueblos y aldeas, curando a los enfermos, anunciando la Buena Nueva del Reino de Dios. No va solo: lo acompañan sus apóstoles y las mujeres que le sirven con fidelidad —María Magdalena, Juana, Susana y muchas más—. Su misión se revela como el ministerio itinerante de una pequeña comunidad, semilla fecunda de la irrupción del Reino, testimonio vivo de la misericordia divina. Es vida nueva que avanza, propagando el gozo, iluminando los senderos oscuros, las veredas de sombras y muerte por donde caminan, cansadas y abatidas, como ovejas sin pastor.

Asomémonos al mundo de su tiempo: corrupción en el templo, sectas divididas, violencia y terror. Multitudes de desheredados, pobres, enfermos, desesperados, impíos, impuros, pecadores y descartados. Procesiones interminables cruzan valles y collados, bosques y desiertos, fuentes y torrentes. Caminan olvidados de sí mismos, despreocupados del mañana. Pero la esperanza de una vida nueva está a su alcance. ¡Hay que arrebatarla! ¡Quédate con nosotros, Señor!

La cercanía del Señor se hace palpable en los acontecimientos que rodean su palabra profética: poderosa, fecunda, con autoridad, colmada de vida, esperanza y bondad misericordiosa. Ella actualiza las promesas entrañables hechas a los padres, y brota como un suspiro en lo profundo de los corazones hambrientos de misericordia y saciados de miserias. ¡El Señor no ha olvidado a su pueblo! Lo ha visitado, y nosotros somos los bienaventurados testigos de su presencia.

Así lo proclaman los profetas: “¡Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero que anuncia la paz, que trae buenas nuevas, que anuncia salvación, que dice a Sión: Ya reina tu Dios!” (Is 52,7).

¡Una voz! Los vigías alzan la voz, a una dan gritos de júbilo: “Adiós penar y suspiros” (Is 35,10). El Espíritu entra en resonancia con el corazón humano. El acento divino sintoniza con nuestra carne, porque nuestros propios ojos ven el retorno del Señor a Sión.

“Prorrumpid a una en gritos de júbilo, soledades de Jerusalén, porque ha consolado Dios a su pueblo, ha rescatado a Jerusalén. Ha desnudado el Señor su santo brazo a los ojos de todas las naciones, y han visto todos los confines de la tierra la salvación de nuestro Dios” (Is 52,7-10). “Súbete a un alto monte, alegre mensajero para Sión; clama con voz poderosa, alegre mensajero para Jerusalén, clama sin miedo. Di a las ciudades de Judá: Ahí está vuestro Dios. Ahí viene el Señor Dios con poder, y su brazo lo sojuzga todo. Ved que su salario le acompaña, y su paga le precede. Como pastor pastorea su rebaño: recoge en brazos los corderitos, en el seno los lleva, y trata con cuidado a las paridas” (Is 40,9-11). “En aquel tiempo llamarán a Jerusalén Trono del Señor, y se incorporarán a ella todas las naciones en el nombre del Señor, sin seguir más la dureza de sus perversos corazones. En aquellos días, andará la casa de Judá al par de Israel, y vendrán juntos desde tierras del norte a la tierra que di en herencia a vuestros padres” (Jr 3,17-18). “El que abre camino subirá delante de ellos; abrirán camino, pasarán la puerta, y por ella saldrán; su rey pasará delante de ellos, y el Señor a la cabeza” (Mi 2,13). “¡El Señor, Rey de Israel, está en medio de ti, ya no temerás mal alguno! Aquel día se dirá a Jerusalén: ¡No tengas miedo, Sión, no desfallezcan tus manos! El Señor tu Dios está en medio de ti, ¡un poderoso salvador! Exulta de gozo por ti, te renueva con su amor; danza por ti con gritos de júbilo, como en los días de fiesta” (So 3,15-18).

Hermanos, el Señor está en medio de nosotros. Su Reino se ha acercado. ¡No temamos! Caminemos con Él, como María Magdalena, como Juana, como Susana. Seamos testigos de su luz, sembradores de su paz, heraldos de su misericordia. ¡Quédate con nosotros, Señor!

 Que así sea.

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Jueves 24º del TO

Jueves 24º del TO

Lc 7, 36-50

El Amor que nos salva

Queridos hermanos, como nos enseña san Juan, “Dios es Amor” (1 Jn 4,8). Y de ese Amor procedemos. No somos fruto del azar, sino del designio amoroso de Aquel que nos ha concebido, creado, redimido, perdonado nuestros pecados, y predestinado a la comunión con Él en su gloria eterna. Ese Amor ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo, para que podamos amar como Él nos ama.

Recordemos a Abrahán, padre de la fe. Él creyó en Dios, y esa fe le fue contada como justicia. Pero no fue sino después de veinticinco años que recibió al hijo de la promesa. Sólo tras ser probado en su fidelidad, recibió la bendición. Así también nosotros, llamados a permanecer fieles en el Amor del Señor, alcanzaremos la vida prometida. Ya lo decía el profeta Habacuc: “El justo vivirá por su fidelidad” (Hab 2,4). Y Cristo, en el Evangelio, nos exhorta: “Permaneced en mi amor… El que persevere hasta el fin, se salvará” (Jn 15,9; Mt 24,13).

Este conocimiento del Amor, que se nos revela en el perdón, hace nacer en nosotros un amor nuevo. Como aquella mujer del Evangelio, que amó mucho porque mucho le fue perdonado (Lc 7,47). A mayor conciencia de nuestros pecados, mayor será la gratitud por el perdón recibido, y más grande será nuestro amor. Pero si nos creemos justos, si nos sentimos satisfechos de nosotros mismos, nuestro amor será débil, y nuestro agradecimiento escaso. Así ocurre con el fariseo que juzga, frente al publicano que fue justificado. El Señor ha venido a buscar y sanar a los pecadores. “¡Ay de vosotros los hartos!”, dirá Jesús (Lc 6,25).

El Señor, por boca del profeta Oseas, nos dice: “Yo quiero amor, y conocimiento de Dios” (Os 6,6). Conocer a Dios no es sólo saber de Él, sino haber experimentado su Amor, especialmente en el perdón. Todos somos pecadores. Creerse justo no nos hace menos pecadores, sino más ignorantes de la Ley y de nosotros mismos. Quien se auto justifica, difícilmente pedirá perdón, y por tanto, tendrá poca experiencia del Amor. Y quien ama poco, es porque ha conocido poco el perdón.

El fariseo del Evangelio está atrapado en esta ceguera. Cristo quiere iluminarlo con la Palabra, pero su pretendida justicia lo impide. Juzga y desprecia a la pecadora, y así se cierra a la misericordia que podría salvarlo. “Si fuerais ciegos, no tendríais pecado”, les dice Jesús (Jn 9,41).

El Amor procede de Dios. Él ama y perdona en Cristo. Y cuando ese Amor es acogido por la fe, el Espíritu Santo lo derrama en nuestros corazones. Entonces, el hombre responde al Amor con su amor. El Amor de Dios, que salva al hombre y lo hace hijo en el Hijo, retorna a Él como ofrenda viva.

Hoy, queridos hermanos, esta Palabra nos confronta. Nos invita a abrir el corazón al Amor que perdona, que transforma, que salva. Nos llama a gustar la promesa de vida eterna en la Eucaristía, porque “el que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día” (Jn 6,54).

  Que así sea.

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Miércoles 24º del TO

Miércoles 24º del TO

Lc 7, 31-35

El Combate del Espíritu como llamada a la Misericordia

Queridos hermanos, ¿qué vemos hoy en el rostro del mundo? Indiferencia, apatía, desdén, tibieza, cinismo y nihilismo. Estos no son simples estados del ánimo, sino reflejos de una muerte espiritual que se cierne sobre muchas almas. Son señales de una necedad que se opone al Espíritu, que es vida, prontitud, buen ánimo y alegría.

Y este combate, hermanos, no es ajeno a nosotros. Es el combate de cada día: primero contra la debilidad e impotencia de la carne, y también contra la fuerza del mal que nos acecha. Pero no estamos solos. ¡No! Permanecemos aliados con el poder de Dios, que nos fortalece y nos sostiene.

La inmadurez en la fe y en el amor no puede sino conducirnos a la aniquilación interior. San Pablo nos exhorta: “Alegraos con los que se alegran, llorad con los que lloran.” Esta es la vida adulta en el Espíritu, que participa de ambas realidades: el gozo y el dolor. Pero el inmaduro se sustrae de ellas, porque le falta amor. Vive a nivel instintivo y sentimental, aunque haya sido profundamente amado por Dios.

Dios nos ama. Nos ha creado para vivir en su amor, colmándonos con sus bienes y dándonos sus mandatos para nuestra felicidad. Pero cuando nos apartamos de Él, todos los males nos sobrevienen. ¿No lo vemos en nuestra historia personal? ¿No lo vemos en nuestra sociedad?

Cristo ha venido a rescatarnos de la maldición de nuestro extravío. Nos ha manifestado su amor. Sin embargo, ¡cuán grande es el peligro de la indiferencia! Indiferencia para acoger la llamada a la conversión, indiferencia para entrar en el gozo de la misericordia. Como aquella generación incrédula y perversa, que se contentaba con la seguridad de una pretendida justicia, por saberse raza de Abrahán, cobijando su impiedad a la sombra del templo, pero sin penetrar en él con todo su corazón.

¡Oh generación inmadura, caprichosa e insoportable! Incapaz de escuchar para alegrarse por la bondad de Dios, ni de entristecerse por sus pecados. Prefiere la mediocridad egoísta de una vida carnal al gozo y a los combates del espíritu.

También nosotros, hermanos, necesitamos discernir. Fuera del camino del Señor, sólo encontraremos la nada y las tinieblas perdurables. Si dejamos de lado a Dios y nos aferramos a la mediocridad de la carne, despreciamos la infinita grandeza de su bondad.

En lo tocante a la fe, al amor y a la esperanza —y por tanto, a la salvación— no hay nada más nefasto que la apatía y la tibieza. El Señor nos dice: “¡Ojalá fueras frío o caliente! Pero como eres tibio, voy a vomitarte de mi boca.” Y también: “¿Qué más he podido hacer por ti que no haya hecho? Pueblo mío, ¿qué te he hecho? ¿En qué te he contristado? Respóndeme. Yo te saqué del país de Egipto, te rescaté de la esclavitud.”

¡Qué palabras tan duras, pero tan verdaderas! El Señor nos las dirá, y quedaremos avergonzados por nuestra necedad y perversión.

Por eso, hermanos, acojamos su gracia. Porque es tiempo de misericordia. Busquemos su rostro, porque Él es grande en perdonar a quienes de todo corazón se vuelven a Él.

 Que así sea.

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B. Virgen María de los Dolores

B. Virgen María de los Dolores

Hb 5, 7-9 ó 1Co 12, 12-14.27-31; Jn 19, 25-27 ó Lc 2, 33-35.

María, Madre Dolorosa

Queridos hermanos, elevemos hoy nuestra mirada con reverencia hacia María, la Madre Dolorosa, esposa fiel y virgen fecunda. Desde el primer instante de su existencia, fue privilegiada por Dios, preservada del pecado original en su Inmaculada Concepción. Esta criatura única, llena de gracia, fue elegida para acoger en su seno al Amor encarnado: el Verbo hecho carne, que tomó de ella lo humano, menos el pecado, porque en ella no lo halló.

No fue sólo vaso de carne para el Redentor. María participó plenamente en la misión redentora de su Hijo. Él, al ofrecerse puro sobre el altar de la cruz, tomó lo que quiso salvar en nosotros. Y así, purificándonos con su sangre, nos hizo hijos en el Espíritu, hermanos suyos, y dejó a María como Madre nuestra, singular privilegio de la humanidad.

Ella, unida estrechamente al sufrimiento del único Redentor, aceptó que la espada atravesara su alma. Así se cumplió la profecía de Simeón, que anunció su dolor como espejo del martirio de su Hijo. No sufrió los clavos, pero sí la lanza que, aunque traspasó sólo el cuerpo de Cristo, atravesó su corazón de madre, como canta san Bernardo. Por ello la proclamamos Reina Madre de los Mártires, pues fue madre del Rey de todos los que entregaron su vida por amor.

Su corazón, lleno de serenidad y mansedumbre, reflejaba la ternura del Hijo que, desde lo alto del madero, sólo pidió perdón para sus verdugos. En ella no hay odio ni desesperación, sólo compasión y fortaleza silenciosa. ¿Quién ha sufrido más y ha amado mejor?

No existe dolor más fecundo ni amor más grande que el que María aceptó, mediando con su entrega en la obra de nuestra salvación. Al pie de la cruz, nos acogió como hijos, colaborando en el misterio de la gracia que nos salva.

Por eso, al ponerla ante nuestros ojos, suplicamos que su piedad nos alcance la fortaleza para amar a Cristo, para someternos con alegría a la voluntad del Padre que nos dio a su Hijo.

Concluyamos, hermanos, con las palabras luminosas de san Bernardo, que resumen esta contemplación y nos marcan el camino:

“Si se levantan las tempestades de tus pasiones, mira a la Estrella, invoca a María. Si la sensualidad de tus sentidos quiere hundir la barca de tu espíritu, levanta los ojos de la fe, mira a la Estrella, invoca a María. Si el recuerdo de tus muchos pecados quiere lanzarte al abismo de la desesperación, lánzale una mirada a la Estrella del cielo y rézale a la Madre de Dios. Siguiéndola, no te perderás en el camino. Invocándola, no te desesperarás. Y guiado por Ella, llegarás segura y felizmente al Puerto Celestial.”

  Amén.

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La Exaltación de la Santa Cruz

La Exaltación de la Santa Cruz

Nm 21, 4-9 o Flp 2, 6-11; Jn 3, 13-17

La Cruz, signo de amor y de victoria

Queridos hermanos, hoy contemplamos la Cruz gloriosa de nuestro Señor Jesucristo. Aquella antigua fiesta de la “Cruz de Mayo”, tan profundamente arraigada en la devoción popular, fue trasladada por la Iglesia al 14 de septiembre, bajo el nombre de “Exaltación de la Santa Cruz”. ¿Por qué este cambio? Tal vez para despojarla de su ropaje folclórico y devolverle su sentido profundo: el misterio del amor salvador de Dios.

Sí, celebramos la Cruz no como instrumento de tortura, sino como trono de redención. En ella se revela el amor de Dios en su grado más alto: Cristo se entrega por nuestros pecados. En el Génesis leemos: “Si coméis, moriréis sin remedio”. La muerte se hacía inevitable, envolviendo al hombre en su sombra. Pero lo irremediable para el hombre, no lo es para Dios. Él no puede ser vencido ni por el diablo, ni por el pecado, ni por la muerte.

Cristo es la respuesta amorosa del Padre a la maldición que nos alcanzó. Dios no creó la muerte, ni puede morir. Por eso, el Hijo asumió nuestra carne mortal, haciéndose —como dice san Pablo— “pecado por nosotros”, para destruir la muerte, perdonar el pecado y liberar a todos los que, por temor a la muerte, vivían esclavizados por el diablo (Hb 2, 15). “Era necesario que el Mesías padeciera esto para entrar así en su gloria.”

Recordemos lo que ocurrió en el desierto: cuando el pueblo de Israel pecó, la muerte le salió al encuentro en forma de serpientes. Pero Dios, en su misericordia, le ofreció la salvación por medio de la serpiente de bronce. Quien la miraba con fe, vivía. Así también, Cristo será levantado en alto, como Moisés levantó la serpiente, para que todo el que crea en Él no muera, sino tenga vida eterna.

Por la fe en Cristo crucificado, el hombre es devuelto al Paraíso, del que fue expulsado por envidia del diablo. Dios establece con nosotros una alianza nueva y eterna, sellada en la sangre de su Hijo. Nos introduce en la vida eterna, para que nuestras obras de amor y fe, ofrecidas en un culto nuevo “en espíritu y verdad”, glorifiquen su nombre y proclamen su misericordia.

Mientras el Padre entregaba a su Hijo por amor a los pecadores, nosotros —judíos y paganos— lo condenábamos a muerte. Pero Él, en su infinita bondad, quiso pagar con su perdón el pecado de sus asesinos, desde Adán hasta nosotros. Aplicó su justicia a los injustos y les dio su Espíritu, vencedor del pecado, para introducirlos en la vida de la Nueva Creación, libre del pecado y de la muerte.

Hermanos, hay un sufrimiento que está unido al amor, y por eso tiene sentido. Es fecundo. Da fruto abundante. Dar a luz una nueva vida que implica dolor. Cristo sufrió los dolores del alumbramiento del Reino. Y los apóstoles, primicias de los discípulos, pasaron con Él por el valle del llanto. Fueron sumergidos en el torrente del sufrimiento, del que debía beber el Mesías (cf. Sal 110,7), para ser abrevados después en el torrente de sus delicias.

Porque en Él está la fuente de la vida, y en su luz vemos la luz (cf. Sal 36,9). Y así, levantaremos la cabeza con Él, en el gozo eterno de la Resurrección.

  Que así sea.

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Domingo 24º del TO A

Domingo 24º del TO A

Eclo 27, 30-28,7; Rm 14, 7-9; Mt 18, 21-35

Queridos hermanos:

Esta palabra nos enseña que, si al presentarnos ante el juicio somos hallados culpables, no tendremos excusa por nuestra falta de misericordia, después de haber sido tan misericordiosamente tratados por Dios. El perdón cristiano es siempre una restitución a la misericordia divina, una devolución agradecida del amor gratuito recibido en Cristo.

Basta una mirada al Antiguo Testamento para contemplar la obra de Dios cuando se acerca al corazón del hombre y actúa con misericordia. La misericordia de Dios hacia el pecador crece en una progresión de plenitud que siempre supera la maldad humana; pero sólo con la irrupción del Reino de Dios en Cristo, el corazón del hombre queda inundado por el torrente de la misericordia divina, que se manifiesta infinita mediante la efusión del Espíritu Santo: “No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete” (Mt 18, 21-22).

Dice Jesús en el Evangelio: “Si tu hermano peca, repréndele; y si se arrepiente, perdónale. Y si peca contra ti siete veces al día, y siete veces se vuelve a ti, diciendo: ‘Me arrepiento’, le perdonarás” (Lc 17, 3-4). La primera característica del perdón entre cristianos es que implica el arrepentimiento, porque a la ofensa ya ha precedido en ambos la misericordia y el perdón de Dios. La misericordia recibida obliga en justicia tanto al arrepentimiento como a responder con misericordia.

La segunda característica del perdón es su carácter ilimitado. Cuando Pedro escucha al Señor hablar de perdonar siete veces al día, con la espontaneidad que lo caracteriza interpreta esa cifra como un límite —y un límite muy alto—, por lo que se apresura a precisar la cuestión: “Señor, ¿cuántas veces tengo que perdonar las ofensas que me haga mi hermano? ¿Hasta siete veces?” Jesús le responde: “No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete” (Mt 18, 21-22). Es decir, ilimitadamente, como Dios hace contigo siempre que se lo pides.

Cuando alguien se acerca diciendo: “Perdón”, es Dios mismo quien, por su gracia, se presenta en quien se humilla, porque ha sido Él quien le ha concedido la gracia del arrepentimiento. ¿Cómo rechazar la gracia de conversión que Dios ha otorgado a tu hermano sin rechazar, al mismo tiempo, la obra de Dios en ti y en él? ¿Cómo negar el perdón “siete veces” al día, si otras tantas peca el justo y necesita él mismo la misericordia cotidiana de Dios?

Hemos escuchado lo que dice el Evangelio al siervo sin entrañas: “Esto mismo hará con vosotros mi Padre celestial, si no perdonáis de corazón cada uno a vuestro hermano” (Mt 18, 35). Si perdonas las ofensas, no sólo acoges a Dios en tu misericordia, sino que actúas como Dios: realizas sus obras; Dios mismo actúa en ti; das testimonio de su presencia, porque la misericordia es de Dios. El que es perdonado recibe el amor divino y es evangelizado. Esta es, además, la voluntad expresa de Dios: “Misericordia quiero” (Mt 9, 13; 12, 7; Os 6, 6). El perdón gratuito de Dios es amor, y engendra amor. Perdonando, Dios justifica al pecador, lo regenera y lo salva, destruyendo en él la muerte y el mal.

El perdón de las ofensas es también universal: no se limita a los hermanos, sino que alcanza incluso a los enemigos. Negarles el perdón es apartarse de la filiación divina y de la misericordia que Dios nos ha adquirido: “Amad a vuestros enemigos y rogad por los que os persigan, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial” (Mt 5, 24-25). “Que si vosotros perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial; pero si no perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre perdonará vuestras ofensas” (Mt 6, 14-15).

Así pues, Padre, “perdónanos nuestras ofensas, así como nosotros hemos perdonado a los que nos han ofendido”.

Proclamemos juntos nuestra fe.                                                                                                                                            www.cowsoft.net/jesusbayarri  

Sábado 23º del TO

Sábado 23º del TO

Lc 6, 43-49

Edificar sobre la roca

Queridos hermanos, hoy día 12 de septiembre, memoria del Dulce Nombre de María, la Palabra nos coloca ante una verdad ineludible: cada uno de nosotros ha de asumir las consecuencias de cómo ha conducido su vida. No estamos abandonados en la oscuridad de nuestras limitaciones. Dios, en su infinita misericordia, no ha dejado al hombre en la precariedad de buscar por sí solo la sabiduría que ilumina y fortalece. Él ha revelado el camino que conduce a la bienaventuranza del Reino.

La Escritura nos presenta dos sendas: la vida y la muerte. Dos caminos que se abren ante nosotros, y que exigen una elección. El hombre puede convertir su existencia en bendición o en maldición, según siga —o no— los caminos del Señor. Según crea, escuche su voz y obedezca su Palabra. Esta adhesión a los caminos de Dios, este seguimiento fiel, es lo que llamamos fe. Pero atención: la fe no consiste únicamente en creer que Dios existe, ni en aceptar que lo que dice es verdad. La fe auténtica, es obediencia, está en el seguimiento de Cristo.

El Señor nos llama a la vida eterna. Y para responder a esa llamada, necesitamos edificar sobre cimientos sólidos. No sobre arena, sino sobre la roca firme que es Cristo, la voluntad salvadora del Padre. Sólo así resistiremos los embates de las contrariedades. Isaías nos habla de una ciudad fuerte, habitada por un pueblo justo que observa la lealtad (cf. Is 26, 1-6). El Evangelio nos recuerda que no basta con decir “Señor, Señor”, sino que hay que hacer la voluntad de Dios, que siempre es amor.

Para entrar en su Reino, necesitamos la justificación que se obtiene por la fe en Cristo. Por ella entramos en el régimen de la gracia. Dios no sólo ha mostrado el camino, sino que lo ha hecho accesible, tendiendo un puente sobre el abismo abierto por el pecado. Por la fe, reconocemos a Cristo como el Señor que nos libra de la iniquidad de nuestras obras muertas, para obrar según su voluntad en la justicia. No son las obras de la ley, sino las obras de la justicia que brotan de la fe, las que nos abrirán las puertas del Reino.

Así, por la obediencia de la fe alcanzamos la salvación. Porque la fe sin obediencia está vacía, y arriesga a que nuestros afanes terminen en el más estrepitoso fracaso. Obedecer a Dios es escuchar a quien nos ama, a quien ha puesto en juego la vida de su Hijo por nosotros. La obediencia es amor. Y el amor da contenido a nuestra respuesta al amor con que Dios nos justifica, borrando nuestros pecados. Como dice la sabiduría popular: “Amor con amor se paga”.

Por eso, el corazón debe estar sólidamente adherido al Señor, no sólo por especulaciones vanas, por palabras, por sentimientos o deseos, sino por acciones concretas de nuestra voluntad. Con frecuencia, nuestro corazón está lleno de sí mismo: de miedos, de desconfianza, de incredulidad. Y así, se cierra a la voluntad de Dios, que es siempre amor y fortaleza para quienes en Él se refugian. Por eso, la Palabra tiene poca incidencia en nosotros, porque no encuentra resonancia en el abismo de nuestro corazón.

Las obras de justicia con las que respondemos al amor de Dios son las piedras sillares que sostienen la casa del justo, para que se mantenga en pie eternamente. Sólo en las acciones se muestra la verdad de la persona, como decía san Juan Pablo II en Persona y acción. El resto —como decía santa Teresa— son intenciones, fantasías e ilusiones. “Hechos son amores”, nos recuerda, una vez más, la fe del pueblo.

Y en medio de nuestra debilidad, la Eucaristía viene en nuestra ayuda. Es alimento sólido en la travesía del desierto de nuestra vida. Es alianza frente al enemigo. Es refugio en medio de las inclemencias. Que el Pan de Vida nos fortalezca para caminar por el sendero de la justicia, y que nuestra fe, hecha obediencia, nos conduzca al Reino eterno.

 Amén.

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Viernes 23º del TO

Viernes 23º del TO 

Lc 6, 39-42

La Caridad y el Juicio

Queridos hermanos:

El próximo día 12 conmemoraremos la memoria del “Dulce nombre de María,” que por la gracia, cambia la etimología de su nombre derivado de amargura, en dulzura.

Detrás de esta palabra de hoy se esconde una verdad luminosa y profunda: todos somos pecadores, y si hemos alcanzado misericordia, ha sido por puro don gratuito de Dios. No por mérito propio, sino por gracia. Por eso, lo que pretendemos corregir en los demás, suele formar parte de nuestros propios defectos. La paja en el ojo del hermano también está en el nuestro, pero además cargamos con la viga de nuestra falta de caridad.

Nuestra visión está nublada, si carece de la luz de la caridad, esa luz que justifica al pecador, porque —como dice san Pablo— “la caridad todo lo excusa y no lleva cuentas del mal” (cf. 1 Co 13,7). Lo que creemos luz en nosotros, no es sino tinieblas. Y los hombres, más que nuestra reprensión, necesitan nuestra oración.

Si en nosotros no brilla la caridad, más nos vale buscarla con urgencia, antes de atrevernos a corregir a los demás. De lo contrario, seremos como guías ciegos que guían a ciegos y arrastran a otros al hoyo.

La caridad, hermanos, corrige nuestras miserias y disimula las ajenas. Cuando falta la caridad, magnificamos los defectos del prójimo y minimizamos los propios. Entonces, juzgamos y corregimos en los demás lo que deberíamos limpiar en nosotros. El problema no son las briznas ajenas de imperfección, sino las vigas propias de nuestra falta de amor. Nos resulta más fácil sermonear que ayunar; más cómodo criticar que levantarnos en la noche a rezar por los pecados del hermano.

Sobre nosotros pesa una acusación: somos convictos de pecado, acusados en espera de sentencia. Pero en Cristo, Dios ha promulgado un indulto, al que debemos acogernos. Y en lugar de hacerlo, nos erigimos en jueces, negándonos a conceder gracia a los demás. El Señor llama a esto hipocresía, y nos invita a elegir el camino de la misericordia, que somos los primeros en necesitar.

Si Dios ha pronunciado una sentencia de misericordia en este “año de gracia del Señor”, ¿quiénes somos nosotros para convocar a juicio, poniéndonos por encima de Dios? Si la ley es el amor, tiene razón Santiago al decir que quien juzga se pone por encima de la ley, y por tanto, no la cumple.

Si nos llamamos cristianos, debemos comprender que es más importante tener misericordia que corregir las faltas ajenas. Más importante que juzgar, es cargar con el otro por amor, como Cristo ha cargado con nuestras culpas. Más importante es redimir, que denunciar.

Esto no impide que, ante ciertos pecados graves, haya que reprender al hermano a solas, con amor, buscando ganarlo, como enseña el Evangelio (cf. Mt 18,15; Lc 17, 3). Ama, y haz lo que quieras: tanto si corriges como si callas, lo harás por amor.

En la Eucaristía, Cristo se nos entrega, y nos invita a devolver lo que tomamos de su mesa: perdón, misericordia, amor. “No juzguéis, para que no seáis juzgados. Porque con el juicio con que juzguéis, seréis juzgados; y con la medida con que midáis, se os medirá” (cf. Mt 7,1-2). Hipócrita, saca primero la viga de tu ojo, y entonces verás con claridad para sacar la brizna del ojo de tu hermano.

La caridad, sufre por el desvarío del pecador y se alegra por su conversión, considerándolo como miembro propio.

Recordemos que la caridad que nos une a Dios, nos une también a los hermanos. Y siendo hijos de Dios, nos une incluso a los enemigos. La caridad que nos diviniza, nos hace verdaderamente humanos.

Los padres del desierto decían: “Cuando juzgamos a un pecador, nuestra conversión se detiene.” El Señor ha comparado la falta del prójimo a una paja, y el juzgar, a una viga. Así de grave es juzgar: más grave, quizá, que otros pecados que podamos cometer.

El fariseo que oraba y agradecía a Dios por sus buenas acciones decía la verdad, pero no fue justificado. Porque aunque debemos agradecer a Dios por cualquier bien que podamos realizar —pues lo hacemos con su asistencia— esto debe movernos a la caridad, no al juicio ni a la vanagloria. El fariseo fue rechazado por decir: “No soy como los otros hombres” (cf. Lc 18,11), sin dar gloria a Dios despreciando al pecador. Fue culpable por juzgar la persona del publicano, su alma, su vida entera.

Hermanos, que la caridad sea nuestra luz. Que ella nos guíe en el camino del Evangelio. Que ella nos enseñe a ver, no para condenar, sino para salvar.

 Amén.

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Jueves 23º del TO

Jueves 23º del TO 

Lc 6, 27-38

Llamados a la perfección del amor

Queridos hermanos, hoy el Señor nos invita a vivir conforme a lo que hemos recibido. No se trata de una simple exhortación moral, sino de una llamada profunda a la transformación interior. Hemos sido amados con una perfección divina, no cuando éramos justos, sino cuando aún éramos pecadores, enemigos de Dios. Y si ese amor ha sido acogido en nuestro corazón, ningún mal podrá dañarnos. Al contrario, con el bien que hemos recibido, venceremos todo mal.

Pero si permitimos que el mal penetre en nuestro corazón, allí engendrará sus hijos: el rencor, la soberbia, la envidia... y estos nos destruirán desde dentro. Alguien dijo con sabiduría: “No todo lo que duele daña, pero lo que daña, duele profundamente.”

En el libro del Eclesiástico leemos: “El Altísimo odia a los pecadores, y dará a los malvados el castigo que merecen” (Eclo 12, 6). Y san Pablo, con claridad profética, nos recuerda: “Ni impuros, ni idólatras, ni adúlteros, ni afeminados, ni homosexuales, ni ladrones, ni avaros, ni borrachos, ni ultrajadores, ni explotadores heredarán el Reino de Dios” (1 Co 6, 9-10). Pero añade con esperanza: “Y tales fuisteis algunos de vosotros.”

¡Qué misterio tan grande! En el don gratuito del amor y del Espíritu Santo, hemos sido llamados a una vida nueva. Una vida que responde a la misericordia recibida con justicia vivida: “Pero habéis sido lavados, habéis sido santificados, habéis sido justificados en el nombre del Señor Jesucristo y en el Espíritu de nuestro Dios.”

San Agustín, comentando el salmo 121, dice que los montes a los que debemos levantar los ojos para recibir el auxilio del Señor son las Sagradas Escrituras. Y en esta Palabra, hemos alcanzado su cima más alta: el cielo del amor de Dios. Por este amor, podemos llegar incluso a odiar nuestra propia vida y a amar a quienes nos odian.

Este amor no es natural, es sobrenatural. La carne ama lo suyo y detesta lo que le es contrario. San Pablo nos enseña que la carne y el espíritu son entre sí antagónicos. Para recibir este amor espiritual, es necesario renunciar a la carne, como dice el Señor en el Evangelio: «Si alguno viene junto a mí y no odia a su padre, a su madre, a su mujer, a sus hijos, a sus hermanos, a sus hermanas y hasta su propia vida, no puede ser discípulo mío.»

En Cristo hemos sido amados así. De Él recibimos su Espíritu, que nos hace hijos del Padre. Y esa naturaleza divina se manifiesta en nosotros cuando amamos a nuestros enemigos. Aquella antigua palabra: “Sed santos, porque yo, Yahvé, vuestro Dios, soy santo” (Lv 20, 7), se transforma ahora en: “Sed perfectos, porque vuestro Padre celestial es perfecto.” Porque hemos recibido su naturaleza, somos sus hijos. Y si no tuvimos mérito alguno para ser amados así, entonces amemos a quienes no lo merecen, para que también ellos puedan amar y merecer.

La perfección del amor de Dios está en que ama también a los malvados y a los pecadores. Hace salir su sol sobre buenos y malos, y manda la lluvia sobre justos e injustos. Esta es la perfección a la que llama a sus discípulos, dándoles su Espíritu Santo: “Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian, rogad por los que os persiguen, bendecid a los que os calumnian.”

Este es el espíritu que vemos en David, un hombre según el corazón de Dios. El amor de los discípulos no puede ser igual al de los escribas y fariseos, ni al de los publicanos y pecadores. Después de haber sido amados así por Cristo y haber recibido su Espíritu, estamos llamados a amar como Él.

Desde el hombre terreno y carnal hasta el hombre celestial, hay un camino que recorrer. Ese camino comienza con la fe y culmina en la fidelidad a Cristo.

   Que así sea.

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