Miércoles 1º de Cuaresma

Miércoles 1º de Cuaresma

Jon 3, 1-10; Lc 11, 29-32

Queridos hermanos:

En este tiempo de gracia, Dios nos presenta su misericordia a través del Evangelio, que pone ante nosotros la responsabilidad de acoger su ofrecimiento, porque “no quiere la muerte del pecador, sino que se arrepienta y viva”.

Hemos escuchado que los ninivitas se convirtieron por la predicación de Jonás, quien fue para ellos signo de la voluntad de Dios, que deseaba salvarlos de la destrucción que habían merecido por sus pecados. Que Jonás saliera del seno del mar —figura de la muerte—, como narra la Escritura, ni siquiera lo menciona Lucas. Es un signo que, de hecho, los ninivitas no vieron, como tampoco los judíos vieron a Cristo salir del sepulcro. Será, por tanto, un signo que no les será concedido ver.

Cuando el rico —al que llamamos epulón— pide a Abrahán que un muerto resucite para que sus hermanos se conviertan, Abrahán responde que no hay otro signo que la escucha de Moisés y los profetas: la predicación. Por eso no dice “la lectura”, sino “la escucha”. Los judíos que no acogieron la predicación ni los signos de Jesús deberán acoger la de los apóstoles. Es Dios quien elige la predicación como único signo, el modo y el tiempo favorable para otorgar la gracia de la conversión; y el hombre debe recibirla como una gracia que pasa. Como dice el Evangelio de Lucas, el rechazo de los escribas y fariseos a Juan Bautista les impidió convertirse cuando llegó Cristo, frustrando así el plan de Dios sobre ellos (Lc 7,30).

La predicación del Evangelio hace presente el primer juicio de la misericordia, que puede evitar, en quien lo acoge, un segundo juicio en el que no habrá misericordia para quien no tuvo misericordia, según las palabras de Santiago (St 2,13). Para quien acoge la predicación, todo se ilumina; mientras que quien se resiste a creer permanece en las tinieblas. Dios se complace en un corazón que confía en Él contra toda esperanza y lo glorifica entregándole su vida, como hizo Abrahán. “Todo el que invoque el nombre del Señor se salvará.”

Dios suscita la fe para enriquecer al hombre mediante el amor, haciéndole gustar la vida eterna; y por amor dispone las gracias necesarias para la conversión de cada hombre y de cada generación. Los ninivitas, la reina de Sabá, los judíos del tiempo de Jesús y nosotros mismos recibimos el don de la predicación como testimonio de su voluntad a través de su Palabra, que siembra vida en quien la escucha.

Desde la salida de Egipto, en la marcha por el desierto, Israel pedía signos a Dios, pero ni así se convertía. Las señales que realiza Cristo no pueden verlas, porque no tienen ojos para ver ni oídos para oír en la tierra; y piden una señal del cielo. No habrá señal para esta generación que pueda ser vista sin fe, un signo que se imponga por encima de los que Cristo realiza. Cristo gime ante la cerrazón de su incredulidad. La señal por excelencia de su victoria sobre la muerte será oculta para ellos —no habrá señal— y solo podrán “escucharla” mediante la predicación de los testigos, como ocurrió con Jonás.

Este es un tiempo de señales, sí, pero sobre todo de fe, de combate, de entrar en la muerte y resucitar, como Jonás, que en el vientre de la ballena pasó tres días en el seno de la muerte. Solo al final “verán” la señal del Hijo del Hombre sobre las nubes del cielo.

Jonás realizó dos señales: la predicación, que movió a los ninivitas a la conversión, y la de salir del mar al tercer día, que nadie pudo conocer sino por las Escrituras. En cuanto a Cristo, los judíos no aceptaron la primera, y la segunda no pudieron verla; no hubo para ellos más señal que la predicación de los testigos elegidos por Dios. El significado de las señales solo puede comprenderse con la sumisión de la mente y de la voluntad que conduce a la fe y que implica la conversión. Dios no puede negarse a sí mismo anulando nuestra libertad para imponerse; por eso todas las gracias deben ser purificadas por las pruebas.

Nosotros hemos creído en Cristo, pero hoy se nos invita a creer en la predicación, sin tentar a Dios pidiéndole signos, sino suplicándole la fe y el discernimiento que Él concede generosamente a quien se lo pide con humildad. Así como sabemos discernir lo material, debemos pedir el discernimiento espiritual de los acontecimientos.

También a nosotros se nos propone hoy la conversión y la misericordia a través de la predicación de la Iglesia.

 Que así sea.

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