San Juan, Apóstol

 San Juan Apóstol

1Jn 1, 1-4; Jn 20, 1-8

Queridos hermanos:

El discípulo amado se asoma a la liturgia navideña con el martirio blanco y eterno de su amor; predilecto del Amado, cede su lugar al testimonio púrpura de Esteban, cuya memoria celebrábamos ayer. Figura central en el Nuevo Testamento, su vida y su obra dejaron una huella indeleble en la historia de la Iglesia, destacándose por su profundo amor y devoción a Cristo. Jugó un papel fundamental en la primera comunidad cristiana de Jerusalén y, posteriormente, en Éfeso, donde se cree que pasó sus últimos años. Su liderazgo y sus enseñanzas fueron vitales para la consolidación de la fe en los primeros siglos. Testigo ocular de la vida y del ministerio de Jesús, un Evangelio, tres epístolas y el libro del Apocalipsis llevan su nombre.

El legado de Juan es vasto y significativo. Se le recuerda como un místico y teólogo profundo, cuyo amor y devoción a Cristo se reflejan en cada uno de sus escritos. Sus textos ofrecen una comprensión más honda del misterio de la encarnación, de la redención y de la promesa de la vida eterna.

Apóstol, evangelista y místico teólogo, nos presenta su pureza casta como un modelo inolvidable para esta generación tristemente enfangada y descreída, incapaz de alzar el vuelo hacia la contemplación del Señor resucitado. “Ver y creer” fue su actitud ante la tumba vacía, que confirmaba el testimonio interior que el Espíritu del Hijo daba a su espíritu: ¡Es el Señor! Una vez más, el amor se adelantaba a la percepción de los sentidos, limitados en su pequeño mundo físico, frente a los horizontes infinitos del Espíritu, abiertos para él.

Hijo del trueno por su celo, águila por la elevación de sus miras y de sus vuelos, contemplativo privilegiado de la gloria y de la agonía de Cristo, recibió la gracia de acoger a la Virgen María junto a la cruz de su Hijo. Hoy es venerado como apóstol del Asia Menor y mártir invicto.

Pescador de hombres por designación profética divina, recibió del Señor la promesa de sentarse a juzgar a las doce tribus de Israel. Él, que suplicó sentarse junto a Cristo en su Reino, fue revestido de paciencia para permanecer aquí hasta el retorno del Señor, si tal hubiera sido la voluntad de su Maestro.

Su vida es un testimonio inquebrantable de amor y de fe profunda, que ha inspirado a innumerables generaciones de creyentes a seguir su ejemplo de entrega y devoción a Cristo.

 ¡Gloria al discípulo amado!

           Que así sea.

                                        www.cowsoft.net/jesusbayarri

 

 

 

No hay comentarios:

Publicar un comentario