La Sagrada Familia A

La Sagrada Familia A

Eclo 3, 2-6.12-14; Col 3, 12-21; Mt 2, 13-15.19-23.

Queridos hermanos:

Celebramos la fiesta de la Sagrada Familia, que, en el trasfondo de la alegría anunciada por los ángeles —propia de la Navidad y destinada a todo el pueblo—, deja entrever la cruz de la misión a la que es llamada en el Hijo.

La Sagrada Familia, constituida por Dios, vive en castidad perfecta la unión virginal de María y José; está sujeta incondicionalmente a la voluntad divina, llevando a cabo su plan de salvación. En su seno hace crecer a Cristo, Palabra y Gracia de Dios, hasta la estatura adulta de su entrega en la cruz para la redención de los hombres. Permanece unida en medio de las dificultades de la vida —muchas y graves— que Dios ha permitido para ella. Él ha querido realizar en esta familia un modelo de fe, tanto en la entrega fecunda como en la renuncia personal de los esposos en favor del Hijo, que vivirá sujeto a ellos. Es, por tanto, modelo de amor esponsal en perfecta castidad, llevado a plenitud por la presencia del Espíritu Santo en cada uno de ellos, en una vida de “humildad, sencillez y alabanza”.

Dios ha querido que nuestro Redentor fuera verdadero hombre y, en consecuencia, tuviera una verdadera familia y una historia humana en la que se preparara y realizara su misión de salvación. Esto debe interpelarnos en nuestras expectativas sobre nuestra propia familia y nuestra vida, en las que tantas veces nos escandaliza la aparición de acontecimientos que juzgamos adversos, precisamente porque no los contemplamos bajo el prisma de la fe, que ilumina su sentido último y trascendente en relación con la llamada de Dios. Si la misión de Cristo implicaba su oblación total, también nosotros tendremos luz para comprender el sentido del sufrimiento, que lo acompañará siempre y con el que será preparado junto con su familia, “experta en el sufrir”, como la llama un himno litúrgico.

Si bien Dios preserva la misión de su Hijo, no le evita los trabajos y sufrimientos que implica su auténtica redención, por la cual se hizo verdaderamente hombre. “Era necesario que el Cristo padeciera”. Todo lo que implicaba la verdadera encarnación del Hijo requería que su familia fuera tal como Dios la quiso. Las gracias necesarias que se le concedieron no disminuyeron en nada su condición de familia humana. Su santidad ilumina la santidad a la que somos llamados como familia en Cristo.

La santidad de Dios fue el motivo y la causa de la llamada a la santidad que dirigió a su pueblo: “Sed, pues, santos, porque yo soy santo”. San Pablo dirá que para eso hemos sido elegidos en Cristo antes de la creación del mundo: “Para ser santos e inmaculados en su presencia por el amor”. Por eso la santidad no es algo abstracto, sino que se vive en relación con el amor: sed santos con los demás como Dios es santo con vosotros.

La Palabra nos muestra la disposición total de la Sagrada Familia a la misión y a sus consecuencias, y por tanto a la voluntad de Dios. Interiormente, esto se traduce en relaciones de amor entre sus miembros: cónyuges, padres e hijos, que no se miran a sí mismos, sino al bien del otro, como vemos en las lecturas. José, el menor en dignidad, será cabeza; y Jesús, el mayor, estará sujeto a ellos. San Pablo enseña que el marido es cabeza de la mujer, y vemos en el Evangelio que Dios habla a José —y no a María— para indicarle lo que debe hacer la familia de su Hijo. Mientras su pueblo ignora y persigue a Cristo, será Egipto quien lo acoja y lo guarde de sus enemigos, como ocurrió con José, el hijo de Jacob. Solo entonces se cumplirá: “De Egipto llamé a mi Hijo”, el nuevo y verdadero Israel.

“¡Familia en misión, Trinidad en misión!” (San Juan Pablo II, 1988). 

 Proclamemos juntos nuestra fe.                                                                                                                                                      www.cowsoft.net/jesusbayarri  

 

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