Martes 6º del TO

Martes 6º del TO

Mc 8, 14-21

Queridos hermanos:

El Evangelio nos muestra hoy la dureza de mente de los discípulos, que, a pesar de los signos realizados por Cristo, “tienen ojos y no ven, tienen oídos y no oyen”. Y, sin embargo, el Señor ha venido precisamente a transformar en bendición aquella maldición de Isaías que pesaba sobre el pueblo de dura cerviz: «Pues recusaron la enseñanza de Yahvé Sebaot y despreciaron el dicho del Santo de Israel. Ve y di a ese pueblo: Escuchad bien, pero no entendáis; ved bien, pero no comprendáis. Engorda el corazón de ese pueblo, hazle duro de oídos y pégale los ojos, no sea que vea con sus ojos, oiga con sus oídos, entienda con su corazón, se convierta y se le cure».

Los apóstoles siguen a Jesús, pero todavía se inquietan por lo material. Si, como los judíos, carecen de discernimiento para descubrir la perversión de los fariseos, ¿cómo podrán guardarse de su levadura, que para Mateo es su doctrina y para Lucas es su hipocresía (12,1)? La levadura es signo de lo viejo, de la impureza y de la corrupción. El peligro de los discípulos es no advertir que su verdadero problema está en reducir la doctrina a preceptos y tradiciones humanas, alejadas del mandamiento divino, y en la corrupción del corazón, que sus obras ponen de manifiesto: “Porque dicen y no hacen”.

Los fariseos aparentan piedad, pero no nace de un corazón que ama al Señor; buscan, más bien, la estima de los hombres, su propia gloria y su interés. “Ciegos que guían a ciegos”, dirá Jesús. La corrupción de la levadura se propaga con rapidez y puede contaminarlo todo; por eso Cristo debe advertir a sus discípulos. La religión se instrumentaliza en provecho propio mediante la falsedad, convirtiéndose en excusa para la carne, mientras que Cristo ha venido a testificar la Verdad con su vida. Quien vive en la verdad apoya su existencia en Cristo y es libre; quien vive en la hipocresía es esclavo del diablo, padre de la mentira, que lo engaña y lo tiraniza. “¡Ay de aquel cuya fama es superior a sus obras!”, enseñan los maestros de espiritualidad.

Jesús anuncia una suerte fatal para los hipócritas, que serán separados de Él. Hay aquí una llamada a pasar de la carne a la vida nueva del Espíritu: a vivir en la verdad y a asumir la misión que comportan la llamada y los dones recibidos. A diferencia de los primeros discípulos, nosotros no hemos recibido sólo señales, sino verdaderos dones del Espíritu, entre los cuales debe figurar el discernimiento. A estos dones debe responder nuestra fe y una auténtica conversión de vida.

Que el Señor, en la Eucaristía, nos conceda discernir lo que recibimos de esta mesa y vivirlo en la verdad.

 Que así sea.

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Lunes 6º del TO

Lunes 6º del TO 

Mc 8, 11-13

Queridos hermanos:

Nacidos del amor que es Dios y destinados a la comunión con Él, sólo su amor puede hacernos plenamente felices, si nos entregamos a Él libre y totalmente. Alejarnos de ese amor, en cambio, nos frustra y nos destruye. La obra de Cristo es reconducirnos al Padre después de habernos apartado por el pecado.

Como ocurría ya desde la salida de Egipto, en la marcha por el desierto, Israel sigue pidiendo signos a Dios, incapaz de creer en su Palabra y someterle su propia mente. Pero así no se convierte, porque no acoge a Dios, sino que busca cumplir su propia voluntad. “De los que han visto las señales que he realizado en Egipto y en el desierto, y no han escuchado mi voz, ninguno verá la tierra que prometí con juramento a sus padres” (cf. Nm 14, 22s).

Las señales abundantísimas que Cristo realiza en la tierra, en los momentos y lugares que Él considera oportunos, no pueden ser acogidas por muchos, porque no tienen ojos para ver, ni oídos para oír, ni corazón para creer. Piden una señal del cielo que se les imponga, pero los signos no están para sustituir la fe, sino para suscitarla; no buscan convencer por evidencia, sino mover el corazón al arrepentimiento. Sin embargo, su corazón está endurecido y no se abre al Señor. Por eso, no habrá para esa generación una señal que puedan ver sin fe, más allá de las que Cristo ya realiza.

Cristo gime ante la cerrazón de su incredulidad y la dureza de su corazón. La señal por excelencia de su victoria sobre la muerte quedará oculta para ellos —“no habrá señal”—, como lo fue la salida de Jonás del seno del mar para los ninivitas. Sólo podrán “verla” acogiendo en la fe la predicación de los testigos. Este no es tiempo de higos, sino de fe; tiempo de combate, de entrar en el seno de la muerte y resucitar. Sólo al final verán la señal del Hijo del Hombre venir sobre las nubes del cielo, cuando el juicio sea inminente.

Jonás realizó dos señales: la predicación, que salvó a los ninivitas porque se convirtieron, y la de escapar del seno de la muerte al tercer día, conocida únicamente por las Escrituras. En cuanto a Cristo, los judíos no aceptaron la primera, y la segunda no pudieron verla; no hubo para ellos más señal que la predicación de los testigos elegidos por Dios.

El significado de las señales sólo puede comprenderse desde la sumisión de la mente y la voluntad en la fe, que implica conversión. Dios no puede negarse a sí mismo anulando nuestra libertad al imponerse; por eso, todas las gracias deben ser purificadas en la prueba.

Nosotros hemos creído en Cristo, y hoy somos invitados a creer de nuevo en la predicación, sin tentar a Dios pidiéndole signos, sino ofreciéndole el obsequio de nuestra sumisión en la fe y en el discernimiento que Él concede generosamente a quien lo ama y lo pide con humildad. Así como sabemos interpretar los signos de la naturaleza, debemos pedir el discernimiento espiritual de su Palabra, también a través de los acontecimientos.

Que en la Eucaristía podamos entrar con Cristo en la muerte para resucitar con Él.

 Que así sea.

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Domingo 6º del TO A

Domingo 6º del Tiempo Ordinario A

Eclo 15, 16-21; 1Co 2, 6-10; Mt 5, 17-37

Queridos hermanos:

Para que el corazón del hombre retorne a Él, Dios suscita la ley, que es santa y buena, —como dice la Escritura— porque tiene como raíz profunda, hoy diríamos su “ADN”, el amor de Dios, y conduce al amor al prójimo. El cumplimiento de la ley puede llevar al hombre a la justicia, eligiendo la vida y la sabiduría de Dios, de las que hablan las lecturas. La Ley, está orientada hacia Cristo, en quien Dios se une al hombre para la salvación de todo el género humano. 

Cristo ha venido a cumplir, en nuestra naturaleza, la ley en plenitud, y a dar la capacidad de cumplirla mediante el don del Espíritu, a quienes lo reciben por la fe, derramando en su corazón el amor de Dios, la nueva justicia, superior a la de los escribas y fariseos, la filiación adoptiva y la pertenencia al Reino de Dios. 

Esta tensión de la Ley hacia Cristo implica también una tendencia a la plenitud en el conocimiento de Dios, que se revela progresivamente en la historia hasta la manifestación de Cristo: “Como el Padre me amó, así os he amado yo”. Estar en Cristo y recibir su Espíritu significa haber alcanzado la plenitud de la Ley y del amor; haber coronado la última cima del camino hacia Dios; estar en Dios; haber llegado al cumplimiento de la Ley, pues como dice san Pablo: “Amar es cumplir la ley entera”; todos los preceptos se resumen en esta fórmula: “Amaos como yo os he amado”.

La justicia del que está en Cristo lleva a la interiorización de la Ley, pero quien se separa de la gracia de Cristo, desertando del ámbito del perdón, deberá enfrentarse al rigor de la Ley “hasta que haya pagado el último céntimo”. Si este amor se desprecia, se lesionan todas nuestras relaciones con Dios y quedan estériles, porque Dios es amor. La fe se vacía de contenido, nuestra reconciliación con Dios se rompe, y volvemos a la enemistad con Él. Entonces, nuestra deuda con el hermano clama a la justicia divina, como la sangre de Abel.

De ahí la urgencia de las palabras de Jesús en el Evangelio: “Ponte a buenas con tu adversario”. Expulsa el mal de tu corazón mientras puedes convertirte, porque de lo contrario la sentencia de nuestras culpas pesa sobre nosotros. Quien se aparta de la misericordia se sitúa bajo la justicia sin los méritos de la gracia de la redención de Cristo.

Tanto la Ley como el hombre tienen un corazón que les da consistencia y los hace verdaderos: el amor. Los preceptos son el corolario del amor, que en el cristiano es derramado por el Espíritu Santo, recibido por la fe en Cristo Jesús, Señor nuestro. Cumplir los mandamientos es captar el amor que los engendra y hacerlo vida propia. ¿Qué otra cosa puede importarnos si no se restaura la vida de Dios en nosotros, y pretendemos vivir la nuestra a un nivel meramente carnal, contristando al Espíritu que se nos ha dado?

El Reino de los Cielos es Cristo, y entrar en el reino es recibir su Espíritu por la fe, que es incomparablemente superior a la Ley y a su justicia, porque se fundamenta en el amor cristiano, que lo impulsa y lo gobierna. La primacía en el reino es el amor, que es también el corazón de la Ley. Por tanto, una puerta cerrada al amor es también una puerta cerrada al reino. El amor implica el corazón —mente y voluntad— y es ajeno a toda justicia externa de mero cumplimiento. La plenitud del amor humano no es comparable a la del amor de Dios, que el Espíritu Santo derrama en el corazón del que cree en Cristo, haciéndolo hijo: “En verdad os digo que no ha surgido entre los nacidos de mujer bajo la ley, uno mayor que Juan el Bautista; sin embargo, el más pequeño en el Reino de los Cielos es mayor que él” (Mt 11, 11).

Proclamemos juntos nuestra fe.                                                                                                                              www.cowsoft.net/jesusbayarri  

 

Santos Cirilo y Metodio

Santos Cirilo y Metodio

Hch 13, 46-49; Lc 10, 1-9

Queridos hermanos:

Hoy celebramos la fiesta de los santos Cirilo y Metodio, evangelizadores de los pueblos eslavos, testigos del Evangelio y de la acción de Dios. No hay mejor manera de hacerlos presentes que escuchando el Evangelio de la misión de los setenta y dos discípulos, en el que el Señor mismo los envía como pequeños, con la urgencia del anuncio del Reino, para llevar la Paz y comunicar la Vida Nueva.

Si ciertamente es importante su obra, más importante aún es el testimonio de su vida, entregada al servicio del Señor en la evangelización. Contribuyeron a la propagación de la fe, haciendo de su existencia un culto espiritual a Dios mediante la predicación del Evangelio, verdadera liturgia de santidad. Es una gracia haber sido llamados a encarnar la misión del enviado del Señor; pero su gloria fue haberla aceptado, gastando su vida en la Regeneración del mundo, siguiendo a Aquel que murió y resucitó para salvarnos. Cuánta gente malgasta su vida simplemente en sobrevivir, sin otro fruto que satisfacer su propia carne, a riesgo de frustrar su vocación al amor.

Los discípulos son enviados de dos en dos, como encarnación de la cruz de Cristo y testigos de su amor en el anuncio del Reino. En efecto, se necesitan dos para testificar y para hacer visible la caridad de Aquel de quien son enviados a dar testimonio, como enseña san Gregorio Magno (Hom. 17, 1-4.7s). Y decía san Pablo: “¡Dios me libre de gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por la cual el mundo es para mí un crucificado y yo un crucificado para el mundo! Nadie me moleste, pues llevo en mi cuerpo las señales de Jesús”. Esta es la razón por la cual, siendo grande “la mies” de quienes necesitan escuchar, son pocos los “obreros” dispuestos a trabajar en ella.

Los misterios del sufrimiento y de la cruz acompañan la vida del testigo, como acompañaron la de Cristo. Dar la vida por amor es perderla; es negarse a sí mismo en este mundo, en una inmolación que da fruto y recompensa para la vida eterna. Pero el amor no se impone: debe ser acogido en la libertad y en la humildad de quienes lo presentan sin poder, como “pequeños” que anuncian al que viene con ellos con la omnipotencia del amor.

También nosotros, llamados a la fe, estamos siendo constituidos testigos del amor del Señor que nos salva, nos llama y nos envía, incorporándonos a Cristo y a la obra de la regeneración por el Evangelio, como lo fueron Cirilo y Metodio y todos los discípulos cuyos nombres están unidos a la historia de la Iglesia, y cuyos hechos contemplamos como acciones del Dios vivo, que sigue llamando y salvando a la humanidad.

En cada generación, la Iglesia debe transmitir la fe e incorporar a sus nuevos hijos al Cuerpo de Cristo, hasta que se complete el número de los hijos de Dios: la muchedumbre inmensa que nadie podría contar, de la que habla el Apocalipsis (7, 9).

A esto nos invita y nos apremia hoy esta palabra y esta festividad, mediante la fortaleza que brota de la Eucaristía, en la que nos unimos a Cristo y a su entrega por la vida del mundo, para testificar el amor del Padre.

  Que así sea.                                                                                                                                                              www.cowsoft.net/jesusbayarri   

Viernes 5º del TO

Viernes 5º del TO 

Mc 7, 31-37

Queridos hermanos:

Jesús es el enviado de Dios; más aún, es Dios mismo que se hace nuestro prójimo y viene a salvarnos, destruyendo la acción del mal en nosotros y en la creación entera, como anunció el profeta Isaías y se cumple en el Evangelio: “Se abrirán los oídos de los sordos” (Is 35, 5). Como signo de esta restauración, la naturaleza es sanada. Así como en la creación “todo era bueno”, en la nueva creación “todo lo hace bien”. El mal, con el que la creación ha sido frustrada por nuestros pecados, ya no tiene lugar sobre la tierra, porque ha llegado la misericordia de Dios para recrearlo todo de nuevo con su salvación.

Un sordomudo es imagen del hombre deformado por el pecado, porque Dios crea el oído siendo Él la Palabra; crea la vista siendo Él la Luz; y crea el corazón siendo Él el Amor. El pecado, apartando al hombre de Dios, lo deja en las tinieblas, en el silencio, en la soledad y en la muerte: tiene ojos, pero no puede ver; oídos, pero no puede escuchar; corazón, pero no puede amar. Cristo, perdonando el pecado, realiza una nueva creación en la que todo está bien hecho: los ciegos ven, los sordos oyen y los pecadores se convierten.

Sin embargo, Cristo no quiere ser confundido con un Mesías meramente temporal que viene a solucionar los problemas de este mundo instaurando un “estado de bienestar” o una “calidad de vida” intramundanos. Él viene a instaurar la fe. Por eso impone el silencio a quienes favorece con los signos de su mesianismo espiritual, como en tantas otras curaciones, para conducir al hombre a la trascendencia de la fe.

También nosotros necesitamos que nuestros oídos se abran a la Palabra. Y quizá, como aquel sordo, necesitamos que alguien nos presente a Cristo; que Él venza nuestra incapacidad de escuchar introduciendo su dedo en nuestro oído enfermo: el mismo dedo con el que Dios grabó sus preceptos de vida en las tablas de piedra para Moisés. Necesitamos que nos conceda un encuentro personal con Él, separándonos de la multitud para curarnos, centrando nuestra atención en su presencia e intercediendo por nosotros con gemidos inefables ante el Padre.

El corazón tiene unas puertas por las que Dios quiere entrar para llenarlo de vida: los oídos. Y tiene una puerta de salida: la boca, para proclamar la salvación. Un sordo fácilmente será mudo. Porque —como dice san Pablo— “con el corazón se cree para conseguir la justicia, y con la boca se proclama para alcanzar la salvación; y la fe viene por el oído”. Cristo debe tocar al enfermo incapacitado, entrar por sus sentidos sanos, meter su dedo en los oídos, como cuando puso barro con su saliva en los ojos del ciego.

Después del tiempo que llevamos escuchando su Palabra y tocando a Cristo en los sacramentos, quizá podría decirnos, como a aquel ciego que no acababa de curarse: “¿Ves algo? ¿Qué oyes? ¡Habla! Proclama la bondad del Señor contigo.”

Que así sea.

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Jueves 5º del TO

Jueves 5º del TO

Mc 7, 24-30

Queridos hermanos:

Aparece la fe como protagonista de esta palabra; pero es la fe de los gentiles, que contrasta con la incredulidad de los “hijos”, quienes rechazan el “pan” y lo dejan caer al suelo, donde lo comen los “perritos”. Las profecías sobre la llamada universal de todos los hombres al conocimiento de Dios se cumplen con la llegada de Cristo. Él es la casa que Dios se ha construido con un corazón de hombre, “para todos los pueblos”.

Para san Pablo, el endurecimiento de Israel no es sino un paso intermedio por el cual los gentiles tendrán acceso al Santuario de Dios por la fe en Cristo. Es la fe la que los sienta a la mesa y los hace partícipes del “pan de los hijos”: “Os digo que los sentaré a mi mesa y, yendo de uno al otro, les serviré”. “Por eso os digo que vendrán de oriente y occidente y se sentarán a la mesa con Abrahán, Isaac y Jacob, mientras vosotros os quedaréis fuera”. En el camino de búsqueda de las ovejas perdidas, Cristo se apiada también de los “perritos”.

La fe no hace acepción de personas, naciones ni lenguas. El amor sale a nuestro encuentro, anulando la distancia que nos apartó del Paraíso, para introducirnos en el único rebaño del Pastor eterno, del que el lobo no puede arrebatar sus corderos.

Hoy Cristo va a la región de Tiro y Sidón en busca de una oveja, para encontrar la fe de una mujer pagana y plantar la semilla del Reino más allá de las fronteras de Israel. Qué misteriosos son, una vez más, los caminos de la gracia, y qué irrastreables cuando se trata de hallar un corazón abierto a su clemencia.

Las sobras de los hijos sacian a los “perritos”, que saben apreciar su superabundancia de vida y de consuelo, hasta hacer de ellos “hijos”. La fe y la humildad de la madre obtienen para la hija la garantía de la curación, como testimonio de la apertura de la salvación en Cristo, que conduce al conocimiento de Dios.

Nos es desconocida la llamada que movió a la mujer a suplicar y que propició el encuentro con Cristo y la consecuente profesión de fe que expulsó al demonio. La iniciación cristiana de la niña seguirá un proceso inverso al de la madre, como suele suceder con los hijos de padres creyentes. La gratuidad del amor de Dios tiene sus propios caminos, pero todos convergen en la salvación del hombre que los acoge.

Así nos busca hoy el Señor, haciéndose cercano en nuestro alejamiento, para darnos la naturaleza de hijos y sentarnos a su mesa, nutriéndonos con lo sabroso de su casa y abrevándonos en el torrente de sus delicias. Cuerpo y Sangre de Cristo que nos introducen en el misterio de su muerte y nos alcanzan su resurrección. Memorial de vida eterna y sacramento de nuestra fe para la vida del mundo: Eucaristía.

Si hoy estamos sentados a la mesa del Reino y comemos del Pan que nos sacia y nos da la Vida Eterna, es porque hemos acogido el don gratuito de la fe transmitida por nuestra madre, la Iglesia, que nos hace hijos. Y, como en el caso de la samaritana y de la sirofenicia, también nosotros somos enviados a proclamar nuestra fe en Cristo a quienes el Señor ponga en nuestro camino.

Que así sea.          

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Miércoles 5º del TO

Miércoles 5º del TO

Mc 7, 14-23

Queridos hermanos:

Para Cristo, el hombre es mucho más que un cuerpo con sus funciones fisiológicas. Su ser personal trasciende lo meramente corpóreo y se expresa en su corazón. Por eso, purificar el corazón y conservarlo puro es fundamental, porque “de lo que rebosa el corazón habla la boca”, y es en el corazón donde se gestan las acciones humanas, que nacen de sus intenciones, como enseña el Evangelio.

En efecto, las acciones humanas —conscientes y libres— son las que definen al hombre, creado para el amor, en relación con Dios y con el prójimo, y se atribuyen a su corazón. Por el contrario, las acciones del hombre son inconscientes e independientes de su voluntad; la Escritura las sitúa simbólicamente en los riñones cuando afirma: “El Señor escruta los riñones y el corazón” (Jer 11,20; 20,12; Ap 2,23; Sab 1,6). El amor, como respuesta libre y consciente, es la respuesta del corazón humano a la iniciativa amorosa de Dios y constituye la verdad de su ser personal. Tal como es su amor —o su desamor— así es el hombre.

Dios dio al pueblo preceptos de pureza corporal para su salud física, que lo preservan de males, enfermedades y epidemias, y lo fortalecen. Pero también le dio preceptos que lo purifican interiormente y lo preservan de la idolatría circundante, orientándolo a la pureza del corazón y a la comunión con Él. Los males físicos pueden causar sufrimiento e incluso la muerte; la idolatría del corazón, en cambio, puede dañarlo eternamente. Hay, pues, una impureza y una maldad que afectan al hombre exterior y físicamente, y otra impureza y maldad espirituales que alcanzan esa interioridad profunda que llamamos “corazón”, donde reside la voluntad libre y personal, y donde se gestan el amor y la intención que acreditan su verdadera personalidad. De ambas impurezas debe guardarse el hombre, pero sobre todo de aquella que puede dañarlo íntegra y definitivamente.

Quedarse en lo meramente externo, descuidando lo interior, profundo y verdadero, es el error, la necedad y la hipocresía que el Señor, por boca de Isaías, reprocha a su pueblo: “Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí”.

El Evangelio habla con frecuencia de la vigilancia, porque el hombre es constantemente solicitado por su propia concupiscencia, por el mundo y también por el tentador, que pretende adueñarse de su corazón para someterlo a la esclavitud del mal. Mientras los malos pensamientos solo rondan al hombre, no son más que tentación; pero cuando la voluntad se adhiere a ellos libre y conscientemente, entonces salen del corazón para nuestro mal.

Unámonos al Señor en la Eucaristía con todo nuestro corazón, para que Él lo guarde de todo mal.

 Que así sea.                                       

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Martes 5º del TO

Martes 5º del TO

Mc 7, 1-13

Queridos hermanos:

Hoy la Palabra nos muestra la diferencia entre los preceptos divinos —cuya raíz es el amor— y las tradiciones humanas, que buscan únicamente una seguridad basada en la propia complacencia y en una autonomía que se resiste al amor y a la condición de criatura dependiente de Dios, en quien el hombre puede alcanzar su plenitud.

Engañado y seducido por el diablo, el ser humano cree realizarse encerrándose en su propia razón, cuando su vocación y predestinación son el amor y la oblación, a imagen y semejanza de Dios, su Creador. La frustración que brota de esta perversión existencial lo conduce a una búsqueda constante de autojustificación mediante el cumplimiento de normas que lo encadenan, sofocan su capacidad de donación y lo hacen profundamente infeliz.

El empeño del hombre debe ser el encuentro con la voluntad de Dios contenida en la letra del precepto, sabiendo que el corazón de los mandamientos es el amor. Cuando el precepto se vacía de su esencia divina —el amor—, deja de ser indicador del camino de la vida y se transforma en una carga insoportable de la que el hombre desea librarse. Dios queda así marginado en la nefanda búsqueda de sí mismo y, con Él, la razón y el sentido de la existencia. Como dice el Evangelio, el problema está en un corazón que se ha alejado de Dios. Por eso Jesucristo repite a los judíos: «¿Cuándo vais a comprender aquello de: Misericordia quiero y no sacrificios; conocimiento de Dios más que holocaustos?».

Cristo ha venido precisamente a deshacer el engaño diabólico, ofreciendo al hombre la posibilidad de abrirse al amor, negándose a sí mismo para ser plenamente en Dios. Su entrega es luz y libertad: libertad de poseerse y libertad de donarse. Y el amor es Dios. Si el amor de Dios habita en el corazón del hombre, su vida está salva y hay esperanza para el mundo. Si no tengo en el corazón este amor que es Dios, «nada soy», como proclama san Pablo en su himno a la caridad.

Dios dio a Israel caminos de vida y sabiduría a través de su Palabra y de la Ley, que, por provenir de Él, tienen un corazón que es amor. Por eso, entrar en sintonía con la Palabra solo es posible cuando ésta alcanza el corazón, la voluntad y la libertad del hombre, con las que se ama. Es el amor el que purifica el corazón de todo el mal que describe el Evangelio; sin amor, el culto y la Ley se convierten en preceptos vacíos y en ritos muertos, incapaces de dar vida. Santiago habla de lo mismo al afirmar que, si la Palabra no fructifica en el amor, de nada sirve.

San Ireneo de Lyon (Adv. Haer. 4, 11.4–12) comenta: «Jesús recrimina a aquellos que tienen en los labios las frases de la Ley, pero no el amor; por eso se cumple en ellos lo dicho por Isaías: “Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. En vano me rinden culto, ya que enseñan doctrinas que son preceptos de hombres” (Is 29,13)».

En Cristo, el amor vertical a Dios se une inseparablemente al amor horizontal al prójimo. Cristo es nuestro Dios y nuestro prójimo. La gratuidad de su amor nos libera de la esclavitud de encerrarnos en nosotros mismos y nos abre al don, que es vida, al conocimiento de Dios y a la misericordia como culto agradable a sus ojos.

La Eucaristía, siendo el sacramento del amor pascual de Cristo, es, por tanto, el culto perfecto de adoración del hombre al Padre, en espíritu y en verdad.

Que así sea.

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Lunes 5º del TO

Lunes 5º del TO

Mc 6, 53-56

Queridos hermanos:

En este pasaje, Cristo no pronuncia una sola palabra, pero predica con sus obras. Contemplamos las curaciones con las que Jesús manifiesta el retroceso del mal ante la irrupción del Reino de Dios. La salvación se abre camino con la presencia de Cristo. Hoy, el Señor, sin hablar, pasa haciendo el bien.

El Evangelio habla con frecuencia de la importancia de las obras: “Las obras que el Padre me ha encomendado llevar a cabo, las mismas obras que realizo, dan testimonio de mí.” “Si no hubiera hecho entre ellos obras que no ha hecho ningún otro, no tendrían pecado; pero ahora las han visto.” “Si no hago las obras de mi Padre, no me creáis; pero si las hago, aunque a mí no me creáis, creed por las obras.”

A los discípulos les dirá: “El que crea en mí, hará él también las obras que yo hago, y hará mayores aún.” “Brille así vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos.” “Tenemos que trabajar en las obras del que me ha enviado.”

Decía san Antonio de Padua que la palabra tiene fuerza cuando va acompañada de las obras. Cesen, por favor, las palabras, y sean las obras las que hablen. Estamos repletos de palabras, pero vacíos de obras, y por esto el Señor nos maldice como maldijo aquella higuera en la que no halló fruto, sino hojas tan solo. La norma del predicador —dice san Gregorio— es poner por obra lo que predica. En vano se esfuerza en propagar la doctrina cristiana quien la contradice con sus obras (Sermones, I, 226).

“Todos los que le tocaban quedaban curados” porque creían en Él, gracias al testimonio de los que habían sido curados antes y de quienes les llevaron la noticia. Es el caso de la hemorroísa. La curación es signo de la fe que Cristo pide a los enfermos o reconoce en ellos, y también, en ocasiones, es semilla que conduce a ella.

¿Acaso no son figura de la Iglesia aquellos que, al reconocerle, se apresuraron a llamar y traer a los enfermos de la región? Sin duda, esa era una fe activa que convencía a los enfermos para que acudieran a Jesús. Cada enfermo curado se convertía en testigo y pregonero de la misericordia de Dios, y la solicitud de aquellos mensajeros no quedó sin fruto. No podemos dudar de que se elevara en aquella región un clamor de bendiciones a Dios y de agradecimiento por tanta misericordia recibida, como había predicho Isaías: “Acrecentaste el gozo, hiciste grande la alegría por tu presencia, como cuando se alegran durante la siega o al repartirse el botín.”

Esta Palabra, que es Cristo, sigue siendo actual hoy para quien la escucha; se cumple en quien la acoge para salvación y en quien la rechaza, para juicio. Exultemos, pues, ante el Señor que está en medio de nosotros y se nos da en la Eucaristía, sacramento de nuestra fe.

El contraste entre el principio y el final de este capítulo del Evangelio de san Marcos es digno de reflexión: comienza con el rechazo de su pueblo y la furia de sus paisanos, fruto de su incredulidad, y termina con la acogida de la “Galilea de los gentiles” y la exultación nacida de la fe. La salvación que Israel rechaza pasará a los gentiles, que alabarán a Dios por su misericordia: “Por eso os digo que vendrán muchos de oriente y de occidente, del norte y del sur, y se sentarán a la mesa en el Reino de los Cielos con Abrahán, Isaac y Jacob, mientras los hijos del Reino serán echados a las tinieblas de fuera; muchos primeros serán últimos y los últimos, primeros.” Como dirá san Pablo: “Era necesario anunciaros a vosotros en primer lugar la palabra de Dios; pero ya que la rechazáis y vosotros mismos no os consideráis dignos de la vida eterna, mirad que nos volvemos a los gentiles. Pues así nos lo ordenó el Señor: Te he puesto como luz de los gentiles para que seas mi salvación hasta el fin de la tierra.” 

Que así sea.

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Domingo 5º del TO A

Domingo 5º del TO A.

Is 58, 7–10; 1Co 2, 1– 5; Mt 5, 13–16

Queridos hermanos:

Hablar de sal y de luz es hablar de amor. Salar e iluminar están en relación: hacen referencia a servir, a darse, a gastarse, a amar. Tener amor hace feliz, porque el amor está en la raíz de nuestra naturaleza recibida de Dios. Pero al hablar de Dios no decimos que “tiene” amor, sino que “es” amor; porque tener amor queda en uno mismo, mientras que ser amor implica irradiarlo, entregarlo, amar. Ya lo decían los latinos: el amor es difusivo. Si el amor hace feliz al que lo posee, el amar —el ser amor— hace feliz a aquel que es amado. A falta de ese amor, los hombres buscan inútilmente su felicidad en poseer cosas: afecto, dinero, fama, etc.

Cristo es la irradiación del amor de Dios, que ha brillado en la cruz y que hace felices a quienes lo reciben. Pero su obra no ha sido sólo amarnos, no ha sido únicamente darnos amor, sino hacernos amor, y amor difusivo que ame a los demás: “Vosotros sois la sal; vosotros sois la luz”. Hemos recibido del Espíritu Santo la naturaleza divina del amor para amar, salar e iluminar al mundo, para que también otros reciban el amor de Dios y puedan transmitirlo, perpetuando así la salvación de Cristo hasta el fin de los tiempos.

El Señor, que había dicho a unos galileos: “Seguidme y os haré pescadores de hombres”, después de haberlos formado con su palabra y con su vida —caminando con ellos, sufriendo y orando con ellos—, les dice ahora, y también a nosotros: “Vosotros sois la sal de la tierra y la luz del mundo”. Les indica no sólo lo que deben hacer y cómo deben vivir, sino lo que ahora son y lo que están llamados a ser en medio del mundo, hasta los confines de la tierra. Una condición de la que no les será lícito desertar, como recuerda la Carta a Diogneto.

La nueva condición de ser “sal” y “luz”, a la que el Señor se refiere, implica la misión que nos confía y el servicio que nos encomienda; pero no como una tarea externa o un compromiso del que tomar conciencia, sino como consecuencia de la nueva naturaleza recibida del Espíritu Santo y de la transformación ontológica que se opera en nosotros por la fe en Jesucristo.

Al tratarse de una misión universal confiada a los discípulos, será el mismo Espíritu quien los disemine hasta los confines de la tierra; e incluso permaneciendo entre los suyos, serán como extranjeros en su propia patria. Ya duerman o se levanten, su luz brillará en medio de las tinieblas de un mundo a oscuras, guiado por ciegos, y estará levantada sobre el candelero de la cruz.

Su vida, sazonada con lo propio de la sal —que es morder y escocer sin dejar que se corrompa la voluntad—, será signo de estabilidad, de durabilidad, de fidelidad y de incorruptibilidad, cualidades siempre buscadas en cualquier pacto (Nm 18,19).

Así quiere Dios que el hombre se presente siempre ante Él (Lv 2,13): con la sal, signo de su alianza de amor, por la cual ha sido convocado a su presencia. “Permaneced en mi amor; el que persevere hasta el fin se salvará, porque separados de mí no podéis hacer nada”. Como dice la Escritura: “Todos han de ser salados con fuego” (Mc 9,49). Pero frente al ardor que debe afrontar toda alteridad, esta sal será refrigerio de paz (Mc 9,50), dominio en las palabras (Col 4,6) y capacidad para soportar injurias y despojos (1 Co 6,7), asumiendo el mal (Mt 5,39).

El amor de Dios, en Cristo, ha encendido una luz en el mundo y ha dado un sabor nuevo a la historia, que nosotros debemos conservar con nuestra incorrupción. Él nos ha devuelto a la Vida para que el mundo sea liberado de la oscuridad y del sinsentido de la muerte. Por tanto, somos sal para nosotros mismos —para conservar el sabor y el buen olor de Cristo— y luz para el mundo, que debe ser iluminado por Él.

La luz de nuestras buenas obras debe brillar ante los hombres, para que Dios, nuestro Padre, sea glorificado y ellos sean bendecidos; y mientras nosotros morimos, el mundo reciba la vida, como dice san Juan Crisóstomo (Hom. sobre Mateo 15,6).

Primero se debe vivir y luego se puede enseñar (Pseudo-Crisóstomo, Hom. sobre Mateo 10). Cuánta importancia tiene, por tanto, la fidelidad de los discípulos a una misión que se identifica con su propio ser. Por eso, si la sal se desvirtúa, no sirve para nada más que para ser pisada por los hombres, que quedarían privados del conocimiento de Dios. La sal se desvirtúa cuando, por amor a la abundancia o por miedo a la escasez, los discípulos van tras los bienes temporales y abandonan los eternos, como enseña san Agustín (Sermo Domini 1,6).

Proclamemos juntos nuestra fe.                                                                                                                                                            www.cowsoft.net/jesusbayarri  

 

Sábado 4º del TO

Sábado 4º del TO

Mc 6, 30-34

Queridos hermanos:

Como nos muestra el Evangelio, todo tiene su tiempo: su tiempo el trabajo y su tiempo el descanso. Así lo ha querido el Señor, al darnos esta realidad corporal que arrastra las debilidades de una carne sometida a las consecuencias del pecado (Gn 3,17), pero sostenida por la esperanza de su glorificación y por el auxilio de la bondad divina en este destierro.

El Señor educa a sus discípulos —que serán también pastores en su nombre— enseñándoles a sacrificar incluso su descanso para compadecerse de quienes, careciendo de todo, “vejados y abatidos”, acuden a ellos. Sólo el amor hace posible el don sin medida y el verdadero descanso. “Mi Padre trabaja siempre, y yo también trabajo”. Dios descansa de crear el mundo, pero no de gobernarlo con amor ni de renovarlo cada día con su misericordia.

Dios quiere siempre el bien para su pueblo; provee a sus necesidades y lo defiende de los peligros, como hace un pastor con sus ovejas. Para esta misión suscita pastores que cuiden, en su nombre, de su rebaño; y si lo descuidan y las ovejas son atacadas por el lobo, les pide cuentas y los sustituye. Cuando los pastores fallan, Dios mismo declara: “Yo mismo apacentaré a mis ovejas” (Ez 34,15).

Hoy el Señor nos mira con amor y se compadece de nosotros, que andamos como ovejas sin pastor, a merced de tantos que buscan nuestro mal y nos dispersan con sus embustes. Y nos llama para que acudamos a Cristo. Cristo es el Buen Pastor que Dios ha suscitado para arrancar a las ovejas de las garras del maligno. Quien se une a Cristo está a salvo de todo mal. Quien escucha al diablo se deja seducir por las ideologías y los falsos profetas del mundo, que actúan a través de ciertos medios de comunicación, sectas, brujos y adivinos. En nombre de la libertad, del bienestar, de la cultura o de la ciencia, no son sino heraldos de Satanás que engañan y pervierten a cuantos andan dispersos y a merced de sus pasiones, haciéndolos caer en toda clase de trampas.

La Iglesia posee la Verdad del amor de Dios, con la que Cristo nos pastorea, ofreciéndonos los buenos pastos de su Palabra y el Espíritu Santo. Él es el verdadero Profeta al que hay que escuchar para vivir; nuestro guía que nos congrega, nos conduce y nos defiende: “Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados; tomad sobre vosotros mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vosotros; y hallaréis reposo para vuestras almas”.

Que así sea.

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Viernes 4º del TO

Viernes 4º del TO

Hb 13, 1-8; Mc 6, 14-29

Queridos hermanos:

La Palabra de hoy nos presenta la muerte de un profeta y, como dirá Cristo, de más que un profeta. “Y si queréis aceptarlo, él era Elías”. Es evidente el paralelismo entre la figura de Elías y la de Juan el Bautista. Ambos vivieron bajo reyes inicuos, con mujeres perversas que los odiaron y persiguieron; ambos purificaron la religión del pueblo, y ambos se retiraron al desierto como lugar de encuentro con el Señor.

Cristo había dicho que “no cabe que un profeta perezca fuera de Jerusalén”, y así, en Juan el Bautista, fue coronado Elías con una muerte digna de tan gran profeta, entregando su vida por fidelidad al Señor. Juan bautizó a Cristo y recibió de Él el bautismo de sangre. Reconoció al Mesías y se humilló ante Él, dándolo a conocer a sus discípulos. El amigo del Esposo lo presentaba a la novia.

Juan, el más grande entre los nacidos de mujer, recibió el Espíritu desde el seno materno; vio posarse sobre Cristo al Espíritu y permanecer en Él, y anunció su efusión sobre el pueblo. Pero tuvo que esperar la resurrección del Señor para que se abrieran ante él las puertas del Reino y pudiera alcanzar, con Abrahán, Isaac, Jacob y todos los justos, el Paraíso.

Hijo de Zacarías —“recuerdo del Señor”— y de Isabel —“descanso”—, nace Juan: “Dios es favorable”. Ese será su nombre, y él será el llamado a encarnar el kairós por excelencia de la historia. Nace entre el gozo y la admiración de sus paisanos, y muere en la alegría de haber escuchado la voz del Esposo que viene a tomar posesión de la novia. Anunció a todos el Reino, pero quienes rechazaron su bautismo —fariseos y legistas— frustraron el plan de Dios sobre ellos (Lc 7,30).

Brilló un instante como un relámpago en la noche, y su luz se eclipsó ante el Sol de justicia que trae la salvación en sus rayos. Clamó en el desierto, pero el eco de su voz se desvaneció ante la Palabra.

Nosotros, que nos gozamos en su nacimiento, nos unimos hoy a toda la Iglesia en su martirio. Somos edificados por su humildad y fortalecidos por su consagración total a Dios, por su sumisión y su parresía al llamar a la conversión.

Ahora viene a unirse a nosotros, gratuitamente invitados al banquete del Reino que él anunció y al que nos ha precedido junto con Abrahán, Isaac y Jacob, los ángeles y los santos, para gloria de Dios.

Bendigamos al Señor en la Eucaristía y pidámosle la misma sumisión a su voluntad que tuvo su Precursor.

 Que así sea.

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Jueves 4º del TO

Jueves 4º del TO

Hb 12, 18-19.21-24; Mc 6, 7-13

Queridos hermanos:

En esta Eucaristía, el Señor nos presenta la misión. Cristo es el amor de Dios hecho llamada, envío y misión, que se perpetúa en el tiempo a través de los discípulos invitados a su seguimiento. Toda llamada a la fe, al amor y a la bienaventuranza lleva consigo una misión de testimonio, cuyas raíces son el amor recibido y el agradecimiento. Pero existen también distintas funciones, como ocurre con los diversos miembros del cuerpo, que el Espíritu suscita y sostiene por iniciativa divina para la edificación del Reino, y que son prioritarias en la vida de quien es llamado.

Es la misión la que hace al misionero. Amós es llamado y enviado sin ser profeta. Nosotros somos llamados por Cristo a llevar a cabo la obra de Dios para saciar la sed de Cristo, que es la salvación de los hombres. Esta salvación debe ser testificada por aquellos que han sido elegidos por Dios desde antes de la creación del mundo para ser santos por el amor.

Dios quiere hacerse presente en el mundo a través de sus enviados, para que el hombre no ponga su seguridad en sí mismo, sino en Él. Constantemente envía profetas y concede dones y carismas que purifican a su pueblo, haciéndolo volver a Dios y evitando que se quede en las cosas, en las instituciones o en las personas.

Cristo es enviado a Israel como “señal de contradicción”. Lo acojan o no, Dios habla a su pueblo a través de su enviado. Por su misericordia, Dios fuerza al hombre a replantearse su posición ante Él y así le ofrece la posibilidad de convertirse y vivir.

En estos últimos tiempos, en los que la muerte será destruida para siempre, Cristo envía a los anunciadores del Reino, proclamando el “Año de gracia del Señor”.

El seguimiento de Cristo es, por tanto, fruto de la llamada de Dios, a la cual el hombre debe responder libremente, anteponiéndola a cualquier otra cosa que pretenda acaparar el sentido de su existencia. La llamada mira a la misión y, en consecuencia, al fruto, proveyendo la capacidad de responder y la virtud de realizar su cometido, aun cuando se trate de objetivos superiores a las propias fuerzas. Solo en la respuesta a la llamada se encuentra la plenitud de sentido de la existencia, que constituye la primera explicitación de la llamada libre de Dios.

El Reino de Dios es el acontecimiento central de la historia, que se hace presente en Cristo y se anuncia con poder. La responsabilidad de acogerlo o rechazarlo es enorme, porque en él se encierra la salvación de la humanidad. Los signos que lo anuncian son potentes contra todo mal, incluida la muerte. Acogerlo implica recibir a quienes lo anuncian con el testimonio de su vida, porque en ellos se acoge a Cristo y a Dios, que lo envía.

En su infinito amor, Dios tiene planes de salvación para los hombres, como vemos en la figura de José, enviado por delante de sus hermanos a Egipto. Pero, aun con su poder, sus planes no se realizan por encima de la libertad humana, lo cual implica las consecuencias del pecado: la envidia de los hermanos de José, la lujuria de la mujer de Putifar y, en el caso de Cristo, la incredulidad de los judíos y todos nuestros pecados, que le procuran su pasión y muerte.

También sus discípulos, enviados a encarnar la misión del anuncio del Reino, van con un poder otorgado por Cristo, que no los exime de la libertad de quienes los reciben y, por tanto, de las consecuencias de su rechazo o de su acogida.

Con todo, queda manifiesta la importancia del anuncio del Reino, ante el cual todo debe quedar relegado y ocupar su lugar. Lo pasajero debe dar paso a lo eterno y definitivo; lo material, a lo espiritual; lo egoísta, al amor.

 Que así sea.

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Miércoles 4º del TO

Miércoles 4º del TO

Mc 6, 1-6

Queridos hermanos:

La palabra de hoy nos sitúa ante dos problemas a los que se enfrenta la razón del hombre frente a la fe: el escándalo de la encarnación y la tentación de proyectar en Dios nuestras expectativas. El primero consiste en aceptar que nuestra relación con Dios tenga que pasar por la mediación de hombres como nosotros: un problema, por tanto, de humildad, ante el que se resiste el orgullo humano.

Israel rechaza que Dios haya querido encarnarse en “el hijo del carpintero”, como rechazó siempre a los profetas que, independientemente de la jerarquía, lo llamaban a la conversión; rechaza que el Mesías no venga de la casta sacerdotal, sino de Galilea.

El peligro está en creer que servimos al Señor cuando, en realidad, solo obedecemos a nuestra propia razón, es decir, a nosotros mismos, a aquello que podemos comprender y que nos parece bien. El hombre debe discernir los caminos de Dios y acudir allí donde sopla el Espíritu. Servir a Dios implica entrar tantas veces en el absurdo de la cruz, ante el cual nuestra razón se rebela. La fe es, precisamente, la entrega a Dios de nuestra mente y de nuestra voluntad.

Dios ha querido siempre manifestarse a través de sus enviados, hombres inspirados por su Espíritu, hasta que en Cristo su presencia en el hombre se hace total y definitiva. Es Dios quien elige cómo, cuándo y a través de quién desea manifestarse. Él elige, fortalece y envía: «Quien os acoge, me acoge a mí; y quien me acoge a mí, acoge a aquel que me ha enviado».

Dios, ante las necesidades concretas de su Iglesia, suscita dones y carismas que la edifiquen y la purifiquen; y aunque las instituciones eclesiales y las normas son obra suya, en ocasiones llama y envía a un “irregular”, un carismático, como hizo con los profetas. En toda la historia de la Iglesia se da esta dialéctica entre institución y carisma, como se dio en el Antiguo Testamento: Moisés y Aarón, Esdras y Nehemías; y en el Nuevo Testamento: Pedro y Pablo. El paradigma es, una vez más, Cristo, a quien Dios suscita del pueblo, sin pertenecer a la jerarquía: “el hijo del carpintero”, el hijo de María.

La jerarquía tiene la responsabilidad de discernir y acoger los dones y carismas de Dios; por ello necesita estar siempre vigilante y en comunión con la voluntad divina a través del Espíritu. San Lucas nos presenta un ejemplo claro de esta responsabilidad cuando afirma que fariseos y legistas, al no acoger el bautismo de Juan, frustraron el plan de Dios sobre ellos (cf. Lc 7,30).

Al igual que en la encarnación del Hijo de Dios en la debilidad humana, al hombre le cuesta aceptar a Dios en sus enviados; se escandaliza y endurece el corazón. Estamos dispuestos a ser deslumbrados por el poder de Dios, pero no a que venga envuelto en la debilidad de nuestra carne. Israel dijo: “Dios sí, pero Cristo no”. Hoy se dice: “Cristo sí, pero la Iglesia no”; “el cura sí, pero el catequista no”; “el catequista sí, pero el laico no”. El problema de la encarnación golpea el orgullo humano, que se resiste a humillarse ante otro hombre. Pretendemos que Dios se nos imponga con su poder, pero Él es fiel al don de la libertad que nos ha dado para amar.

En ocasiones también el enviado, como san Pablo, se queja de tener que cargar con su debilidad en la misión, porque relativiza sus dones. Pero Dios es grande en la debilidad. Eso debe bastarle. Así, la fe brilla en la libertad y en la humildad del hombre, sin que Dios se imponga con su poder.

Para dar el salto a la fe, el hombre debe responder a la pregunta del Evangelio: «¿De dónde le viene esto?». Pero eso supone reconocer la presencia de Dios en el hombre y, por tanto, obedecerle; por ello, con frecuencia, el hombre se niega a responder. Al quedar al margen de la fe, el poder de Dios queda frustrado por nuestra libertad, como se dice de Jesús en el Evangelio: «No podía hacer allí ningún milagro».

El profeta hace presente a Dios, y a quienes están fuera de su voluntad les recuerda su desvarío tan solo con su presencia. Si se obstinan neciamente en su maldad, tendrán que responder ante Dios; pero, al mismo tiempo, se les ofrece la gracia de arrepentirse y vivir.

Cristo, con su presencia, hace visible la misericordia de Dios y su juicio, como dijo el anciano Simeón: «Éste está puesto para caída y elevación de muchos; signo de contradicción».

El segundo problema es quizá más grave: consiste en reducir la inmensidad del plan amoroso de Dios a lo que nuestra carne y nuestra pequeña razón pueden imaginar. Israel no solo tiene dificultad en aceptar al Mesías elegido por Dios, sino que rechaza la salvación concreta que Cristo viene a realizar. Mientras las expectativas del pueblo se centran en que Dios remedie la situación de postración, explotación y sometimiento a la injusticia y corrupción de Roma, se encuentra frente al “año de gracia del Señor”, ante el cual el pueblo mismo debe convertirse de la perversidad de sus pecados y poner su corazón en Dios.

El mismo Juan Bautista se ve arrollado por el torrente inaudito de la misericordia divina, que lo deja perplejo. Nadie puede parapetarse en la pretendida justicia de ser hijo de Abrahán ni en el privilegio de ser pueblo elegido, rechazando la gracia y la misericordia ofrecidas gratuitamente por Dios. La venganza y la justicia que esperan sobre sus enemigos exteriores será, en realidad, la liberación de la opresión del pecado y del diablo, que Cristo asumirá en sí mismo, ofreciéndose por todos en la cruz: «No me quitan la vida; la doy yo voluntariamente».

Este es el sacramento de nuestra fe, como proclamamos en la Eucaristía: Cristo que se entrega a la voluntad del Padre, que le presenta la cruz. A esta entrega de Cristo nos unimos nosotros en la comunión eucarística.

Hoy somos invitados a este sacrificio, sacramento de nuestra fe, que es vida eterna para quienes apoyan su vida en Dios.

Que así sea.

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Martes 4º del TO

Martes 4º del TO

Mc 5, 21-43.

Queridos hermanos:

De nuevo, la Palabra nos invita a contemplar la fe que salva y que cura, para suscitarla en aquellos que acuden a Cristo como signo de la presencia de Dios en Él. Por la fe se aferra la vida, y la muerte queda vencida por el perdón de los pecados. La precariedad de la existencia ansía la plenitud de la vida, que es Dios. La fe es fruto del don divino, que se revela al espíritu humano como moción interior, a la que se unen el testimonio humano y el testimonio del Espíritu, apoyados fundamentalmente en las Escrituras y en la predicación del Kerigma, otorgando la certeza de la Verdad del Amor de Dios.

Los discípulos, acogiendo la predicación, las señales y la caridad de Cristo, creen en Él como Maestro, Profeta y Enviado de Dios; pero será el Espíritu Santo quien testifique a su espíritu su divinidad, su ser Hijo del Altísimo, transformando sus creencias en fe. Una fe que se acompaña de la esperanza y del amor, y que, unida a la moción interior, se hace operante en la súplica y la intercesión, en el sacrificio de la entrega, en la obediencia que se crucifica en la confianza y en el dolor que conmueve y conduce a la compasión.

En medio de la precariedad de este mundo, donde todo es transitorio y sujeto a la corrupción debido a la constante dialéctica a la que lo somete la muerte, Cristo hace presente la vida definitiva a la que el hombre está llamado a acceder por la fe en Él. Ninguna adversidad puede frenar la providencia, la misericordia y el poder de Dios, que sólo se detiene ante nuestra libertad, suscitando y esperando nuestro amor.

No nos basta que Cristo haya resucitado y recibido todo poder, ni es suficiente oír hablar de Él. Es necesario tener un encuentro personal con Él mediante la fe, en lo profundo del corazón, que ilumine la mente y mueva la voluntad al amor de Dios que se revela. Como vemos en el Evangelio, la cercanía física no basta, como tampoco el parentesco o la vecindad. El sacramento mismo de la Eucaristía, en el que no sólo se toca sino que se come a Cristo, es sacramento de fe para vida eterna. Postrar ante Él —que se nos acerca por amor— la mente y la voluntad: eso es la fe.

Ante Cristo, por la fe, se desvanece la impureza de la mujer, se detiene la hemorragia de su vida y se expulsa la muerte de la niña y de toda la humanidad, no sólo física sino también espiritual, y se nos concede la vida eterna. Todos necesitamos esta fe que nos salva y que nos mueve a interceder por la salvación de todos los hombres.

Cristo se nos acerca hoy como a la hemorroísa y al archisinagogo, y nos invita a no temer, sino a tener fe. En efecto, la fe expulsa el temor mediante el amor que el Espíritu derrama en nuestro corazón.

 Que así sea.

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La Presentación del Señor

La Presentación del Señor (y Purificación de la Virgen María).

Ml 3, 1-4; Hb 2, 14-18; Lc 2, 22-40.

Queridos hermanos:

Celebramos hoy esta fiesta que popularmente llamamos “La Candelaria”, celebrada desde el siglo V en Jerusalén y desde el VII en Roma, en la que contemplamos a Cristo, “luz de las gentes”, como llama Isaías al Siervo, o “luz de las naciones”, como lo proclama Simeón al recibir al Salvador. Cristo mismo dirá: “Yo soy la luz del mundo”. El Señor, por medio de Simeón y Ana, nos presenta a su Hijo como Salvador y Redentor, luz del mundo, gloria de su pueblo y señal de contradicción; caída y elevación de muchos en Israel, y en María, espada que atravesará su alma.

Siempre que Cristo aparece en la Escritura, le acompaña la cruz: candelero en el que el Padre ha puesto su luz para que alumbre a todos los de la casa, anuncio de su Misterio Pascual, que es muerte y resurrección: “Escándalo para los judíos y necedad para los gentiles; mas para los llamados, fuerza de Dios y sabiduría de Dios”.

Todos los primogénitos debían ser presentados al Señor como rescate, habiendo sido salvados por Él en Egipto mediante la sangre de un cordero. Cristo es introducido por sus padres en el Templo para ser consagrado al Señor y para pagar por Él el rescate de los primogénitos, según prescribe la Escritura (Ex 13, 2.11–12), equivalente a cien óbolos (Nm 18, 16). Se hace presente así la salvación pascual de su pueblo, liberado de la esclavitud de Egipto, figura que en Él alcanza su pleno cumplimiento, total y universal.

Hoy contemplamos esta Luz hecha carne por nosotros, entrando por primera vez en el Templo. La tradición lo celebraba con las candelas encendidas, pues también nosotros, por el Espíritu de Cristo, somos portadores de su luz y, según sus propias palabras, luz para el mundo.

Además, el Evangelio de Lucas (2, 24) añade: “y ofrecer en sacrificio un par de tórtolas o dos pichones, conforme a lo que se dice en la Ley del Señor” (Lv 12, 6–8), en referencia a la purificación de María a los cuarenta días del parto.

Nosotros, al recordar este acontecimiento profético, celebramos el memorial sacramental de su pleno cumplimiento en la Pascua de Cristo: la muerte ha sido vencida en la Pascua de este Cordero inmolado, y el faraón diabólico ha sido despojado de sus cautivos. Velemos, pues, porque el Señor nos visita con frecuencia en busca del fruto del amor que Él mismo ha derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo, como luz que nos ilumina, uniéndonos también a su misión de ser señal de contradicción, misión que acogemos con nuestro amén en la comunión de su Cuerpo y de su Sangre.

 Que así sea.

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Domingo 4º del TO A

Domingo 4º del TO A

So 2, 3.3, 12-13; 1Co 1, 26-31; Mt 5, 1-12

Queridos hermanos:

Dios ha creado al hombre para que comparta con Él su vida beata, y ha puesto en su corazón una tendencia insaciable a la bienaventuranza que llamamos felicidad. Si tal es nuestra vocación, inscrita en lo más profundo de nuestro ser —la comunión con Dios—, podemos comprender el estado constante de frustración que experimenta el hombre en la medida de su alejamiento del objeto de su bien. Precisamente para hacer posible al hombre alcanzar la bienaventuranza de la que se había apartado por el pecado, nos fue enviado Cristo, “vida nuestra”, en quien Dios —su vida beata y nuestra bienaventuranza— se ha encarnado y se nos da por gracia en lo que llamamos el Reino de Dios.

Todas las bienaventuranzas se cumplen en Cristo, que ha asumido la realidad de los pequeños de este mundo y se hace camino que los conduce a la vida a través de la puerta estrecha de la cruz, abandonando la ancha que sigue el mundo y que lleva a la perdición. Seguir a Cristo supone enfrentarse al mundo rechazando sus criterios y asumir la persecución del diablo y de quienes le sirven.

Ante Jesús están la muchedumbre y los discípulos que han creído en Él y que, en el Evangelio, vemos acercarse junto a Él. Ellos han acogido el Reino de los Cielos, mientras que la muchedumbre es llamada a entrar en él acogiendo la predicación. Por eso hay dos bienaventuranzas que se refieren al presente del discípulo y las demás al futuro de la muchedumbre llamada a creer. Las bienaventuranzas referidas a los discípulos, situadas al principio y al final del discurso, abrazan a las demás y, con ellas, a la muchedumbre, invitándola a entrar. Los discípulos son, pues, los pobres de espíritu, hambrientos de justicia y saciados de miserias, prontos a acoger la buena noticia de la misericordia divina; su esperanza los convierte en perseguidos por abrazar la justicia que viene de Dios y los introduce en el Reino. Ambas —pobreza y persecución— los acompañarán hasta el final del camino hacia la meta, siguiendo al que ha sido constituido “señal de contradicción”.

Esta pertenencia al Reino, propia del discípulo, se caracteriza ahora por la humildad (pobreza espiritual, mansedumbre, paciencia en el sufrimiento), habiendo sido curado de la soberbia y del orgullo de la rebeldía a que lo llevó el rechazo de su condición de creatura. Por eso no puede gloriarse ante el Señor, sino en el Señor, como nos ha dicho san Pablo. El Señor viene a decirnos: “Quienes poseéis estos dones por causa mía, gracias a mí, ¡alegraos, gozaos! Vuestra recompensa es grande en los cielos, y de ella gozaréis con los profetas, perseguidos antes que vosotros”.

La primera lectura nos llama a la confianza en el Señor, que viene a restaurar su reinado en nosotros, situándonos en la verdad de nuestra condición. Acojamos a Cristo en la Eucaristía, que nos une a su entrega para enriquecernos con su pobreza y, con nuestro amén, comunicarnos la vida eterna de los bienaventurados.

  Proclamemos juntos nuestra fe.                                                                                                                                                          www.cowsoft.net/jesusbayarri