Miércoles 17º del TO

 Miércoles 17º del TO

Mt 13, 44-46

           Queridos hermanos:

           Para descubrir el valor del Reino: tesoro o perla, hace falta sabiduría; discernimiento entre lo que se nos ofrece y lo que podemos ofrecer para conseguirlo. Se nos ofrece oro y eternidad, a cambio de un poco de tiempo y polvo de la tierra. Cualquier precio sería, no obstante, insignificante para adquirir el tesoro del Reino. Lo que se nos propone es, por tanto, la compra del campo que lo contiene, porque el valor del Reino es infinito para quien lo descubre. A cambio, se nos pide, solamente en prenda, como garantía o como aval, apenas lo que poseemos en bienes, tiempo o dedicación, o dicho de otra forma la propia vida, que debe ponerse a su servicio sin límite alguno, hasta el punto de negársela a uno mismo según nos sea solicitado. Ya lo decía la Escritura desde antiguo: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo el corazón, con toda el alma y con todas las fuerzas. Haz esto y vivirás”.

          El llamado joven rico calculó erróneamente, pensando que sus bienes tenían más valor que la vida eterna del Reino, y no compensaba su compra. Era rico en bienes, pero pobre en sabiduría y discernimiento, y no pudo valorar el tesoro escondido en la carne de Cristo, ni siquiera viendo los destellos de su palabra y de sus obras. Al llamado joven rico de la parábola, Dios le da la oportunidad de atesorar limosna, y entrega, pero prefiere atesorar riqueza.

          Jesús señala al rico una vía de salida de su peligrosa situación: «Acumulaos tesoros en el cielo, donde no hay polilla ni herrumbre que corroan» (Mt 6, 20); «Haceos amigos con el dinero injusto, para que, cuando llegue a faltar, os reciban en las eternas moradas» (Lc 16, 9). Sala tu dinero, blanquea tu dinero negro con la limosna. La vida eterna es la herencia de los hijos, por eso, cuando hayas vendido tus bienes, “ven y sígueme”; hazte discípulo del “maestro bueno”; cree, y llegarás a amar a tus enemigos, y “serás hijo de tu padre celeste”, y entonces tendrás derecho a la herencia de los hijos: la vida eterna.

          Lamentablemente el discernimiento y la sabiduría, no se venden, ni los prestan los bancos, y en cambio, están relacionados con la pureza del corazón que obra un amor que madura, y ambos pueden recibirse gratuitamente acudiendo a Cristo, que generosamente se ha entregado a la muerte para obtenerlos para nosotros.

           Que así sea.

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Lunes 17º del TO (San Ignacio de Loyola)

 Lunes 17º del TO

Mt 13, 31-35

  Queridos hermanos:

           En estas parábolas están entretejidas la gracia de Dios y la acción humana, como lo están el Verbo y el hombre en Cristo. Cristo es el Reino en él que ha sido injertada nuestra humanidad de forma indisoluble. La firmeza y el vigor de Dios contenidos en la más pequeña de las semillas, lenta pero firmemente se abren camino y el Reino se va fortaleciendo hasta alcanzar un desarrollo sorprendente, sin comparación con la actuación humana, que no obstante es necesaria, porque Dios ha querido supeditar su obra a nuestro asentimiento. El hombre debe actuar pero siendo el menor impedimento posible a la gracia. Ciertamente “las puertas del infierno no prevalecerán” contra el Reino de Dios (Mt 16, 18), que las combate con la gracia del Señor, pero cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará la fe sobre la tierra? ¿Las últimas generaciones se mantendrán en la fe, para incorporarse a “la muchedumbre inmensa” en el Reino eterno, vencedor frente a las defensas del infierno?

Ciertamente no son comparables la virtud de la gracia y la acción humana, en el germinar, el desarrollo y la plenitud del Reino, pero deben complementarse: la semilla debe enterrarse y la levadura   integrarse en la harina. San Pablo dice: “Por la gracia de Dios, soy lo que soy; pero la gracia de Dios no ha sido estéril en mí. Antes bien, he trabajado más que todos ellos. Pero no yo, sino la gracia de Dios conmigo” (1Co 15, 10).

La pequeña semilla del Reino, se transformará en “una muchedumbre inmensa que nadie podía contar” (Ap 7, 9), con Cristo a la cabeza, guardada en el granero divino, mientras el Dragón y sus ángeles serán encadenados y precipitados definitivamente en el abismo.

El camino del hombre paralelamente al del Reino, está encarrilado entre la potencia divina de su palabra y la libertad humana. La potencia de la semilla, necesita de la humildad de la tierra que la acoge. El hombre debe afanarse, pero es Dios el que da el incremento.

Los inicios humildes del Reino, no son parangonables con su maravilloso desarrollo. Al hombre corresponde aceptar, guardar, poner en práctica, lanzar la red, creer, perseverar en su palabra, y a Dios abrir de par en par las compuertas de su gracia.

          La escasez de fruto no se debe por tanto a Dios, sino a la imperfección de nuestra respuesta. Digamos verdaderamente amén a Cristo que se nos da, y él centuplicará el fruto.

           Que así sea.

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Domingo 17º del TO A

 Domingo 17º del TO A

(1R 3, 5-13; Rm 8, 28-30; Mt 13, 44-52)

 Queridos hermanos:

           Hoy la palabra nos habla del “discernimiento”, necesario para arrebatar el Reino de Dios. Salomón no confía en sí mismo y lo pide a Dios. El Evangelio lo exalta en las parábolas y en el amante de las Escrituras que ha acogido el Evangelio. La red de la parábola debe también pasar un discernimiento sobre lo que ha arrastrado indiscriminadamente, y al igual que a la semilla y a la cizaña, se le concede un tiempo. Nosotros necesitamos discernir para conducir nuestra vida, porque también nosotros seremos sometidos a discernimiento, como los peces de la red, y la gratuidad de la llamada a la salvación, debe ser confirmada por nosotros mientras permanecemos en la red, con la perseverancia de nuestras obras. En Cristo, Dios mismo ha querido introducirse en la red junto a nosotros, y a través de la gracia, sanar la maldad de los pescados para el día del discernimiento.

          El discernimiento no es una sabiduría cualquiera, sino la sabiduría para gobernar. Salomón debe gobernar un reino, pero todos necesitamos gobernar bien, aunque sólo sea nuestra propia vida, para conducirla a su meta. Si Dios es “la verdad y la vida plena” a la que hemos sido llamados en nuestra existencia por la “misericordia”, el discernimiento debe guiarnos a él, por los caminos de la sabiduría, que se nos revelan como “tesoro escondido” y “perla preciosa”. En efecto dice la Escritura que el temor de Dios es el principio de la sabiduría. Quien posee muchos conocimientos y se aparta de Dios, está falto de sabiduría.

          Si el discernimiento es tan importante que de él depende la realización de nuestra existencia, es vital saber donde se encuentra o como puede adquirirse. Para san Pablo la condición necesaria para poseerlo, consiste en que el amor de Dios, que procede del Espíritu Santo, sea el motor de nuestra existencia. “Para quien ama a Dios todo concurre al bien.” Es el amor de Dios el que ilumina todos los acontecimientos del que ama, para discernir y ser encaminado por ellos al bien. La propia comunidad, como germen del Reino de Dios, independientemente de sus limitaciones individuales, es la perla de gran valor, el tesoro que, sólo el discernimiento del amor que encierra, hace posible apreciar a quien lo posee.

          Para san Agustín, en efecto, la perla preciosa es la Caridad, y sólo los que la poseen han nacido de Dios. Este es el gran criterio de discernimiento, continúa diciendo, porque aunque lo poseyeses todo, sin la Caridad, de nada te serviría. Y al contrario, si no tienes nada, si a todo renuncias, y lo desprecias, y alcanzas a conseguirla, lo tienes todo, como dice san Pablo: “El que ama ha cumplido la Ley” (Rm 13, 8.10). Ha alcanzado el Reino de Dios que es amor.

           Proclamemos juntos nuestra fe.

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Viernes 16º del TO

 Viernes  16º del TO

Mt  13, 18-23

 Queridos hermanos:

 La palabra hace referencia a aquello de “tener ojos para ver, oídos para oír y corazón para comprender”. Hay un combate entre la fuerza del Evangelio y las dificultades que le oponen la dureza de nuestro corazón y la seducción del mal, para fructificar. A la dureza del corazón, se unen los obstáculos del ambiente, el ardor de las pasiones, la seducción de la carne, el mundo, y las riquezas.

En definitiva, nuestra naturaleza caída (la concupiscencia), a fuerza de ofrecer resistencia a la acción sobrenatural de la gracia, ha quedado indispuesta para la conversión, y necesita un suplemento de ayuda, “una gracia especial” que hay que impetrar, una nueva acción gratuita de Dios que abra el corazón humano a la omnipotencia de su misericordia. Hace falta, en fin, acoger el “año de gracia del Señor”, el tiempo favorable que nos llega con Cristo, por medio del Evangelio. Después seguirá siendo necesario un constante: cuidado, vigilancia  y atención, como si del cultivo de un campo se tratara. Dios es el agricultor, por lo que necesitamos estar unidos a él. Recordemos aquello de “La Imitación de Cristo”: “Temo al Dios que pasa.”

Velad y orad; esforzaos por entrar por la puerta estrecha; permanecer en mi amor; el que persevere hasta el fin, se salvará; el Reino de los cielos sufre violencia, y sólo los que se hacen violencia a sí mismos, a su carne, lo arrebatan. Como dijo el Señor a Conchita, la beata mejicana: “Hay gracias especiales que se compran con el dolor”. Estas palabras del Evangelio no contradicen en absoluto la gratuidad de la salvación de Cristo, pero son necesarias para que se realice en nosotros con nuestra adhesión libre y voluntaria: “Por qué me llamáis Señor, Señor y no hacéis lo que digo”.

Estas palabras nos recuerdan la necesidad del combate inherente a la vida cristiana, para el cual hemos recibido gratuitamente el Espíritu Santo, sin el cual es imposible dar el fruto del amor, necesario para alimentar al mundo. Unos con treinta, otros con sesenta y algunos con ciento.

Que así sea.

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Jueves 16º del TO

 Jueves 16º del TO

Mt  13, 10-17

 Queridos hermanos:

           El poder volverse al Señor es en primer lugar una gracia que hay que aprovechar ya que no somos nosotros los árbitros que deciden cuando el Señor escucha nuestras peticiones o cuando Dios debe ser favorable. Los escribas y fariseos frustraron el plan de Dios sobre ellos. Los judíos se encuentran sin oídos para oír y sin ojos para ver, por haber endurecido su corazón ante la gracia de la conversión. Mirad cómo escucháis dice el Señor. Temo al Dios que pasa, nos recordará la Imitación de Cristo. Las gracias de ahora, nos piden la vigilancia, no sea que pasen y nos tengamos que lamentar después.

          Vigilancia y calma, nos exhorta Isaías y nos recuerda el Espíritu. El que ama espera y el que espera vela, como la esposa del Cantar, para escuchar la voz del esposo con nuestra cercanía a los latidos de su corazón, que hacen a los nuestros entrar en una sintonía amorosa, más elocuente que las palabras, más luminosa que las razones para revelar misterios, y más fecunda que nuestros esfuerzos, porque al que tiene, se le dará y abundará de vida, y al que no tiene, se le reclamará cuanto se le ofreció, porque tanto las palabras del Señor como sus obras, necesitan del intérprete divino para discernir, purificando la pesadez de un corazón embotado.

          Pero el Señor, rico en misericordia, volverá a buscar lo que se le había perdido, porque nunca desespera de la salvación de nadie, y tras una corrección posiblemente severa, se apiada de nuevo: “Porque no rechaza para siempre el Señor; aun cuando aflige usa de misericordia, según su gran amor”.

          Si el Espíritu permanece en nosotros hasta el fin de los tiempos, como fuente que brota para vida eterna irá completando las carencias tan evidentes como inmensas de nuestro corazón, llevándolo a una plenitud insospechada y bienaventurada que se nos ha prometido en el seguimiento del Pastor eterno, y esta promesa se ha hecho carne y hemos visto su “Gloria”, recibida del Padre, y enviada a nosotros.

           Que así sea.

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Lunes 16º del TO

 Lunes 16º del TO  

Mt 12, 38-42

 Queridos hermanos:

 Para quien acoge la predicación todo se ilumina, mientras quien se resiste a creer permanece en las tinieblas. Dios se complace en un corazón que confía en él contra toda esperanza y lo glorifica poniendo su vida en sus manos: “Todo el que invoque el nombre del Señor, se salvará.”

          Dios suscita la fe para enriquecer al hombre mediante el amor, para darle a gustar la vida eterna, y por su amor, dispone las gracias necesarias para la conversión de cada hombre y de cada generación. Los ninivitas, la reina de Saba, los judíos del tiempo de Jesús y nosotros mismos, recibimos el don de la predicación como testimonio de su palabra, que siembra la vida en quien la escucha.

            Como ocurría ya desde la salida de Egipto, en la marcha por el desierto, Israel sigue pidiendo signos a Dios, pero ni así se convierte. Las señales que realiza Cristo no las pueden ver, porque no tienen ojos para ver ni oídos para oír, y piden una señal del cielo. No habrá señal para esta generación, que puedan ver sin la fe; un signo que se les imponga, por encima de los que Cristo efectivamente realiza. Cristo gime de impotencia ante la cerrazón de su incredulidad. La señal por excelencia de su victoria sobre la muerte, será oculta para ellos (no habrá señal) y sólo podrán “verla” en la predicación de los testigos, como en el caso de Jonás. Este tiempo no es de higos, sino de juicio; no de señales, sino de fe, de combate, de entrar en el seno de la muerte y resucitar, como Jonás, que en el vientre de la ballena pasó tres días en el seno de la muerte. Sólo al “final” verán venir la señal del Hijo del hombre sobre las nubes del cielo.

            Jonás realizó dos señales: La predicación, que sirvió a los ninivitas, que se convirtieron, y la de salir del seno de la muerte a los tres días, que sólo puede conocerse a través de las Escrituras. En cuanto a Cristo, los judíos no aceptaron la primera, y la segunda no pudieron verla; no hubo más señal para ellos que la predicación de los testigos elegidos por Dios.

El significado de las “señales” sólo puede verse con la sumisión de la mente y la voluntad que lleva a la fe y que implica la conversión. Dios no puede negarse a sí mismo anulando nuestra libertad para imponerse a nosotros, por eso, todas las gracias tendrán que ser purificadas en la prueba.

Nosotros hemos creído en Cristo, pero hoy somos invitados a creer en la predicación, sin tentar a Dios pidiéndole signos, sino suplicándole la fe, y el discernimiento, que él da generosamente al que lo pide con humildad. De la misma manera que sabemos discernir sobre lo material debemos pedir el discernimiento espiritual de los acontecimientos.

Que en la Eucaristía podamos entrar con Cristo en la muerte y resucitar con él por la potencia de su brazo, y que nos libre de nuestros enemigos que nos acosan, hundiéndolos en el mar.

 Así sea.

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Domingo 16º del TO A

 Domingo 16º del TO A

(Sb 12, 13.16-19; Rm 8, 26-27; Mt 13, 24-43)

 Queridos hermanos:

           La palabra de hoy nos habla del Reino de los Cielos y de su dinámica interna, mostrándonos su potencia, que como sabemos, se muestra en el esplendor de la misericordia divina, que además de crearlo todo, lo engendra de nuevo recreándolo en el amor por el perdón de los pecados.

           La Revelación nos muestra que Dios, no es sólo justo, omnipresente y omnisciente, sino sobre todo y en primer lugar, Amor misericordioso, que crea al ser humano para un destino glorioso en la comunión con él en el amor, y por tanto libre, y cuando éste elige el mal, le concede la posibilidad de la conversión al bien, y de la redención del mal. El Dios revelado de la fe, no sólo permite la existencia del mal y un tiempo para la acción del maligno en espera de su justo juicio, que mira sobre todo a la conversión y salvación de sus criaturas, sino que concede al hombre la posibilidad de vencerlo con su gracia, a fuerza de bien, y de redimir al malvado. No existe por tanto contradicción alguna entre la existencia del mal en el ámbito de la libertad, y la del Dios revelado como Amor, aunque si pueda haberla con un ente de razón inexistente al que queramos llamar "dios", "dios justo", "dios omnipresente" o "dios omnisciente".

La misericordia divina siembra la verdad y la vida a la luz de su Palabra, mientras la perfidia del maligno hace su siembra en la oscuridad de las tinieblas que le son propias, esparciendo la mentira, el engaño, y la muerte. Pero como las tinieblas no vencieron a la luz cuando fue creado el mundo, tampoco cuando fue recreado de nuevo y salvado de la muerte del pecado. Ahora es tiempo de paciencia y de misericordia: “tiempo de higos”; tiempo de potencia en el perdón; tiempo del eterno amor en espera de la justicia y el juicio.

Todos somos llamados al amor, pero esta llamada implica un camino a recorrer de conversión, y de afirmación y maduración en la caridad; tiempo en que es posible la transformación de la cizaña en grano, hasta llegar a la santidad necesaria que nos introduzca en Dios.

No podemos olvidar que san Pablo fue un tiempo cizaña, y Dios permitió el mal que hizo, y con su paciencia y su gracia lo salvó, y así dio tanto fruto, venciendo el mal a fuerza de bien. El punto de partida de este itinerario de conversión es la humildad, que además acompaña toda la vida cristiana. Así lo expresa el Padrenuestro, en el que nos reconocemos pecadores y testificamos al mismo tiempo que el amor de Dios en nosotros ha comenzado a fructificar.

Proclamemos juntos nuestra fe

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Viernes 15º del TO

 Viernes 15º del TO  

Mt 12, 1-8

 Queridos hermanos:

 Partiendo del error de discernimiento respecto al sábado que tienen los judíos, el evangelio nos pone de manifiesto que el corazón de todos los preceptos es el amor. Sólo cuando el amor madura, crece el discernimiento. El saber distinguir entre la letra y el espíritu de la ley. Lo que es importante de lo que no lo es. Por eso el Señor dice a los judíos: Cuándo vais a aprender qué significa aquello de: “Misericordia quiero”; yo quiero amor. “Justicia sin misericordia es crueldad”, y nada más alejado del espíritu de la ley. El espíritu del sábado es amor al hombre, que despega su corazón del interés, para ponerlo en Dios. Dios ha querido relacionarse con el hombre, dando vida y sentido a su existencia, por encima de sus ocupaciones y sus relaciones con sus semejantes. 

Entre los preceptos de la ley, algunos son de gran importancia como el descanso sabático, pero el corazón de todos ellos es el amor, porque proceden de Dios que es amor, y busca la edificación del hombre en el amor y la contemplación de la gratuidad y la bondad divina, despegándolo del interés. Para discernir en casos de conflicto respecto a la letra y al espíritu de la ley, es necesario  el discernimiento acerca de los preceptos, que sólo es posible cuando el amor madura en el corazón. Sólo así es posible juzgar rectamente. Las gafas para ver al otro a través de los hechos, sin distorsión, es la caridad: “Yo quiero amor, conocimiento de Dios”, experiencia del amor que es Dios. A los judíos faltos de discernimiento, Jesús dirá: “Id, pues, a aprender que significa aquello de Misericordia quiero, que no sacrificios”

El discernimiento capaz de distinguir y valorar lo importante frente a lo accesorio; distinguir entre la letra y el espíritu de la ley, progresa con el amor: la ciencia infla mientras la caridad edifica. Pero la caridad es derramada en el corazón por el Espíritu en aquellos que creen, acogiendo en su vida la voluntad de Dios. Detrás del discernimiento está aquello de “ama y haz lo que quieras”, y aquello de: Yo quiero amor, conocimiento de Dios: de su poder, pero sobre todo de su misericordia. Quien tiene amor tiene discernimiento, es sabio, mientras en el falto de amor no faltará necedad.

La misericordia de Cristo hace que el paralítico arrastre su camilla en sábado; toca al leproso, y las curaciones en general mueven los corazones a la bendición y glorificación de Dios, y ese es el espíritu del sábado: poner el corazón en el cielo; el espíritu, y también el cuerpo.

  El sábado, liberando al hombre de la maldición que pesa sobre el trabajo, manteniéndolo siempre en búsqueda del sustento, le concede un anticipo de la vida celeste, en la que Dios será nuestro único sustento eternamente; nuestra riqueza aquí en la tierra, y nuestra meta celeste.

 Que así sea.

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Jueves 15º del TO

 Jueves 15º del TO

Mt 11, 28-30

 Queridos hermanos:

           Hoy la palabra nos habla del yugo, que evoca el trabajo, como algo que todos tenemos que realizar en esta vida, nos guste o no.

          Con una mirada de fe, podemos decir que, el pecado, ha puesto sobre nuestros hombros, un yugo pesado, que hace nuestra vida, muchas veces insoportable, esclavizándonos al diablo, como dice la carta a los hebreos, por nuestra experiencia de muerte, consecuencia del pecado.

Por otra parte, en el evangelio de hoy, el Señor, nos invita a cambiar el yugo del diablo, por el suyo, que es suave y ligero.

Frente a la soberbia y el orgullo, el Señor nos invita a aprender de él, que es manso y humilde de corazón; no a aprender a crear el mundo o a hacer grandes prodigios, sino a ser humildes, como él, que siendo grande, se hizo pequeño, se humilló por nosotros, hasta la muerte de cruz.

Si el poder del Señor es tan grande como para crear y gobernar el universo, cuánto más lo será para cuidarnos a nosotros tan pequeños. Su amor es tan grande como su poder; con la misma potencia con la que ha creado el universo nos ha redimido y nos ama.

Cristo ha sido enviado por el Padre a proveer a nuestra salvación mediante el perdón de los pecados, para que fuéramos liberados de la carga que nos oprimía. A él debemos acudir aceptando el yugo suave de la obediencia de la fe, el yugo de su humildad y de su mansedumbre por las que se sometió a la voluntad del Padre, y con el que ha querido ser uncido a nosotros por amor, uniéndose a nuestra carne mortal, para “arar” con nosotros; aceptemos su yugo amando su voluntad, para entrar también con él en su descanso. Dice un proverbio antiguo: “si quieres arar recto, ata tu arado a una estrella”. A nosotros el Señor nos invita a unirnos con él en el yugo de nuestra redención, para el arar de nuestra vida. Decía Rábano: “El yugo del Señor Jesucristo es el Evangelio que une y asocia en una sola unidad a los judíos y a los gentiles. Este yugo es el que se nos manda que pongamos sobre nosotros mismos, esto es, que tengamos como gran honor el llevarlo, no vaya a ser que poniéndolo debajo de nosotros, esto es, despreciándolo, lo pisoteemos con los pies enlodados de los vicios. Por eso añade: Aprended de mí" (cf. Catena áurea, 4128).

Efectivamente, de Cristo hay que aprender la humildad y la mansedumbre, sometiendo con su yugo el orgullo y la soberbia que nos impiden inclinar la cabeza fatigando así nuestro espíritu, en nuestra pretensión de ser dioses, mientras él, siendo Dios, se sometió a hacerse hombre  e inclinó su cabeza bajo el yugo y el arado de la cruz. “Cristo, por el fuego del amor que ardía en sus entrañas, se quiso abajar para purgarnos; dándonos a entender que si el que es alto se abaja, con cuánta (más) razón el que tiene tanto por qué abajarse no se ensalce. Y si Dios es humilde, (y se humilla) que el hombre lo debe  ser (y lo debe hacer)” (cf. San Juan de Ávila. Audi filia, caps. 108 y 109).

Él tomó nuestro yugo para llevar su cruz, y nosotros debemos tomar el suyo, para llevar la nuestra, e ir en pos de él; unidos a él bajo su yugo. “Aprended de mí, no a crear el mundo, no a hacer en él grandes prodigios, sino a ser manso y humilde de corazón. ¿Quieres ser grande? Comienza entonces por ser pequeño. ¿Tratas de levantar un edificio grande y elevado? Piensa primero en la base de la humildad. Y cuanto más trates de elevar el edificio, tanto más profundamente debes cavar su fundamento. ¿Y hasta dónde ha de tocar la cúpula de nuestro edificio? Hasta la presencia de Dios” (San Agustín. Sermones, 69,2).

           Que así sea.

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Domingo 15º del TO A

 Domingo 15º del TO A

(Is 55, 10-11; Rm 8, 18-23; Mt 13, 1-23)

 Queridos hermanos:

           Conocemos la Palabra, el Verbo de Dios, su Hijo único, porque Dios en su designio de amor se ha dignado revelárnoslo, enviárnoslo para salvarnos del pecado y la muerte, rescatándonos de la esclavitud al diablo, y a la creación entera, de la corrupción a la que fue sometida como consecuencia del pecado del hombre.

Frente a la acusación diabólica, se nos revela en Cristo la voluntad amorosa y salvífica de Dios, que no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva, y toma la iniciativa tremenda de cargar sobre sí las consecuencias del pecado hasta el extremo.

Para eso, su Palabra, como la semilla, debe caer en tierra y morir, para dar un fruto que el hombre puede recibir según la capacidad y preparación de la “tierra”, que en el corazón humano pasa por su libertad, ya que el fruto para el que ha sido destinado es el amor, que lo une a su creador en un destino eterno de vida, de modo que la Palabra no vuelva vacía al que la envió, sino con la acogida o el rechazo de cada uno de nosotros.

Como la tierra, el corazón del hombre necesita preparación, que reblandezca la dureza de la incredulidad, le de perseverancia en el sufrimiento y desarraigo de los ídolos y de las vanidades del mundo. En definitiva: humildad y obediencia. Por eso dice el Evangelio: dichosos los pobres, los que tienen hambre, y los que se hacen violencia a sí mismos por el Reino. San Pablo nos exhorta en la segunda lectura, haciéndonos valorar los bienes definitivos a pesar de los combates que son necesarios para alcanzarlos.

Con la llegada del Reino de Dios, es abolida la maldición a la que fue sometido el pueblo según la profecía de Isaías, por la que fueron cegados sus ojos, tapados sus oídos y endurecido su corazón por su negativa a convertirse. Ahora se abre un tiempo favorable de conversión que inaugura Juan Bautista para Israel, y que con Cristo alcanza hasta a los confines de la tierra.

Acoger al precursor y al enviado, es acoger la gracia de la misericordia divina, mediante el obsequio de la mente y la voluntad a Dios que se revela, y que se realiza en la fe. Acoger la gracia de la conversión, abre los ojos, destapa los oídos y ablanda el corazón, de forma que pueda acoger la semilla, “comprender” la palabra de Cristo, y la de quienes le seguirán en la predicación del Reino.

El sembrador “sale”, haciéndose accesible a nuestra percepción, como dice san Juan Crisóstomo, y sale para darnos la “comprensión” de los misterios del Reino, entrando en la intimidad con él, subiendo a su barca a reparo de las olas de la muerte como dice san Hilario.

“Esta es la voluntad de mi Padre: que todo el que vea al Hijo y crea en él, tenga vida eterna y yo le resucite en el último día” (Jn 6, 40).

Proclamemos juntos nuestra fe.

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Jueves 14º del TO

 Jueves 14º del TO  

Mt 10, 7-15

 Queridos hermanos:

           El Reino de Dios es el acontecimiento central de la historia que se hace presente en Cristo y se anuncia con poder. La responsabilidad de acogerlo o rechazarlo es enorme, porque lleva en sí la salvación de la humanidad. Los signos que lo anuncian son potentes contra todo mal incluida la muerte. Acogerlo, implica recibir a los que lo anuncian con el testimonio de su vida, porque en ellos se acoge a Cristo y a Dios que los envía.

          En su infinito amor, Dios tiene planes de salvación para con los hombres, y así José es enviado por delante de sus hermanos a Egipto. Pero aún con su poder, sus planes no se realizan por encima de la libertad de los hombres, lo cual implica las consecuencias de sus pecados: la envidia de los hermanos de José, la lujuria de la mujer de Putifar, y en el caso de Cristo, la incredulidad de los judíos y todos nuestros pecados, que le proporcionan su pasión y muerte.

          También sus discípulos enviados a encarnar la misión del anuncio del Reino, van con un poder otorgado por Cristo, que no les exime de la libertad de quien los recibe y por tanto de las consecuencias de su rechazo o de su acogida.

          Con todo, queda de manifiesto la importancia del anuncio del Reino, ante el cual todo debe quedar relegado y pasar a ocupar su lugar. Lo pasajero debe dar lugar a lo eterno y definitivo; lo material a lo espiritual; lo egoísta al amor

          Esta palabra nos presenta la misión. Cristo es el amor de Dios hecho llamada, envío y misión, que se va perpetuando en el tiempo a través de los discípulos invitados a su seguimiento. Toda llamada a la fe, al amor y a la bienaventuranza, lleva consigo una misión de testimonio que tiene por raíces el amor recibido y el agradecimiento, pero hay también distintas funciones como ocurre con los distintos miembros del cuerpo, que el Espíritu suscita y sustenta por iniciativa divina para la edificación del Reino, y que son prioritarias en la vida del que es llamado.

          Es la misión la que hace al misionero; Amós es llamado y enviado sin ser profeta. Nosotros somos llamados por Cristo a llevar a cabo la obra de Dios para saciar la sed de Cristo que es la salvación de los hombres. Esta salvación debe ser testificada por testigos elegidos por Dios desde antes de la creación del mundo a ser santos por el amor.

          Dios quiere hacerse presente en el mundo a través de sus enviados, para que el hombre no ponga su seguridad en sí mismo, sino en él. Constantemente envía profetas, y da dones y carismas que purifiquen a su pueblo, haciéndole volver a Dios y no quedarse en las cosas, en las instituciones o en las personas.

          Cristo, es enviado a Israel como “señal de contradicción”. Lo acojan o no, Dios habla a su pueblo a través de su enviado. Por su misericordia, Dios fuerza al hombre a replantearse su posición ante él, y así le da la posibilidad de convertirse y vivir.

            En estos últimos tiempos, en los que la muerte va a ser destruida para siempre, Cristo envía a los anunciadores del Reino, preparando el “Año de gracia del Señor”.

          El seguimiento de Cristo es, por tanto, fruto de la llamada por parte de Dios, a la que el hombre debe responder libremente, anteponiéndola a cualquier otra cosa que pretenda acaparar el sentido de su existencia. La llamada mira a la misión y en consecuencia al fruto, proveyendo la capacidad de responder y la virtud de realizar su cometido, teniendo en cuenta que puede tratarse de objetivos superiores a las solas fuerzas. Sólo en la respuesta a la llamada se encuentra la plenitud de sentido de la existencia, que constituye la primera explicitación de la llamada libre de Dios.

           Que así sea.

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Lunes 14º del TO

 Lunes 14º del TO  

Mt 9, 18-26

Queridos hermanos:

          De nuevo la palabra nos invita a contemplar la fe que salva y que cura, para suscitarla en aquellos que acuden a Cristo, como signo de la presencia de Dios en él. Por la fe se aferra la vida, y la muerte queda vencida por el perdón de los pecados. La precariedad de la existencia ansía la plenitud de la vida que es Dios. La fe es el resultado del don de Dios que se revela al espíritu humano como moción interior, a la que se unen el testimonio humano y el testimonio del Espíritu, apoyado fundamentalmente por las Escrituras y la predicación del Kerigma, dándole la certeza de la Verdad del Amor de Dios.

          Los discípulos, acogiendo la predicación, las señales y la caridad de Cristo, creen en él como maestro, profeta, y enviado de Dios, pero será el Espíritu Santo, quien testificará a su espíritu su divinidad; el ser Hijo del Altísimo, transformando sus creencias, en la fe que se hace acompañar de la esperanza y el amor, uniéndose a la moción interior y haciéndola operante en la súplica y la intercesión, en el sacrificio de la entrega, en la obediencia que se crucifica en la confianza, y en el dolor que conmueve llevando a la compasión.

          En medio de la precariedad de este mundo donde todo es transitorio y sujeto a la corrupción, debido a la constante dialéctica a que lo somete la muerte, Cristo hace presente la vida definitiva que el hombre está llamado a recibir por la fe en él. Ninguna adversidad puede frenar la providencia, la misericordia y el poder de Dios, que sólo se detiene ante nuestra libertad, suscitando y esperando nuestro amor.

          No nos basta que Cristo haya resucitado y recibido todo poder, ni es suficiente oír hablar de él, es necesario tener un encuentro personal con él, mediante la fe, en lo profundo del corazón, que ilumine la mente y mueva la voluntad al amor de Dios que se revela. Como vemos en el Evangelio, la cercanía física no basta, como tampoco el parentesco o la vecindad. El mismo sacramento de la Eucaristía en el que no sólo se toca sino que se come a Cristo, es un sacramento de la fe, para vida eterna. Postrar ante él, la mente y la voluntad, cuando se nos revela por amor, eso es la fe.

          Ante la fe en Cristo, se desvanece la impureza de la mujer, se detiene la hemorragia de su vida y se expulsa la muerte de la niña, y de toda la humanidad, no sólo física, sino también espiritual, y se nos da vida eterna. Todos necesitamos de esta fe que nos salva, y que nos mueve a interceder por la salvación de todos los hombres.

          Cristo se nos acerca hoy como a la hemorroisa y al archisinagogo y nos invita a no temer, sino a tener fe. En efecto, la fe expulsa el temor, mediante el amor que el Espíritu derrama en nuestro corazón.

          Que así sea.

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Domingo 14º del TO A

 Domingo 14º A  

(Za 9, 9-10; Rm 8, 9.11-13; Mt 11, 25-30)

  Queridos hermanos:

         Los misterios del Reino se revelan a los “pequeños”, que a través de la misericordia del Padre son conducidos al conocimiento del amor de Dios, en Cristo Jesús. Estos “cansados y agobiados” encuentran en el corazón manso y humilde de Cristo el alivio a sus fatigas.

La clave de lectura de toda la creación, de toda la Historia de la Salvación y de la Redención realizada por Cristo, es el amor, por el que Dios se nos revela. Amor de entrega en la cruz de Cristo: «Venid a mí todos los que estáis fatigados y sobrecargados, y yo os daré descanso. Tomad sobre vosotros mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es suave y mi carga ligera.»  Esas son palabras de amor en la boca de Cristo.

El Señor dice en el Evangelio: “Si alguno quiere venir en pos de mí, tome su cruz cada día, y sígame.” Ahora el Señor viene a explicitarnos la segunda parte; lo que significa seguirle. Seguir al Señor quiere decir, que además de cargar con nuestra cruz, tenemos que tomar sobre nosotros el yugo de Cristo. Unirnos a él bajo su yugo como iguales (cf. Dt 22,10), porque él ha asumido un cuerpo como el nuestro; un yugo para rescatarnos de la tiranía del diablo, de forma que podamos sacudirnos su yugo y hacernos así llevadero nuestro trabajo junto a él en la regeneración del mundo. Qué suave el yugo y qué ligera la carga, si el Señor la comparte con nosotros.

          Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón, dice el Señor. Mientras Cristo, siendo Dios, se ha hecho hombre sometiéndose a la voluntad del Padre y tomando sobre sí nuestra carne para arar, arrastrando el arado de la cruz con humildad y mansedumbre, nosotros que somos hombres, nos hacemos dioses, rebelándonos contra Dios, llenos de orgullo y violencia, y ponemos sobre nuestro cuello el yugo del diablo que nos agobia y nos fatiga. Por eso dice el Señor: “Aprended de mí”. No a crear el mundo, sino a ser mansos y humildes de corazón, como dijo san Agustín. No a crear el mundo, sino a salvarlo; no a ser dioses, sino a someternos humilde y mansamente al Padre, trabajando con Cristo, el redentor del mundo.

El Señor nos ha dicho: “Tenemos que trabajar en las obras del que me ha enviado; como el Padre me envió, yo también os envío.” Seguir a Cristo es asociarnos a su misión. Ahora tenemos un nuevo Señor a quien servir, para encontrar descanso para nuestras almas. El que pierde su vida por Cristo, la encuentra.

          A nosotros, si somos pequeños, se nos da el Señor en la Eucaristía.

           Proclamemos juntos nuestra fe.

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Viernes 13º del TO

 Viernes 13ª TO  

(Mt 9, 9-13)

  Queridos hermanos:

           La palabra de hoy nos habla del amor de Dios como Misericordia; amor entrañable que no sólo cura como hemos escuchado en el Evangelio, sino que regenera la vida, que la engendra de nuevo. No por casualidad la etimología hebrea de la palabra misericordia: rahamîm, deriva de rehem, que denomina las entrañas maternas, la matriz, órgano en el que se gesta la vida. Si recordamos las parábolas que llamamos de la misericordia, comprobaremos que todas están en este contexto: “este hijo mío había muerto y ha vuelto a la vida; este hermano tuyo había muerto y ha vuelto a la vida”. También a Nicodemo le dice Jesús: «En verdad, en verdad te digo: el que no nazca de nuevo no puede ver el Reino de Dios.»

Se trata por tanto de un amor que gesta de nuevo, que regenera, como el de san Pablo a los gálatas, que le hace sufrir de nuevo dolores de parto por ellos. Amor fecundo por tanto, profundo y consistente, que implica lo más íntimo de la persona, sin desvanecerse como nube mañanera ante los primeros ardores de la jornada, como decía Oseas. Sólo un amor persistente como la lluvia que empapa la tierra, lleva consigo la fecundidad que trae fruto, y que en Abrahán, se hace vida más fuerte que la muerte en la fe y en la esperanza; y pacto eterno de bendición universal.

En esta palabra podemos distinguir tres sujetos: Cristo, los pecadores y los fariseos. Mientras Cristo se acerca a los pecadores, los fariseos se escandalizan. Si el acercarse Cristo a los pecadores es fruto de la misericordia divina, es ésta la que escandaliza a los fariseos. Quizá los fariseos tengan menos pecados que los publicanos y pecadores, pero de lo que sí carecen por completo es de misericordia. Por eso Cristo les dirá: “Id, pues, a aprender qué significa aquello de Misericordia quiero, que no sacrificios.” De que sirve a los fariseos pecar menos si eso no les lleva al amor y la misericordia, y en definitiva a Dios.

Ser cristiano es amar y no sólo no pecar. Cristo ha venido a salvar a los pecadores, haciéndolos hijos por el don de su Espíritu. ¿Ha venido para ti, o te excluyes de la salvación de Cristo como los fariseos del Evangelio? Piénsalo bien, porque ahora es día de salvación.

Todos somos llamados al amor, pero esta llamada implica un camino a recorrer de conversión y de firmeza en el amor, hasta llegar a la santidad necesaria que nos introduzca en Dios. El punto de partida de este camino es la humildad, que además acompaña toda la vida cristiana. Así lo expresa el Padrenuestro, en el que nos reconocemos pecadores y testificamos el amor de Dios en nosotros.

La Misericordia de Dios se ha encarnado en Jesucristo y ha brotado de las entrañas de la Vida por la acción del Espíritu, y no para desvanecerse, sino para clavarse indisolublemente a nuestra humanidad, en una alianza eterna de amor gratuito, inquebrantable e incondicional, de redención regeneradora, que justifica, perdona y salva.

Conocer este amor de Dios, es haber sido alcanzado por su misericordia y fecundado por la fe contra toda desesperanza, para entregarse indisolublemente a los hermanos.

A aprender este conocimiento de Dios y esta misericordia envía el Señor a los judíos, y también nosotros somos llamados a ello, para que la Eucaristía, a través de esta palabra sea: “Misericordia y no sacrificios; conocimiento de Dios más que holocaustos”.

           Que así sea.

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Jueves 13º del TO

 Jueves 13º del TO

Mt 9, 1-8

 Queridos hermanos:

           El amor de Dios por el hombre no queda anulado por el pecado. Dios es fiel, y su amor no mengua ante nuestra infidelidad; ha enviado a Jesucristo como cumplimiento de sus promesas, y ha sellado su alianza en la sangre de Cristo para el perdón de los pecados. Siendo amor, no puede negarse a sí  mismo, y a pesar de nuestra infidelidad, permanece fiel.

          Entre la fidelidad de Dios y la del hombre, media la fe, por la que le son perdonados sus pecados y le es dado el Espíritu Santo, para que el hombre no sólo quede curado, sino también fortalecido para seguir al Señor haciendo la voluntad de Dios. El sí de Dios al hombre, que se ha mantenido a través de la historia a pesar de la infidelidad humana y que ha llegado a su plenitud en Cristo, alcanza para el hombre a través de la fe, la promesa de Dios.

          El hombre acogiendo a Cristo, responde mediante la fe a Dios, que lo entrega para perdonar sus pecados. Por eso dice el Evangelio que Cristo “viendo la fe de ellos” afirma que los pecados del paralítico están perdonados. Sólo menciona los pecados del paralítico porque es en él, en quien va a realizar la señal, pero la fe que comparten, les alcanza también la justificación y el perdón. La fe del paralítico al que Cristo llama “hijo” queda implícita en la de aquellos que le ayudan y en la obra que realizan juntos, de la misma manera que lo está el perdón de aquellos de los que se proclama su fe, en el perdón del paralítico.

          Es importante destacar la “obra” que realizan juntos de: “abrir el techo encima de donde él estaba”, y que el evangelista interpreta diciendo: “Viendo la fe de ellos”. Hay ocasiones extremas en las que la oración, requiere pasar a la acción heroica de un amor por el que se niega uno a sí mismo en favor del otro; que no sólo implica nuestra preocupación o nuestro tiempo, sino que incluso requiere involucrar nuestro dolor o nuestra propia vida, como ha hecho Cristo por nosotros.

          Cristo relaciona la capacidad de perdonar con la de curar: “Para que veáis que el Hijo del hombre tiene en la tierra poder de perdonar...“ La enfermedad y la muerte, hacen referencia al pecado, y por ello el perdón del pecado vence también la muerte que actúa en la enfermedad. Cristo une con frecuencia las curaciones a la fe que perdona los pecados, y el perdón al amor que lo hace visible.  En efecto, donde está el amor lo están también la fe y la esperanza, y no tiene cabida el pecado.

          Los prodigios del pasado, en los que Dios mostró su amor salvando a Israel de Egipto y perdonando sus pecados, se renuevan ahora en Cristo, que salva definitivamente a su pueblo de los pecados, perdón por el que se ha hecho siervo el Señor, tomando condición de esclavo. Amor salvador de Dios, como había anunciado el ángel a María; amor, que es significado a través de las curaciones y que hace brotar la glorificación y las alabanzas a Dios, que obra maravillas.

          También nuestra fe debe hacerse visible a todos en el amor a los hermanos y en la intercesión por ellos al Señor que ve los corazones. La fe debe llegar a ser “fidelidad” para que la justificación se traduzca en vida, y vida eterna, como dice la Escritura: ”El justo vivirá por su fidelidad” (Ha 2, 4), (cf. Rm 1, 17).

          Que la Eucaristía, sacramento de nuestra fe, borre nuestros pecados y nos alcance la salvación y la vida eterna, intercediendo por nuestros hermanos.

           Que así sea.

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Miércoles 13º del TO

 Miércoles 13º del TO

Mt 8, 28-34

 Queridos hermanos:

           Podemos sacar muchas enseñanzas de esta palabra. La primera nos la sugiere la Escritura: ¿Qué es el corazón humano para que puedan albergarse en él dos mil demonios?, habiendo sido creado por Dios para habitar en él, de forma que nada ni nadie, sino Dios lo puede saciar. Nuevamente nos enfrentamos al problema de la existencia del mal, por el escándalo del sufrimiento y de la libertad, que cuestionan el poder, la misericordia y la bondad de Dios. ¿El Señor que ha sacado a un pobre hombre de la esclavitud del diablo, no podía haber evitado tanto sufrimiento?

          El sufrimiento hunde sus raíces en el pecado, y el pecado en la libertad, que condiciona el fin para el que el hombre fue hecho a imagen y semejanza de Dios: Relacionarse con Él en el amor. El amor de Dios no se limita a crear al hombre con la capacidad de relacionarse con él en el amor, sino que implica su voluntad de redimirlo de su extravío y de sus consecuencias, a costa del sufrimiento de su Hijo amado.

          Respetando la libertad del hombre, Dios saca el bien del mal, y fruto sobreabundante, aún del escandaloso sufrimiento de los “inocentes”, como lo hizo con su propio Hijo para nuestra salvación. No hay esclavitud ni depravación tan grande que pueda impedir la salvación, con la que Dios quiere regenerar al hombre.

          En este pasaje del Evangelio, Jesús parece haber ido a aquel lugar exclusivamente a curar a aquel pobre hombre, pero sobre todo ha ido a concederle encontrarse con él; a suscitar su fe, la de aquella gente, y a fortalecer la de sus discípulos. Desembarca, cura, y regresa de nuevo al lago. 

          La palabra de hoy nos hace presente la seriedad de la vida y lo triste que puede llegar a ser la situación de un hombre, en las manos del diablo. La misma grandeza del hombre le hace susceptible de una gran ruina. Pensar que en el corazón (mente y voluntad) del hombre que sólo Dios puede saciar pueden caber dos mil demonios es para meditarlo seriamente.  Con que facilidad vivimos neciamente dejando al maligno adueñarse de nosotros. Para el Señor, un hombre, su corazón, vale el mundo entero; por supuesto, más que muchos pajarillos y más que dos mil cerdos.

          Vemos, pues, a Cristo compadecerse de las gentes, pero es evidente que, su misión no se reduce a aliviar el sufrimiento, sino a erradicar y perdonar el pecado suscitando la fe. En sus milagros distingue curación y salvación. La curación es temporal, pero la salvación es eterna. La verdadera misericordia de Dios no consiste en que el hombre deje de sufrir, sino en que no se pierda eternamente.

           Es maravilloso que un ciego vea, que un paralítico camine, o que un endemoniado se cure, pero es infinitamente superior que un pecador se convierta y crea.

          Quien ha sido alcanzado por la misericordia del Señor como el endemoniado, es enviado a testificarla en el mundo, proclamando su salvación. Es un deber de gratitud hacia el Señor que ha usado de misericordia con él. “Es bien nacido, quien es agradecido.”

          La Eucaristía viene en nuestra ayuda y nos sienta a la mesa con Cristo, que ha tomado sobre sí, la muerte de nuestros pecados para alcanzarnos la resurrección.

           Que así sea.

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