Domingo 5º del TO A

Domingo 5º del TO A.

Is 58, 7–10; 1Co 2, 1– 5; Mt 5, 13–16

Queridos hermanos:

Hablar de sal y de luz es hablar de amor. Salar e iluminar están en relación: hacen referencia a servir, a darse, a gastarse, a amar. Tener amor hace feliz, porque el amor está en la raíz de nuestra naturaleza recibida de Dios. Pero al hablar de Dios no decimos que “tiene” amor, sino que “es” amor; porque tener amor queda en uno mismo, mientras que ser amor implica irradiarlo, entregarlo, amar. Ya lo decían los latinos: el amor es difusivo. Si el amor hace feliz al que lo posee, el amar —el ser amor— hace feliz a aquel que es amado. A falta de ese amor, los hombres buscan inútilmente su felicidad en poseer cosas: afecto, dinero, fama, etc.

Cristo es la irradiación del amor de Dios, que ha brillado en la cruz y que hace felices a quienes lo reciben. Pero su obra no ha sido sólo amarnos, no ha sido únicamente darnos amor, sino hacernos amor, y amor difusivo que ame a los demás: “Vosotros sois la sal; vosotros sois la luz”. Hemos recibido del Espíritu Santo la naturaleza divina del amor para amar, salar e iluminar al mundo, para que también otros reciban el amor de Dios y puedan transmitirlo, perpetuando así la salvación de Cristo hasta el fin de los tiempos.

El Señor, que había dicho a unos galileos: “Seguidme y os haré pescadores de hombres”, después de haberlos formado con su palabra y con su vida —caminando con ellos, sufriendo y orando con ellos—, les dice ahora, y también a nosotros: “Vosotros sois la sal de la tierra y la luz del mundo”. Les indica no sólo lo que deben hacer y cómo deben vivir, sino lo que ahora son y lo que están llamados a ser en medio del mundo, hasta los confines de la tierra. Una condición de la que no les será lícito desertar, como recuerda la Carta a Diogneto.

La nueva condición de ser “sal” y “luz”, a la que el Señor se refiere, implica la misión que nos confía y el servicio que nos encomienda; pero no como una tarea externa o un compromiso del que tomar conciencia, sino como consecuencia de la nueva naturaleza recibida del Espíritu Santo y de la transformación ontológica que se opera en nosotros por la fe en Jesucristo.

Al tratarse de una misión universal confiada a los discípulos, será el mismo Espíritu quien los disemine hasta los confines de la tierra; e incluso permaneciendo entre los suyos, serán como extranjeros en su propia patria. Ya duerman o se levanten, su luz brillará en medio de las tinieblas de un mundo a oscuras, guiado por ciegos, y estará levantada sobre el candelero de la cruz.

Su vida, sazonada con lo propio de la sal —que es morder y escocer sin dejar que se corrompa la voluntad—, será signo de estabilidad, de durabilidad, de fidelidad y de incorruptibilidad, cualidades siempre buscadas en cualquier pacto (Nm 18,19).

Así quiere Dios que el hombre se presente siempre ante Él (Lv 2,13): con la sal, signo de su alianza de amor, por la cual ha sido convocado a su presencia. “Permaneced en mi amor; el que persevere hasta el fin se salvará, porque separados de mí no podéis hacer nada”. Como dice la Escritura: “Todos han de ser salados con fuego” (Mc 9,49). Pero frente al ardor que debe afrontar toda alteridad, esta sal será refrigerio de paz (Mc 9,50), dominio en las palabras (Col 4,6) y capacidad para soportar injurias y despojos (1 Co 6,7), asumiendo el mal (Mt 5,39).

El amor de Dios, en Cristo, ha encendido una luz en el mundo y ha dado un sabor nuevo a la historia, que nosotros debemos conservar con nuestra incorrupción. Él nos ha devuelto a la Vida para que el mundo sea liberado de la oscuridad y del sinsentido de la muerte. Por tanto, somos sal para nosotros mismos —para conservar el sabor y el buen olor de Cristo— y luz para el mundo, que debe ser iluminado por Él.

La luz de nuestras buenas obras debe brillar ante los hombres, para que Dios, nuestro Padre, sea glorificado y ellos sean bendecidos; y mientras nosotros morimos, el mundo reciba la vida, como dice san Juan Crisóstomo (Hom. sobre Mateo 15,6).

Primero se debe vivir y luego se puede enseñar (Pseudo-Crisóstomo, Hom. sobre Mateo 10). Cuánta importancia tiene, por tanto, la fidelidad de los discípulos a una misión que se identifica con su propio ser. Por eso, si la sal se desvirtúa, no sirve para nada más que para ser pisada por los hombres, que quedarían privados del conocimiento de Dios. La sal se desvirtúa cuando, por amor a la abundancia o por miedo a la escasez, los discípulos van tras los bienes temporales y abandonan los eternos, como enseña san Agustín (Sermo Domini 1,6).

Proclamemos juntos nuestra fe.                                                                                                                                                            www.cowsoft.net/jesusbayarri  

 

Sábado 4º del TO

Sábado 4º del TO

Mc 6, 30-34

Queridos hermanos:

Como nos muestra el Evangelio, todo tiene su tiempo: su tiempo el trabajo y su tiempo el descanso. Así lo ha querido el Señor, al darnos esta realidad corporal que arrastra las debilidades de una carne sometida a las consecuencias del pecado (Gn 3,17), pero sostenida por la esperanza de su glorificación y por el auxilio de la bondad divina en este destierro.

El Señor educa a sus discípulos —que serán también pastores en su nombre— enseñándoles a sacrificar incluso su descanso para compadecerse de quienes, careciendo de todo, “vejados y abatidos”, acuden a ellos. Sólo el amor hace posible el don sin medida y el verdadero descanso. “Mi Padre trabaja siempre, y yo también trabajo”. Dios descansa de crear el mundo, pero no de gobernarlo con amor ni de renovarlo cada día con su misericordia.

Dios quiere siempre el bien para su pueblo; provee a sus necesidades y lo defiende de los peligros, como hace un pastor con sus ovejas. Para esta misión suscita pastores que cuiden, en su nombre, de su rebaño; y si lo descuidan y las ovejas son atacadas por el lobo, les pide cuentas y los sustituye. Cuando los pastores fallan, Dios mismo declara: “Yo mismo apacentaré a mis ovejas” (Ez 34,15).

Hoy el Señor nos mira con amor y se compadece de nosotros, que andamos como ovejas sin pastor, a merced de tantos que buscan nuestro mal y nos dispersan con sus embustes. Y nos llama para que acudamos a Cristo. Cristo es el Buen Pastor que Dios ha suscitado para arrancar a las ovejas de las garras del maligno. Quien se une a Cristo está a salvo de todo mal. Quien escucha al diablo se deja seducir por las ideologías y los falsos profetas del mundo, que actúan a través de ciertos medios de comunicación, sectas, brujos y adivinos. En nombre de la libertad, del bienestar, de la cultura o de la ciencia, no son sino heraldos de Satanás que engañan y pervierten a cuantos andan dispersos y a merced de sus pasiones, haciéndolos caer en toda clase de trampas.

La Iglesia posee la Verdad del amor de Dios, con la que Cristo nos pastorea, ofreciéndonos los buenos pastos de su Palabra y el Espíritu Santo. Él es el verdadero Profeta al que hay que escuchar para vivir; nuestro guía que nos congrega, nos conduce y nos defiende: “Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados; tomad sobre vosotros mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vosotros; y hallaréis reposo para vuestras almas”.

Que así sea.

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Viernes 4º del TO

Viernes 4º del TO

Hb 13, 1-8; Mc 6, 14-29

Queridos hermanos:

La Palabra de hoy nos presenta la muerte de un profeta y, como dirá Cristo, de más que un profeta. “Y si queréis aceptarlo, él era Elías”. Es evidente el paralelismo entre la figura de Elías y la de Juan el Bautista. Ambos vivieron bajo reyes inicuos, con mujeres perversas que los odiaron y persiguieron; ambos purificaron la religión del pueblo, y ambos se retiraron al desierto como lugar de encuentro con el Señor.

Cristo había dicho que “no cabe que un profeta perezca fuera de Jerusalén”, y así, en Juan el Bautista, fue coronado Elías con una muerte digna de tan gran profeta, entregando su vida por fidelidad al Señor. Juan bautizó a Cristo y recibió de Él el bautismo de sangre. Reconoció al Mesías y se humilló ante Él, dándolo a conocer a sus discípulos. El amigo del Esposo lo presentaba a la novia.

Juan, el más grande entre los nacidos de mujer, recibió el Espíritu desde el seno materno; vio posarse sobre Cristo al Espíritu y permanecer en Él, y anunció su efusión sobre el pueblo. Pero tuvo que esperar la resurrección del Señor para que se abrieran ante él las puertas del Reino y pudiera alcanzar, con Abrahán, Isaac, Jacob y todos los justos, el Paraíso.

Hijo de Zacarías —“recuerdo del Señor”— y de Isabel —“descanso”—, nace Juan: “Dios es favorable”. Ese será su nombre, y él será el llamado a encarnar el kairós por excelencia de la historia. Nace entre el gozo y la admiración de sus paisanos, y muere en la alegría de haber escuchado la voz del Esposo que viene a tomar posesión de la novia. Anunció a todos el Reino, pero quienes rechazaron su bautismo —fariseos y legistas— frustraron el plan de Dios sobre ellos (Lc 7,30).

Brilló un instante como un relámpago en la noche, y su luz se eclipsó ante el Sol de justicia que trae la salvación en sus rayos. Clamó en el desierto, pero el eco de su voz se desvaneció ante la Palabra.

Nosotros, que nos gozamos en su nacimiento, nos unimos hoy a toda la Iglesia en su martirio. Somos edificados por su humildad y fortalecidos por su consagración total a Dios, por su sumisión y su parresía al llamar a la conversión.

Ahora viene a unirse a nosotros, gratuitamente invitados al banquete del Reino que él anunció y al que nos ha precedido junto con Abrahán, Isaac y Jacob, los ángeles y los santos, para gloria de Dios.

Bendigamos al Señor en la Eucaristía y pidámosle la misma sumisión a su voluntad que tuvo su Precursor.

 Que así sea.

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Jueves 4º del TO

Jueves 4º del TO

Hb 12, 18-19.21-24; Mc 6, 7-13

Queridos hermanos:

En esta Eucaristía, el Señor nos presenta la misión. Cristo es el amor de Dios hecho llamada, envío y misión, que se perpetúa en el tiempo a través de los discípulos invitados a su seguimiento. Toda llamada a la fe, al amor y a la bienaventuranza lleva consigo una misión de testimonio, cuyas raíces son el amor recibido y el agradecimiento. Pero existen también distintas funciones, como ocurre con los diversos miembros del cuerpo, que el Espíritu suscita y sostiene por iniciativa divina para la edificación del Reino, y que son prioritarias en la vida de quien es llamado.

Es la misión la que hace al misionero. Amós es llamado y enviado sin ser profeta. Nosotros somos llamados por Cristo a llevar a cabo la obra de Dios para saciar la sed de Cristo, que es la salvación de los hombres. Esta salvación debe ser testificada por aquellos que han sido elegidos por Dios desde antes de la creación del mundo para ser santos por el amor.

Dios quiere hacerse presente en el mundo a través de sus enviados, para que el hombre no ponga su seguridad en sí mismo, sino en Él. Constantemente envía profetas y concede dones y carismas que purifican a su pueblo, haciéndolo volver a Dios y evitando que se quede en las cosas, en las instituciones o en las personas.

Cristo es enviado a Israel como “señal de contradicción”. Lo acojan o no, Dios habla a su pueblo a través de su enviado. Por su misericordia, Dios fuerza al hombre a replantearse su posición ante Él y así le ofrece la posibilidad de convertirse y vivir.

En estos últimos tiempos, en los que la muerte será destruida para siempre, Cristo envía a los anunciadores del Reino, proclamando el “Año de gracia del Señor”.

El seguimiento de Cristo es, por tanto, fruto de la llamada de Dios, a la cual el hombre debe responder libremente, anteponiéndola a cualquier otra cosa que pretenda acaparar el sentido de su existencia. La llamada mira a la misión y, en consecuencia, al fruto, proveyendo la capacidad de responder y la virtud de realizar su cometido, aun cuando se trate de objetivos superiores a las propias fuerzas. Solo en la respuesta a la llamada se encuentra la plenitud de sentido de la existencia, que constituye la primera explicitación de la llamada libre de Dios.

El Reino de Dios es el acontecimiento central de la historia, que se hace presente en Cristo y se anuncia con poder. La responsabilidad de acogerlo o rechazarlo es enorme, porque en él se encierra la salvación de la humanidad. Los signos que lo anuncian son potentes contra todo mal, incluida la muerte. Acogerlo implica recibir a quienes lo anuncian con el testimonio de su vida, porque en ellos se acoge a Cristo y a Dios, que lo envía.

En su infinito amor, Dios tiene planes de salvación para los hombres, como vemos en la figura de José, enviado por delante de sus hermanos a Egipto. Pero, aun con su poder, sus planes no se realizan por encima de la libertad humana, lo cual implica las consecuencias del pecado: la envidia de los hermanos de José, la lujuria de la mujer de Putifar y, en el caso de Cristo, la incredulidad de los judíos y todos nuestros pecados, que le procuran su pasión y muerte.

También sus discípulos, enviados a encarnar la misión del anuncio del Reino, van con un poder otorgado por Cristo, que no los exime de la libertad de quienes los reciben y, por tanto, de las consecuencias de su rechazo o de su acogida.

Con todo, queda manifiesta la importancia del anuncio del Reino, ante el cual todo debe quedar relegado y ocupar su lugar. Lo pasajero debe dar paso a lo eterno y definitivo; lo material, a lo espiritual; lo egoísta, al amor.

 Que así sea.

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Miércoles 4º del TO

Miércoles 4º del TO

Mc 6, 1-6

Queridos hermanos:

La palabra de hoy nos sitúa ante dos problemas a los que se enfrenta la razón del hombre frente a la fe: el escándalo de la encarnación y la tentación de proyectar en Dios nuestras expectativas. El primero consiste en aceptar que nuestra relación con Dios tenga que pasar por la mediación de hombres como nosotros: un problema, por tanto, de humildad, ante el que se resiste el orgullo humano.

Israel rechaza que Dios haya querido encarnarse en “el hijo del carpintero”, como rechazó siempre a los profetas que, independientemente de la jerarquía, lo llamaban a la conversión; rechaza que el Mesías no venga de la casta sacerdotal, sino de Galilea.

El peligro está en creer que servimos al Señor cuando, en realidad, solo obedecemos a nuestra propia razón, es decir, a nosotros mismos, a aquello que podemos comprender y que nos parece bien. El hombre debe discernir los caminos de Dios y acudir allí donde sopla el Espíritu. Servir a Dios implica entrar tantas veces en el absurdo de la cruz, ante el cual nuestra razón se rebela. La fe es, precisamente, la entrega a Dios de nuestra mente y de nuestra voluntad.

Dios ha querido siempre manifestarse a través de sus enviados, hombres inspirados por su Espíritu, hasta que en Cristo su presencia en el hombre se hace total y definitiva. Es Dios quien elige cómo, cuándo y a través de quién desea manifestarse. Él elige, fortalece y envía: «Quien os acoge, me acoge a mí; y quien me acoge a mí, acoge a aquel que me ha enviado».

Dios, ante las necesidades concretas de su Iglesia, suscita dones y carismas que la edifiquen y la purifiquen; y aunque las instituciones eclesiales y las normas son obra suya, en ocasiones llama y envía a un “irregular”, un carismático, como hizo con los profetas. En toda la historia de la Iglesia se da esta dialéctica entre institución y carisma, como se dio en el Antiguo Testamento: Moisés y Aarón, Esdras y Nehemías; y en el Nuevo Testamento: Pedro y Pablo. El paradigma es, una vez más, Cristo, a quien Dios suscita del pueblo, sin pertenecer a la jerarquía: “el hijo del carpintero”, el hijo de María.

La jerarquía tiene la responsabilidad de discernir y acoger los dones y carismas de Dios; por ello necesita estar siempre vigilante y en comunión con la voluntad divina a través del Espíritu. San Lucas nos presenta un ejemplo claro de esta responsabilidad cuando afirma que fariseos y legistas, al no acoger el bautismo de Juan, frustraron el plan de Dios sobre ellos (cf. Lc 7,30).

Al igual que en la encarnación del Hijo de Dios en la debilidad humana, al hombre le cuesta aceptar a Dios en sus enviados; se escandaliza y endurece el corazón. Estamos dispuestos a ser deslumbrados por el poder de Dios, pero no a que venga envuelto en la debilidad de nuestra carne. Israel dijo: “Dios sí, pero Cristo no”. Hoy se dice: “Cristo sí, pero la Iglesia no”; “el cura sí, pero el catequista no”; “el catequista sí, pero el laico no”. El problema de la encarnación golpea el orgullo humano, que se resiste a humillarse ante otro hombre. Pretendemos que Dios se nos imponga con su poder, pero Él es fiel al don de la libertad que nos ha dado para amar.

En ocasiones también el enviado, como san Pablo, se queja de tener que cargar con su debilidad en la misión, porque relativiza sus dones. Pero Dios es grande en la debilidad. Eso debe bastarle. Así, la fe brilla en la libertad y en la humildad del hombre, sin que Dios se imponga con su poder.

Para dar el salto a la fe, el hombre debe responder a la pregunta del Evangelio: «¿De dónde le viene esto?». Pero eso supone reconocer la presencia de Dios en el hombre y, por tanto, obedecerle; por ello, con frecuencia, el hombre se niega a responder. Al quedar al margen de la fe, el poder de Dios queda frustrado por nuestra libertad, como se dice de Jesús en el Evangelio: «No podía hacer allí ningún milagro».

El profeta hace presente a Dios, y a quienes están fuera de su voluntad les recuerda su desvarío tan solo con su presencia. Si se obstinan neciamente en su maldad, tendrán que responder ante Dios; pero, al mismo tiempo, se les ofrece la gracia de arrepentirse y vivir.

Cristo, con su presencia, hace visible la misericordia de Dios y su juicio, como dijo el anciano Simeón: «Éste está puesto para caída y elevación de muchos; signo de contradicción».

El segundo problema es quizá más grave: consiste en reducir la inmensidad del plan amoroso de Dios a lo que nuestra carne y nuestra pequeña razón pueden imaginar. Israel no solo tiene dificultad en aceptar al Mesías elegido por Dios, sino que rechaza la salvación concreta que Cristo viene a realizar. Mientras las expectativas del pueblo se centran en que Dios remedie la situación de postración, explotación y sometimiento a la injusticia y corrupción de Roma, se encuentra frente al “año de gracia del Señor”, ante el cual el pueblo mismo debe convertirse de la perversidad de sus pecados y poner su corazón en Dios.

El mismo Juan Bautista se ve arrollado por el torrente inaudito de la misericordia divina, que lo deja perplejo. Nadie puede parapetarse en la pretendida justicia de ser hijo de Abrahán ni en el privilegio de ser pueblo elegido, rechazando la gracia y la misericordia ofrecidas gratuitamente por Dios. La venganza y la justicia que esperan sobre sus enemigos exteriores será, en realidad, la liberación de la opresión del pecado y del diablo, que Cristo asumirá en sí mismo, ofreciéndose por todos en la cruz: «No me quitan la vida; la doy yo voluntariamente».

Este es el sacramento de nuestra fe, como proclamamos en la Eucaristía: Cristo que se entrega a la voluntad del Padre, que le presenta la cruz. A esta entrega de Cristo nos unimos nosotros en la comunión eucarística.

Hoy somos invitados a este sacrificio, sacramento de nuestra fe, que es vida eterna para quienes apoyan su vida en Dios.

Que así sea.

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Martes 4º del TO

Martes 4º del TO

Mc 5, 21-43.

Queridos hermanos:

De nuevo, la Palabra nos invita a contemplar la fe que salva y que cura, para suscitarla en aquellos que acuden a Cristo como signo de la presencia de Dios en Él. Por la fe se aferra la vida, y la muerte queda vencida por el perdón de los pecados. La precariedad de la existencia ansía la plenitud de la vida, que es Dios. La fe es fruto del don divino, que se revela al espíritu humano como moción interior, a la que se unen el testimonio humano y el testimonio del Espíritu, apoyados fundamentalmente en las Escrituras y en la predicación del Kerigma, otorgando la certeza de la Verdad del Amor de Dios.

Los discípulos, acogiendo la predicación, las señales y la caridad de Cristo, creen en Él como Maestro, Profeta y Enviado de Dios; pero será el Espíritu Santo quien testifique a su espíritu su divinidad, su ser Hijo del Altísimo, transformando sus creencias en fe. Una fe que se acompaña de la esperanza y del amor, y que, unida a la moción interior, se hace operante en la súplica y la intercesión, en el sacrificio de la entrega, en la obediencia que se crucifica en la confianza y en el dolor que conmueve y conduce a la compasión.

En medio de la precariedad de este mundo, donde todo es transitorio y sujeto a la corrupción debido a la constante dialéctica a la que lo somete la muerte, Cristo hace presente la vida definitiva a la que el hombre está llamado a acceder por la fe en Él. Ninguna adversidad puede frenar la providencia, la misericordia y el poder de Dios, que sólo se detiene ante nuestra libertad, suscitando y esperando nuestro amor.

No nos basta que Cristo haya resucitado y recibido todo poder, ni es suficiente oír hablar de Él. Es necesario tener un encuentro personal con Él mediante la fe, en lo profundo del corazón, que ilumine la mente y mueva la voluntad al amor de Dios que se revela. Como vemos en el Evangelio, la cercanía física no basta, como tampoco el parentesco o la vecindad. El sacramento mismo de la Eucaristía, en el que no sólo se toca sino que se come a Cristo, es sacramento de fe para vida eterna. Postrar ante Él —que se nos acerca por amor— la mente y la voluntad: eso es la fe.

Ante Cristo, por la fe, se desvanece la impureza de la mujer, se detiene la hemorragia de su vida y se expulsa la muerte de la niña y de toda la humanidad, no sólo física sino también espiritual, y se nos concede la vida eterna. Todos necesitamos esta fe que nos salva y que nos mueve a interceder por la salvación de todos los hombres.

Cristo se nos acerca hoy como a la hemorroísa y al archisinagogo, y nos invita a no temer, sino a tener fe. En efecto, la fe expulsa el temor mediante el amor que el Espíritu derrama en nuestro corazón.

 Que así sea.

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La Presentación del Señor

La Presentación del Señor (y Purificación de la Virgen María).

Ml 3, 1-4; Hb 2, 14-18; Lc 2, 22-40.

Queridos hermanos:

Celebramos hoy esta fiesta que popularmente llamamos “La Candelaria”, celebrada desde el siglo V en Jerusalén y desde el VII en Roma, en la que contemplamos a Cristo, “luz de las gentes”, como llama Isaías al Siervo, o “luz de las naciones”, como lo proclama Simeón al recibir al Salvador. Cristo mismo dirá: “Yo soy la luz del mundo”. El Señor, por medio de Simeón y Ana, nos presenta a su Hijo como Salvador y Redentor, luz del mundo, gloria de su pueblo y señal de contradicción; caída y elevación de muchos en Israel, y en María, espada que atravesará su alma.

Siempre que Cristo aparece en la Escritura, le acompaña la cruz: candelero en el que el Padre ha puesto su luz para que alumbre a todos los de la casa, anuncio de su Misterio Pascual, que es muerte y resurrección: “Escándalo para los judíos y necedad para los gentiles; mas para los llamados, fuerza de Dios y sabiduría de Dios”.

Todos los primogénitos debían ser presentados al Señor como rescate, habiendo sido salvados por Él en Egipto mediante la sangre de un cordero. Cristo es introducido por sus padres en el Templo para ser consagrado al Señor y para pagar por Él el rescate de los primogénitos, según prescribe la Escritura (Ex 13, 2.11–12), equivalente a cien óbolos (Nm 18, 16). Se hace presente así la salvación pascual de su pueblo, liberado de la esclavitud de Egipto, figura que en Él alcanza su pleno cumplimiento, total y universal.

Hoy contemplamos esta Luz hecha carne por nosotros, entrando por primera vez en el Templo. La tradición lo celebraba con las candelas encendidas, pues también nosotros, por el Espíritu de Cristo, somos portadores de su luz y, según sus propias palabras, luz para el mundo.

Además, el Evangelio de Lucas (2, 24) añade: “y ofrecer en sacrificio un par de tórtolas o dos pichones, conforme a lo que se dice en la Ley del Señor” (Lv 12, 6–8), en referencia a la purificación de María a los cuarenta días del parto.

Nosotros, al recordar este acontecimiento profético, celebramos el memorial sacramental de su pleno cumplimiento en la Pascua de Cristo: la muerte ha sido vencida en la Pascua de este Cordero inmolado, y el faraón diabólico ha sido despojado de sus cautivos. Velemos, pues, porque el Señor nos visita con frecuencia en busca del fruto del amor que Él mismo ha derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo, como luz que nos ilumina, uniéndonos también a su misión de ser señal de contradicción, misión que acogemos con nuestro amén en la comunión de su Cuerpo y de su Sangre.

 Que así sea.

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