Domingo 2º de Cuaresma A

Domingo 2º de Cuaresma A

Ge 12, 1-4a; 2Tm 1, 8b-10; Mt 17, 1-9.

Queridos hermanos:

En este segundo domingo de Cuaresma, tiempo de pruebas y privaciones, segunda etapa de nuestro camino hacia la Pascua, hacia el encuentro con Cristo Resucitado, la liturgia de la Palabra nos presenta otro camino de pruebas y tentaciones: el de Abrahán, llamado por Dios, que tuvo que recorrerlo en cumplimiento de una Promesa destinada a culminar en la bendición de todos los pueblos de la tierra. Siguiendo la llamada divina, Abrahán debe cortar las amarras del clan, dejando casa, familia, patria, trabajo y religión, para iniciar la aventura de la fe.

También Israel, en Egipto, recibe la llamada de Dios que lo pone en camino en obediencia a su Palabra y, retomando la promesa hecha a Abrahán, lo lanza a la conquista de una tierra que es presagio del cumplimiento de las ansias de trascendencia que anidan en el corazón humano. Por eso, el caminar por el desierto, a la escucha del Señor, habitando en tiendas y dependiendo de su providencia, mientras sus caminos coinciden con los de Dios, será siempre para Israel un tiempo idílico, entrañable, añorado e idealizado, que cristaliza en la Fiesta de las Tiendas, Sucot, en la que todo judío piadoso debe pernoctar en una cabaña, haciendo presente así su caminar por el desierto a la salida de Egipto, cuando recibió la Alianza y prometió escuchar la Palabra del Señor. Esto es lo que hace exclamar a Pedro: “Hagamos tres tiendas”, “sin saber lo que decía”, como señala Lucas. Antes, en efecto, de que la visión beatífica sea permanente, hay que descender del monte y subir a Jerusalén; antes de levantar la cabeza, hay que beber del torrente; antes de que la cruz sea gloriosa, hay que cargar con su ignominia.

También nuestra vida, como camino, adquiere una meta y, por tanto, una dirección y un sentido en pos de la consecución de una promesa que es también misión, iluminada por la fe. Ambas, fe y vida, se amalgaman y se potencian mutuamente en un camino que es catarsis de la existencia. Como dice la Escritura, cuando el hombre, abandonando su vocación peregrinante en esta vida, se instala y deja de tender a la meta de su predestinación gloriosa, se corrompe.

Pero tanto Abrahán como Israel han experimentado que, aun en su cumplimiento, todas las promesas de Dios quedan abiertas a una plenitud mayor, trascendente, universal y definitiva, que sólo se alcanzará con la llegada del Mesías: El Profeta revelado a Moisés en el monte (Dt 18, 15.19), a quien hay que escuchar; el Elegido, el Predilecto, el Siervo, el Hijo amado de Dios, en quien su alma se complace. En pos del cumplimiento definitivo de las promesas, Cristo se encamina a Jerusalén para consumar su misión, como especifica Lucas (9, 31).

Todo esto queda sintetizado en el Evangelio de hoy, cuando “toma Jesús consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y los lleva aparte, a un monte alto”. Allí Dios va a manifestar a su Hijo como Palabra que debe ser escuchada para tener vida.

Así también Moisés llevó al pueblo a través del desierto hasta el monte Sinaí, al encuentro con Dios, para recibir su Palabra. Por eso todas las figuras del pasaje evocan el desierto y la Alianza: el monte desde el que Dios manifestó su Palabra a Moisés; Elías, que a través del desierto es llamado, como Moisés, al encuentro con Dios en el monte; la nube, luminosa de noche y sombra protectora de día; el rostro luminoso de Cristo, como el de Moisés; y la voz de Dios. Todo remite también al Mesías: al nuevo Moisés y al Profeta que todos deberán escuchar para mantener su pertenencia al Pueblo de Dios (Hch 3, 22-23).

El camino de acercamiento progresivo al hombre, iniciado con Abrahán, atrayéndolo con la promesa de una bendición universal, llega a su pleno cumplimiento en Cristo, en quien Dios se deja conocer plenamente; en quien ha puesto su tienda en medio de nosotros para siempre; y en quien ha bendecido a “todos los linajes de la tierra”, destruyendo la muerte para siempre y para todos.

En Cristo, la bendición y la promesa hechas a Abrahán alcanzan su plenitud. Él es “mi Hijo amado, en quien me complazco; mi Elegido” (Lc 9, 35); “mi Siervo, a quien yo sostengo” (Is 42, 1): escuchadle. Dios había inspirado a Isaías la figura del Siervo como el Elegido; ahora el Padre revela que su Siervo, el Elegido, es su Hijo amado, el Profeta prometido al que hay que escuchar para vivir.

El camino de Abrahán, el del pueblo por el desierto y el de Cristo nos guían en nuestro camino cuaresmal, en el cual, a través de la consolación de las Escrituras —Moisés y Elías—, escuchamos la voz del Padre, acogemos su Palabra escuchando a Cristo y, con Él, somos fortalecidos para vivir la Pascua: su paso al Padre, “su partida, que iba a cumplir en Jerusalén” (Lc 9, 31), a la que también nosotros somos llamados en la Eucaristía con “vocación santa”, asumiendo los “sufrimientos del Evangelio”, como dice san Pablo en la segunda lectura.

 Proclamemos juntos nuestra fe.

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Sábado 1º de Cuaresma

Sábado 1º de Cuaresma

Dt 26, 16-19; Mt 5, 43-48

Queridos hermanos:

Después de hablar del pecado como una realidad existencial y no sólo legal, hoy contemplamos las leyes y preceptos que Dios dio a Israel. Aquellas disposiciones no eran simples normas: eran sabiduría, cultura y santidad. Por eso Israel quedó colocado muy por encima de las naciones circundantes, no sólo distinto de todos los pueblos, sino verdaderamente superior en todo: física, social y moralmente.

Aún mayor —como veíamos ayer— es la desproporción entre la santidad cristiana y cualquier otra sobre la tierra. La perfección de Dios es tan inalcanzable para la mente y la voluntad humanas como lo es Dios mismo. Sólo conocemos de Él lo que ha querido revelarnos directamente o a través de sus obras. Del mismo modo, nuestra participación en el ser y en los dones que recibimos de Él nunca podrá compararse con el ser divino ni con sus atributos.

Los antiguos recibieron el imperativo de ser santos porque Dios es santo; nosotros recibimos el de ser perfectos, porque Dios ha querido comunicarnos su propia naturaleza. La perfección de aquellos no podía igualarse a la nuestra, porque lo que ellos conocieron de Dios no es comparable con lo que nos ha sido concedido en Cristo: el Espíritu Santo, que hemos recibido para ser hijos, participando de su misma naturaleza. Por eso dice Jesús: “Si vuestra justicia no es superior a la de los escribas y fariseos, no entraréis en el Reino de los cielos”; al que se le dio mucho, se le pedirá más.

En el libro del Eclesiástico leemos: “El Altísimo odia a los pecadores y dará a los malvados el castigo que merecen” (Eclo 12, 6). Y también san Pablo dice: “Ni impuros, ni idólatras, ni adúlteros, ni afeminados, ni homosexuales, ni ladrones, ni avaros, ni borrachos, ni ultrajadores, ni explotadores heredarán el Reino de Dios” (1 Co 6, 9-10). Pero añade: “Y tales fuisteis algunos de vosotros”. En el don de este amor gratuito del Espíritu Santo hemos sido llamados a una vida nueva y a una justicia nueva en el amor, que responde a la gracia y a la misericordia recibidas: “Habéis sido lavados, habéis sido santificados, habéis sido justificados en el nombre del Señor Jesucristo y en el Espíritu de nuestro Dios”.

Podemos comprender el mandato “sed perfectos” diciendo: sed perfectos con los demás, como yo lo soy con vosotros; “amaos como yo os he amado”. El amor es, en efecto, la perfección del Hijo que el Evangelio nos muestra, y estamos llamados a que sea también la nuestra, si al recibir el Espíritu Santo Él derrama en nuestros corazones el amor de Dios: “Para que seáis hijos de vuestro Padre celestial”.

La perfección del Padre celestial, que hace salir su sol sobre buenos y malos y manda la lluvia también sobre los pecadores, se reproduce en el Hijo, que se entrega por todos. Y es preceptiva en sus discípulos, para que el mundo la reciba por el amor: “Quien a vosotros recibe, a mí me recibe; y quien me recibe a mí, recibe a Aquel que me ha enviado”.

  Que así sea.

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Viernes 1º de Cuaresma

Viernes, 1º de Cuaresma

Ez 18, 21-28; Mt 5, 20-26

Queridos hermanos:

El Reino de los Cielos es Cristo, y entrar en Él es recibir el Espíritu Santo por la fe, una fe que debe producir obras incomparablemente superiores a las de la Ley de Moisés: superiores en el amor y en el perdón. El Reino de los Cielos no se fundamenta en el temor, sino en el amor cristiano, que es la fuerza que lo impulsa y el criterio que lo gobierna. La primacía en el Reino es el amor, que es también el corazón de la Ley. Por tanto, una puerta cerrada al amor es también una puerta cerrada al Reino: “no entraréis en el Reino de los Cielos”.

Después de Juan Bautista, el Reino sembrado por la muerte de Cristo se desarrolla con su resurrección, a través de la fe en Él; y por esa fe se recibe una justicia mayor que la de todos los justos, desde Abel hasta Juan. Solo por la fe en Cristo se recibe el “Don” de Dios, que es su Espíritu: la vida divina se hace vida nuestra y su amor es derramado en nuestro corazón. Así también, nuestra virtud debe hacerse mayor que la de los escribas y fariseos, hasta alcanzar la perfección con que Dios ama, haciendo salir su sol sobre buenos y malos y enviando la lluvia también sobre los pecadores. Porque “a quien se le dio mucho, se le reclamará mucho; y a quien se le confió mucho, se le pedirá más” (Lc 12, 48).

La justicia del que está en Cristo, permaneciendo en su amor, supera la de los escribas y fariseos, no por la escrupulosidad en el cumplimiento de los preceptos de la Ley mosaica, sino por la interiorización del amor que el Espíritu Santo derrama en el corazón del creyente y que lo impulsa a amar. Pero quien se separa de la gracia de Cristo, desertando del ámbito del perdón y, por tanto, del amor, deberá enfrentarse al rigor de la Ley hasta que haya pagado el último céntimo. Si este amor se desprecia, se lesionan todas nuestras relaciones con Dios; quedan inútiles, porque Dios es amor. La fe se vacía y nuestra reconciliación con Dios se rompe; se quiebra nuestra unión con Él a través de Cristo. Volvemos a la enemistad con Dios, y nuestra deuda con el hermano clama a la justicia divina, como la sangre de Abel.

De ahí la urgencia de las palabras de Jesús en el Evangelio: “Ponte a buenas con tu adversario”. Expulsa el mal de tu corazón mientras puedes convertirte, porque de lo contrario la sentencia de tus culpas pesa sobre ti. Quien se aparta de la misericordia se sitúa de nuevo bajo la ira de la justicia; quien se aparta de la gracia se coloca bajo la Ley, sin los méritos de la redención de Cristo.

¿Qué otra cosa puede importar si no se restaura la vida de Dios en nosotros, y pretendemos vivir la nuestra a un nivel pagano, contristando al Espíritu que nos ha sido dado?

  Que así sea.

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Jueves 1º de Cuaresma

Jueves 1º de Cuaresma

Est 14, 3-5.12-14; Mt 7, 7-12

Queridos hermanos:

El tema que hoy retoma la Liturgia de la Palabra es la oración, que brota del conocimiento de la bondad de Dios y de su amor por todo lo que ha creado, y de manera especial por nosotros. Tampoco podemos olvidar su poder ni la necesidad que nos envuelve. Además, en la oración de petición debemos considerar la dimensión subjetiva que condiciona su calidad: cuál es su objeto y con qué oportunidad, intensidad y recta conveniencia suplicamos aquello que deseamos alcanzar.

La triple exhortación evangélica —pedid, buscad y llamad— une a nuestra precariedad la confianza en Aquel que puede remediarla, y esa confianza nos sostiene en la perseverancia de la súplica. Necesitamos ser fortalecidos, sobre todo, en esa confianza que nace de la firmeza de nuestra fe, cuyas compañeras inseparables son la esperanza y la caridad hacia Aquel a quien invocamos.

El Espíritu Santo, el Bien por excelencia, el Don que Cristo nos ha obtenido con su entrega total, debe ser nuestra máxima aspiración. Aunque Dios provee siempre a nuestras necesidades, hemos sido creados para participar de su propia vida divina, en la comunión definitiva con Él. Pedir el Espíritu implica desearlo, amarlo y anteponerlo a todo; pedirlo con todo el corazón. Él es el Maestro de la oración y viene en ayuda de nuestra flaqueza, porque —como recuerda san Pablo— no sabemos pedir como conviene.

Cuando sea el amor, fruto del Espíritu, lo que nos mueva, estaremos atentos a procurar a los demás el bien que también nosotros anhelamos, más que limitarnos a responder con la misma moneda con que se nos paga. Es el Espíritu quien nos impulsa a obrar el bien por el bien mismo, sin dar cabida al mal. De una fuente dulce no brota agua amarga; de Dios no procede nunca el mal. El Evangelio está lleno de este responder al mal con el bien, como Dios hace con nosotros. Recordemos aquellas palabras de san Bernardo: «Amo porque amo; amo por amor».

Por eso necesitamos pedir, buscar y llamar, para que se nos dé el Espíritu que Cristo nos ha ganado con su muerte y resurrección; y lo demás lo recibiremos por añadidura. Pidamos por quienes no conocen el amor del Señor; busquemos a los pecadores; llamemos a los extraviados para que regresen a Dios. Y si no encontramos en nosotros méritos para recibir lo que pedimos, busquémoslos en la paternidad bondadosa de Dios, que desea concedérnoslo, como enseña el Pseudo-Crisóstomo.

 Que así sea.

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Miércoles 1º de Cuaresma

Miércoles 1º de Cuaresma

Jon 3, 1-10; Lc 11, 29-32

Queridos hermanos:

En este tiempo de gracia, Dios nos presenta su misericordia a través del Evangelio, que pone ante nosotros la responsabilidad de acoger su ofrecimiento, porque “no quiere la muerte del pecador, sino que se arrepienta y viva”.

Hemos escuchado que los ninivitas se convirtieron por la predicación de Jonás, quien fue para ellos signo de la voluntad de Dios, que deseaba salvarlos de la destrucción que habían merecido por sus pecados. Que Jonás saliera del seno del mar —figura de la muerte—, como narra la Escritura, ni siquiera lo menciona Lucas. Es un signo que, de hecho, los ninivitas no vieron, como tampoco los judíos vieron a Cristo salir del sepulcro. Será, por tanto, un signo que no les será concedido ver.

Cuando el rico —al que llamamos epulón— pide a Abrahán que un muerto resucite para que sus hermanos se conviertan, Abrahán responde que no hay otro signo que la escucha de Moisés y los profetas: la predicación. Por eso no dice “la lectura”, sino “la escucha”. Los judíos que no acogieron la predicación ni los signos de Jesús deberán acoger la de los apóstoles. Es Dios quien elige la predicación como único signo, el modo y el tiempo favorable para otorgar la gracia de la conversión; y el hombre debe recibirla como una gracia que pasa. Como dice el Evangelio de Lucas, el rechazo de los escribas y fariseos a Juan Bautista les impidió convertirse cuando llegó Cristo, frustrando así el plan de Dios sobre ellos (Lc 7,30).

La predicación del Evangelio hace presente el primer juicio de la misericordia, que puede evitar, en quien lo acoge, un segundo juicio en el que no habrá misericordia para quien no tuvo misericordia, según las palabras de Santiago (St 2,13). Para quien acoge la predicación, todo se ilumina; mientras que quien se resiste a creer permanece en las tinieblas. Dios se complace en un corazón que confía en Él contra toda esperanza y lo glorifica entregándole su vida, como hizo Abrahán. “Todo el que invoque el nombre del Señor se salvará.”

Dios suscita la fe para enriquecer al hombre mediante el amor, haciéndole gustar la vida eterna; y por amor dispone las gracias necesarias para la conversión de cada hombre y de cada generación. Los ninivitas, la reina de Sabá, los judíos del tiempo de Jesús y nosotros mismos recibimos el don de la predicación como testimonio de su voluntad a través de su Palabra, que siembra vida en quien la escucha.

Desde la salida de Egipto, en la marcha por el desierto, Israel pedía signos a Dios, pero ni así se convertía. Las señales que realiza Cristo no pueden verlas, porque no tienen ojos para ver ni oídos para oír en la tierra; y piden una señal del cielo. No habrá señal para esta generación que pueda ser vista sin fe, un signo que se imponga por encima de los que Cristo realiza. Cristo gime ante la cerrazón de su incredulidad. La señal por excelencia de su victoria sobre la muerte será oculta para ellos —no habrá señal— y solo podrán “escucharla” mediante la predicación de los testigos, como ocurrió con Jonás.

Este es un tiempo de señales, sí, pero sobre todo de fe, de combate, de entrar en la muerte y resucitar, como Jonás, que en el vientre de la ballena pasó tres días en el seno de la muerte. Solo al final “verán” la señal del Hijo del Hombre sobre las nubes del cielo.

Jonás realizó dos señales: la predicación, que movió a los ninivitas a la conversión, y la de salir del mar al tercer día, que nadie pudo conocer sino por las Escrituras. En cuanto a Cristo, los judíos no aceptaron la primera, y la segunda no pudieron verla; no hubo para ellos más señal que la predicación de los testigos elegidos por Dios. El significado de las señales solo puede comprenderse con la sumisión de la mente y de la voluntad que conduce a la fe y que implica la conversión. Dios no puede negarse a sí mismo anulando nuestra libertad para imponerse; por eso todas las gracias deben ser purificadas por las pruebas.

Nosotros hemos creído en Cristo, pero hoy se nos invita a creer en la predicación, sin tentar a Dios pidiéndole signos, sino suplicándole la fe y el discernimiento que Él concede generosamente a quien se lo pide con humildad. Así como sabemos discernir lo material, debemos pedir el discernimiento espiritual de los acontecimientos.

También a nosotros se nos propone hoy la conversión y la misericordia a través de la predicación de la Iglesia.

 Que así sea.

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Martes 1º de Cuaresma

Martes 1º de Cuaresma

Is 55, 10-11; Mt 6, 7-15

Queridos hermanos:

En medio de los pecados de los hombres, Dios ha querido manifestar su misericordia a través de la oración. Desde la súplica de Abrahán —con sus seis intercesiones en favor de los justos, que se detienen en el número diez— hasta la perfección de la oración de Cristo, que intercede por la multitud de los pecadores a cambio del único Justo que se ofrece por ellos, se despliega un camino de fe que hace perfecta la oración en el amor. A tanta misericordia no alcanzaron la fe ni la oración de Abrahán para dar a Dios la gloria que le era debida, aquella con la que Cristo glorificó su Nombre. En efecto, Sodoma no se salvó de la destrucción.

Con este espíritu de perfecta misericordia, Cristo alecciona a sus discípulos para salvar a los pecadores por quienes Él se entregó. Cristo es la Palabra que no vuelve al Padre sin haber cumplido la misión para la que fue enviada: salvar a la humanidad.

Hoy la Palabra nos presenta la oración y la escucha como fuentes fecundas de perdón, tanto para nosotros como para los demás. Así es la vida en el amor de Dios. Necesitamos la oración para reconocer nuestra necesidad de la Palabra y para obtener el fruto de ser escuchados por Dios. La oración es circulación de amor entre los miembros del Cuerpo de Cristo, abierto siempre a las necesidades del mundo.

La oración del “Padrenuestro”, culmen de la oración cristiana, habla a Dios desde lo más profundo del hombre: su necesidad de ser saciado y liberado. Y lo hace desde su condición de miembro del Cuerpo de Cristo, nueva criatura nacida del Espíritu. Busca a Dios en su Reino y pide el pan necesario para sostener la vida nueva y defenderla del enemigo. Cristo enseña a sus discípulos a orar como comunidad, como cuerpo místico cuya cabeza es Él, el Hijo único, diciendo: “Padre nuestro”.

Dios nos perdona gratuitamente y nos da su Espíritu para que también nosotros podamos perdonar y así erradicar el mal del mundo; para que seamos escuchados cuando pedimos el perdón cotidiano de nuestros pecados. Esta circulación de amor y perdón sólo puede romperla el hombre que cierre su corazón al perdón de los hermanos. “Pues si no perdonáis, tampoco mi Padre os perdonará”.

El mundo busca su sustento en las cosas y en las criaturas. El que peca está pidiendo un pan: lo hace quien atesora, quien persigue afectos, quien se apoya en su razón ebria de orgullo o en su voluntad soberbia. Panes todos que inevitablemente se corrompen en su propia precariedad. Los discípulos, en cambio, pedimos al Padre de nuestro Señor Jesucristo —y Padre nuestro— el Pan de la vida eterna que procede del cielo: aquel que nos trae el Reino; “pan vivo” que ha recibido un cuerpo para hacer la voluntad de Dios; carne que da vida eterna y resucita en el último día. Alimento que sacia, que no se corrompe y que alcanza el perdón viviendo en la voluntad de Dios.

Este es el Pan que recibimos en la Eucaristía, por el cual agradecemos y bendecimos a Dios, que nos concede todo lo demás por añadidura.

Que así sea.

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Lunes 1º de Cuaresma

Lunes 1º de Cuaresma 

Lv 19, 1-2. 11-19; Mt. 25, 31-46

Queridos hermanos:

En el Evangelio encontramos dos pasajes en los que Cristo acoge, alimenta y sacia a las multitudes que lo siguen a través de sus discípulos: el primero, referido a Israel; el segundo, a las naciones. Del mismo modo, hallamos dos pasajes en los que Cristo envía a sus discípulos a predicar: uno dirigido a Israel —el envío de los Doce— y otro orientado a las naciones —el envío de los setenta y dos—. En ambos casos, es Cristo mismo quien es acogido o rechazado en la persona de sus “hermanos más pequeños”, es decir, sus discípulos; porque “quien os acoge a vosotros, a mí me acoge; y quien os escucha, a mí me escucha, y al que me ha enviado”. Cuando, en el Evangelio de hoy, el Señor habla de que las naciones lo han acogido o rechazado, se refiere precisamente a la acogida o al rechazo de sus enviados: de su predicación del Reino, de la paz y de la salvación que ellos encarnan.

La relación del pueblo con su Dios exige una conducta coherente con el don recibido: amistad, bondad, generosidad, verdad y, en una palabra, santidad. La experiencia de los atributos de Dios en la propia vida debe reflejarse en la relación con los demás. La santidad que Dios pide a su pueblo es, concretamente, la misma que Él ha tenido con ellos. Aquello de “Sed santos, porque yo soy santo” podría expresarse así: Sed santos con los demás, porque yo lo soy con vosotros. Compórtate con tus semejantes como yo me comporto contigo. Jesucristo dirá: “Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto; porque Él hace salir su sol sobre buenos y malos, y manda la lluvia también sobre los pecadores”. Esta es la perfección del amor de Dios: un amor que no hace acepción de personas, que ama incluso a sus enemigos.

La santidad cristiana, por tanto, supera la santidad de Israel; o, como dirá Jesús, supera la de los escribas y fariseos. Por eso “el más pequeño en el Reino es mayor que Juan”, porque es superior el espíritu de amor al enemigo con el que Cristo nos ha amado, y que, mediante la fe, ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo: “Amaos como yo os he amado”. “Amad a vuestros enemigos y seréis hijos de vuestro Padre celestial” y “mis hermanos más pequeños”.

Esta es, asimismo, nuestra misión: encarnar a Cristo en el mundo para que el mundo pueda encontrarse con Él, acogerlo y salvarse. Porque “quien a vosotros os escucha, a mí me escucha; y quien a vosotros os rechaza, a mí me rechaza; y quien me rechaza a mí, rechaza al que me ha enviado”.

  Que así sea.

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Domingo 1º de Cuaresma A

 

Domingo 1º de Cuaresma A

Ge 2, 7-9; 3, 1-7; Rm 5, 12-19; Mt 4, 1-11.

Queridos hermanos:

En este primer domingo al comienzo de la Cuaresma, la liturgia nos invita a contemplar la creación del hombre, a quien Dios sitúa en la felicidad del paraíso, donde Él mismo está presente junto a su criatura. Siendo amor, Dios llama al hombre al amor; y para que este amor sea verdadero, necesita hacerlo libre. Por eso, en el centro del paraíso coloca el árbol de la vida y el árbol de la ciencia del bien y del mal, que simbolizan la libertad humana. Ante él se abrían así dos caminos: el camino de la vida sin fin y el camino de la muerte sin remedio. Para permanecer en el paraíso, el hombre debía ejercer su libertad obedeciendo a Dios, amando y eligiendo la vida cuando fuese tentado por el diablo, so pena de perder su comunión bienaventurada con el Señor, su Creador, y convertir el paraíso en un desierto, morada de demonios, separado de Dios.

El desierto será, así, campo de batalla y palestra espiritual, frente al paraíso, meta de nuestra vocación y objeto de nuestra esperanza. En él, Dios quiere manifestarse para transformar nuevamente el desierto en paraíso: la muerte en vida, el Moria y el Gólgota en Edén, según su plan amoroso de comunión eterna.

Contemplamos hoy a Jesús, impulsado y conducido por el Espíritu al desierto, al combate con el diablo y al encuentro con Dios. Es necesaria la moción del Espíritu para entrar en el desierto y para permanecer en él. En el desierto, el Espíritu mueve al hombre a entrar en sí mismo, como al hijo pródigo, y a encontrar en su corazón el amor en el que fue creado, para no vivir ya para sí, sino para Dios, poniéndose a la escucha.

Es Dios quien llama a su pueblo a la unión amorosa con Él y lo conduce al desierto, como hizo con Moisés, con Elías, con Juan Bautista, con los profetas y con cuantos va eligiendo, para mostrarles el Árbol de la Vida, hablarles al corazón, purificar su idolatría, lavarlos de sus pecados y sanar su rebelión.

Solicitado por el mal, el hombre sucumbe ante la mentira y es desterrado lejos del alcance de la vida; y en su albedrío queda privado de la libertad (cf. Hb 2,15). Se abre así para él un desierto de esclavitud y de muerte. Así lo encuentra Dios en Egipto, y tras formarle un cuerpo, sopla sobre él un aliento de vida en el Sinaí y lo conduce por el desierto para introducirlo de nuevo en el paraíso. Pero el pueblo sucumbe prueba tras prueba, y solo después de cuarenta años una nueva generación alcanza la tierra que se abre a la esperanza del definitivo retorno.

Solo en Cristo el hombre estará preparado para recibir de Dios, y para siempre, la puerta franca del paraíso. Para ello, y una vez recibido el Espíritu, Cristo debe vencer en el desierto “al que tenía el dominio sobre la muerte, es decir, al diablo, y liberar a cuantos, por temor a la muerte, estaban de por vida sometidos a esclavitud” (Hb 2,14-15). La presencia de los ángeles en lo que había sido morada de demonios, y la comunión con los animales del campo (cf. Mc 1,13), anuncian ya la irrupción del paraíso entre los hombres.

“En aquellas tres tentaciones está compendiada y descrita toda la historia ulterior de la humanidad, y muestran las tres imágenes a las cuales se reducen todas las indisolubles contradicciones históricas de la naturaleza humana sobre la tierra: sensualidad, voluntad de poder y orgullo de superar la condición mortal. Los tres impulsos más fuertes de la multitud humana; las tres chispas que encienden continuamente la carne y el espíritu”, como dijo Dostoievski.

El marxismo, pretendiendo salvar al hombre solo con el pan y reduciéndolo a puro materialismo, ha fracasado, porque “no solo de pan vive el hombre”. Las tentaciones de Marx, Nietzsche y Freud —llamados maestros de la sospecha— son las mismas ofrecidas a toda la humanidad, como a Cristo: “yo te daré toda esta gloria”. Una vez más, Satanás repropone las tentaciones perennes por las que “se os abrirán los ojos y seréis como dioses, conocedores del bien y del mal”.

¿Y cuál es la respuesta de la Iglesia? Seguir a Cristo. Amarle con todo el corazón —mente y voluntad—; con toda el alma —tomando la cruz—; y con todas las fuerzas —apoyándose solo en Él—. Todas las estructuras, toda dialéctica y toda represión quedan superadas en el Maestro que lava los pies a sus discípulos y a todo aquel que lo sigue en pobreza, obediencia y castidad.

La fracasada historia humana es conducida, por fin, al éxito de la victoria que se consumará en la Cruz: “Te aseguro que hoy estarás conmigo en el paraíso”. En esta esperanza, la Cuaresma nos conduce al encuentro con Cristo en la Pascua.

Proclamemos juntos nuestra fe.

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Sábado después de Ceniza

Sábado después de Ceniza

Is 58, 9-14; Lc 5, 27-32

Queridos hermanos:

Una vez más, es el Señor quien llama para incorporar a alguien a su ministerio: el ministerio de invitar a los pecadores a la conversión, para que vuelvan su corazón a Dios y alcancen la salvación. Los pecadores necesitan experimentar que Dios los ama y se preocupa por su destino eterno; que no los descarta a causa de sus faltas, sino que les ofrece la gracia de su misericordia. Más que sus propios pecados, lo que verdaderamente puede condenarlos es el rechazo de esa misericordia que se les ofrece gratuitamente en el “año de gracia”, inaugurado con la llegada de Cristo y que se cerrará con su segunda venida. “Este es el tiempo favorable; este es el día de la salvación.” 

El Evangelio nos presenta la vocación de Mateo y nos revela el sentido de la misión del Señor: buscar y llamar a los pecadores para que se conviertan y vivan. La misericordia de Dios se acerca constantemente al pecador para ofrecerle salvación, arrancándolo de la esclavitud de los ídolos y de la enfermedad que lo consume con la muerte consecuencia del pecado y lo empuja al abismo. Dios lo incorpora a su Reino mediante el anuncio de la Buena Nueva, que trae salud y vida. El Señor llama a Mateo desde una realidad concreta de pecado, que es el apego al dinero; por eso su figura tiene una conexión especial con la de Zaqueo, aunque Mateo es llamado al gran ministerio del apostolado.

Mientras Cristo se acerca a los pecadores, los fariseos se escandalizan. Si la cercanía de Cristo al pecador es fruto de la misericordia divina, esa misma misericordia es la causa del escándalo farisaico. ¿De qué sirve a los fariseos pecar menos si eso no los conduce al amor y a la misericordia, en definitiva, a Dios? Ser cristiano es amar, no simplemente evitar el pecado. Cristo ha venido a salvar a los pecadores. ¿Ha venido también para nosotros, o nos excluimos de la salvación de Cristo como hicieron los fariseos del Evangelio? Meditémoslo bien, porque ahora es el día de la salvación.

La Palabra nos habla del amor de Dios como misericordia: un amor entrañable, maternal, que no solo cura —como hemos escuchado en el Evangelio—, sino que regenera la vida, porque es un amor que recrea. No es casual que la etimología hebrea de la palabra misericordia, rahamîm, derive de rehem, que designa las entrañas maternas, la matriz donde se gesta la vida. Si recordamos las parábolas que llamamos “de la misericordia”, veremos que todas se sitúan en este horizonte: “este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida; este hermano tuyo estaba muerto y ha vuelto a la vida”. También a Nicodemo le dice Jesús: «En verdad, en verdad te digo: el que no nazca de nuevo no puede ver el Reino de Dios».

Todos somos llamados al amor, pero esta llamada implica un camino de conversión y de crecimiento en el amor, hasta alcanzar la santidad necesaria para entrar en Dios. El punto de partida de este camino es la humildad, que acompaña toda la vida cristiana. Así lo expresa el Padrenuestro: al reconocernos pecadores, proclamamos al mismo tiempo el amor de Dios que actúa en nosotros.

Se trata, por tanto, de un amor que vuelve a gestar, que regenera, como el de san Pablo hacia los Gálatas, que lo lleva a sufrir de nuevo dolores de parto por ellos. Es un amor fecundo, profundo y consistente, que compromete lo más íntimo de la persona, “sin desvanecerse como nube mañanera ante los primeros ardores de la jornada”, como dice Oseas. Solo un amor persistente, como la lluvia que empapa la tierra, lleva consigo la fecundidad que produce fruto; un amor que en Abrahán se convierte en vida más fuerte que la muerte, en fe y esperanza, y en un pacto eterno de bendición universal.

La misericordia de Dios se ha encarnado en Jesucristo y ha brotado de las entrañas de la Vida por la acción del Espíritu. Y no ha brotado para desvanecerse, sino para unirse indisolublemente a nuestra humanidad en una alianza eterna de amor gratuito, inquebrantable e incondicional: un amor de redención regeneradora, que justifica, perdona y salva.

 

 Que así sea.

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Viernes después de Ceniza

Viernes después de Ceniza

Is 58, 1-9; Mt 9, 14-15

Queridos hermanos:

En este comienzo de la Cuaresma, el ayuno se sitúa en el contexto de la preparación para la Pascua, como una de las actitudes que favorecen nuestra apertura a la gracia del Señor. Hacemos memoria de su salvación, como lo hacemos constantemente en la Eucaristía. Estos días adquieren una solemnidad particular, avivando en nosotros el anhelo de que el Señor regrese y nos lleve con Él, consumando así el amor que ha encendido en nuestro corazón. Por ese amor nos unimos al clamor de los primeros discípulos: “¡Que pase este mundo y que venga tu Reino! ¡Ven, Señor Jesús!”. Por eso, mientras el Señor está con sus discípulos, pierden sentido ese grito, ese anhelo y esa espera, y todo aquello que nos impulsa hacia ellos.

Como ocurre con tantas otras realidades, Cristo no desprecia el ayuno, sino que lo purifica y lo centra en su significado más profundo, tantas veces alejado del que comúnmente le atribuimos, evitando convertir en fin lo que es solo un medio. San Juan Crisóstomo ni siquiera lo menciona entre los caminos principales de la penitencia. Mi recordado profesor de Cristología, Jean Galot, afirmaba que Cristo nunca ayunó. Y el mismo san Pablo, refiriéndose a ciertos judíos preocupados en exceso por el ayuno, dice: “su dios es el vientre” (Flp 3,19).

Si el ayuno es un auxilio eficaz contra la fragilidad de la carne, tan inclinada a la concupiscencia, no olvidemos que la Iglesia lo proscribe durante el tiempo pascual, junto con otras manifestaciones penitenciales. Predomina entonces la vivencia pascual, que debe ser intensa en los fieles, con un corazón muy cercano al amor de Dios, en la presencia del Esposo y en su banquete de bodas. ¿Cómo abajarse ante Dios el día de nuestra elevación al Paraíso, el día en que es restaurada nuestra dignidad humana y enriquecida con la filiación divina?

Quizá la práctica del ayuno —como ocurre con otras expresiones de piedad o de ascesis— adquiere su verdadero valor por su relación con el amor, tantas veces sometido a la carne. Comer, o privarse de alimento, de sueño o de otros bienes, puede tener un valor espiritual en la medida en que contribuya a orientar el corazón hacia su fin último: “conversio ad Deum, aversio a creatura”. Pero cuando se vive ya en la posesión del Amado, pierde sentido la esperanza y los medios que la alimentan. Recordemos las palabras del profeta (Is 58,6-7): “El ayuno que yo quiero es este…”, siempre ligado al amor y a la justicia.

Isaías nos llama a la interiorización del culto y de la relación con Dios, que siempre deben implicar el corazón. Dios es Amor, y así quiere que sea nuestra relación con Él y con los demás: justicia y caridad. Sin esto, los ritos quedan vacíos y sin valor trascendente. Para dar a Dios la prioridad absoluta que le corresponde en nuestra vida, el ayuno debe hacerse solo en su presencia, como negación de uno mismo que abaja nuestro yo ante el Yo de Dios; no solo desde el reconocimiento de su señorío, sino sobre todo desde el agradecimiento por su amor, su santidad, su misericordia, su belleza, su verdad y su bondad infinitas.

Los discípulos de Juan deben comprender que su ayuno de expectación del Reino y del Mesías se desvanece con la presencia de Cristo. El Reino de Dios ha llegado, y ahora es el tiempo de arrebatarlo. La relación esponsal de Dios con su pueblo es asumida por Cristo, y el pueblo debe acoger la invitación a las bodas del Amado que llama a la puerta. Cuando el Esposo está presente, no es necesario hacerlo presente mediante el deseo expresado en el ayuno. La fuerza de la novedad del Reino exige la renovación que trae la conversión.

Por otro lado, los santos son los más esforzados en la ascesis y la penitencia, porque su mayor cercanía a la luz y a la santidad de Dios les hace ver con más claridad su propia miseria y su necesidad de ser fieles a la gracia.

Hoy, la Esposa que escucha su voz debe despabilarse y abrir la puerta antes de que el Esposo pase de largo. Abrir la puerta al amor significa caminar hacia el otro, salir de la propia complacencia. Como en la vigilancia, el amor debe ser el motivo del verdadero ayuno, ese que lleva a buscar al Esposo posponiendo la satisfacción de la carne. Más que privarse de comer, se trata de saciarse de amar, saliendo al encuentro de Cristo. “Misericordia quiero y no sacrificios”, dice el Señor; “yo quiero amor, conocimiento de Dios”.

 

Que así sea en nosotros.

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Jueves después de Ceniza

Jueves después de Ceniza

Dt 30, 15-20; Lc 9, 22-25

Queridos hermanos:

Detrás de esta palabra está la invitación al seguimiento de Cristo, al que algunos son llamados y unidos a su ministerio, al amor, que no puede ser objeto de constricción, sino de aceptación libre y responsable, como corresponde a la condición de la persona humana. El amor es siempre una entrega; y cuando se refiere a Dios, implica la fe y no admite términos medios: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas”. Cristo se encamina a la Resurrección pasando por la cruz, puerta gloriosa de la vida eterna, que implica la negación de sí mismo en el sufrimiento propio del amor. Resistirse al amor es frustrar la propia vida, porque sólo el amor que se une a Cristo en su inmolación por el mundo trasciende esta vida para alcanzar la eternidad divina.

Así como Adán y Eva, puestos en el Paraíso, tuvieron que elegir entre el camino de la vida y el de la muerte, porque habían sido creados libres para amar, así también el pueblo en el desierto, y así también nosotros, creados por amor y para amar.

“Escoge la vida”, decía la primera lectura (Dt 30, 15-20). Pero la vida perdurable es Dios, que se nos ha manifestado accesible en Cristo resucitado. Por eso Jesús afirma: “El que pierda su vida por mí, la salvará para una vida eterna”. Cristo es el Camino, la Verdad y la Vida; seguirle es elegir la Vida, mientras que dejarlo por guardar la propia vida es elegir la muerte inherente a la naturaleza humana caída. El hombre viejo, con sus concupiscencias y pecados, se encamina a la muerte. El hombre nuevo nace en el seguimiento de Cristo, con lo que este seguimiento tiene de abnegación, de cruz y de oblación, fruto del Espíritu derramado sobre el discípulo. Y este camino es causa de salvación y testimonio de vida eterna. El que sigue a Cristo hasta el fin, perseverando y permaneciendo en su amor, alcanza la vida. Querer guardarse a sí mismo, en cambio, es cerrarse a la vida nueva que trae el Evangelio, permaneciendo en la muerte por la incredulidad.

Cristo tiene un camino que recorrer en este mundo, que lo lleva al Padre a través de la cruz, entregando su vida no por sí mismo, sino por nuestra salvación, según la voluntad de Dios, para recobrarla gloriosa y llevarnos con Él a la vida eterna y a la comunión con Dios. A esta meta y a este camino ha venido Cristo a invitarnos. Él ha venido hasta nosotros tomando sobre sí el yugo de nuestra carne para realizar su misión, y nos llama a uncirnos con Él, como semejantes (2 Co 6, 14; Dt 22, 10), bajo su yugo suave y su carga ligera, para trabajar juntos en la regeneración de los hombres. También nosotros hemos recibido una cruz que llevar, de modo que, negándonos a nosotros mismos en la donación de nuestra vida, encontremos la vida eterna.

Somos llamados, en este itinerario cuaresmal, a la fe y al seguimiento de Cristo, que va delante de nosotros señalándonos el camino y mostrándonos la meta. El camino pasa por la cruz, pero la meta es la resurrección y la vida eterna, como ha dicho la primera lectura. La fe nos hace justos y engendra en nosotros obras de vida eterna y de salvación: “El que come mi carne tiene vida eterna”. A esa vida nos introduce la Eucaristía, si nuestro “amén” se hace vida en nosotros.

  Que así sea.

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Miércoles de Ceniza

Miércoles de Ceniza

Jl 2, 12-18; 2Co 5, 20-6,2; Mt 6, 1-6.16-18

Queridos hermanos:

¡La Cuaresma ha llegado, la Pascua está cerca! En este pórtico cuaresmal, como preparación para la Pascua, la liturgia nos invita a mirar al interior de nuestro corazón para disponerlo al encuentro pascual con el Señor en humildad, purificándolo de todo apego desordenado a nosotros mismos y a las criaturas, y abriéndolo al amor del Señor y a su misericordia. Más importante que nuestras penitencias y que nuestra propia pureza es la santidad de la Pascua hacia la cual caminamos; lo esencial es que nuestro encuentro con el Señor sea profundo, y no superficial o vano, en el día de nuestra Redención.

Por eso, la preparación sigue el triple camino del que habla el Evangelio: entrar en nuestro interior, ayudados por el ayuno, y así disponer el corazón a la justicia, en la doble dimensión del amor: hacia Dios mediante la oración, y hacia los hermanos mediante la limosna.

La ceniza resume, en un solo signo, la actitud de humildad que, reconociendo la propia fragilidad, se abre a la misericordia de Dios y acoge el Evangelio. Como decía san Juan de Ávila, el pequeño fuego de amor encendido en nosotros por el Señor debemos cuidarlo para que no se apague, cubriéndolo con la ceniza de la humildad para mantenerlo vivo. Añadámosle cada día la leña de las buenas obras para avivarlo, sin perder tiempo.

La Palabra de este día nos presenta los caminos de la conversión al amor de Dios y de los hermanos, caminos que comienzan por negarnos a nosotros mismos para vaciarnos de nuestro propio yo.

Nuestra mirada se dirige a la Pascua y nuestra vida se proyecta hacia la bienaventuranza celeste, consumación de nuestra gozosa esperanza de comunión. Los israelitas, en Egipto, celebraron el paso del Señor e hicieron con Él la Pascua: el paso de la esclavitud a la libertad. Comenzaba para ellos el desasimiento de los ídolos para preparar sus esponsales con el Señor. Su alianza con Dios los constituía en pueblo de su propiedad y estrechaba los lazos que los unían entre sí en una fe común. Cristo realizó su Pascua al Padre a través de la cruz, arrastrando consigo a un pueblo liberado de la esclavitud del pecado y unido por la comunión en un solo Espíritu. Nosotros somos llamados a unirnos a Cristo en su pueblo mientras caminamos hacia nuestra Pascua definitiva, de Pascua en Pascua.

¡Conviértete y cree en el Evangelio! ¡Polvo eres, y en polvo se convertirá tu cuerpo, en espera de la Resurrección!

 Que así sea.

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Martes 6º del TO

Martes 6º del TO

Mc 8, 14-21

Queridos hermanos:

El Evangelio nos muestra hoy la dureza de mente de los discípulos, que, a pesar de los signos realizados por Cristo, “tienen ojos y no ven, tienen oídos y no oyen”. Y, sin embargo, el Señor ha venido precisamente a transformar en bendición aquella maldición de Isaías que pesaba sobre el pueblo de dura cerviz: «Pues recusaron la enseñanza de Yahvé Sebaot y despreciaron el dicho del Santo de Israel. Ve y di a ese pueblo: Escuchad bien, pero no entendáis; ved bien, pero no comprendáis. Engorda el corazón de ese pueblo, hazle duro de oídos y pégale los ojos, no sea que vea con sus ojos, oiga con sus oídos, entienda con su corazón, se convierta y se le cure».

Los apóstoles siguen a Jesús, pero todavía se inquietan por lo material. Si, como los judíos, carecen de discernimiento para descubrir la perversión de los fariseos, ¿cómo podrán guardarse de su levadura, que para Mateo es su doctrina y para Lucas es su hipocresía (12,1)? La levadura es signo de lo viejo, de la impureza y de la corrupción. El peligro de los discípulos es no advertir que su verdadero problema está en reducir la doctrina a preceptos y tradiciones humanas, alejadas del mandamiento divino, y en la corrupción del corazón, que sus obras ponen de manifiesto: “Porque dicen y no hacen”.

Los fariseos aparentan piedad, pero no nace de un corazón que ama al Señor; buscan, más bien, la estima de los hombres, su propia gloria y su interés. “Ciegos que guían a ciegos”, dirá Jesús. La corrupción de la levadura se propaga con rapidez y puede contaminarlo todo; por eso Cristo debe advertir a sus discípulos. La religión se instrumentaliza en provecho propio mediante la falsedad, convirtiéndose en excusa para la carne, mientras que Cristo ha venido a testificar la Verdad con su vida. Quien vive en la verdad apoya su existencia en Cristo y es libre; quien vive en la hipocresía es esclavo del diablo, padre de la mentira, que lo engaña y lo tiraniza. “¡Ay de aquel cuya fama es superior a sus obras!”, enseñan los maestros de espiritualidad.

Jesús anuncia una suerte fatal para los hipócritas, que serán separados de Él. Hay aquí una llamada a pasar de la carne a la vida nueva del Espíritu: a vivir en la verdad y a asumir la misión que comportan la llamada y los dones recibidos. A diferencia de los primeros discípulos, nosotros no hemos recibido sólo señales, sino verdaderos dones del Espíritu, entre los cuales debe figurar el discernimiento. A estos dones debe responder nuestra fe y una auténtica conversión de vida.

Que el Señor, en la Eucaristía, nos conceda discernir lo que recibimos de esta mesa y vivirlo en la verdad.

 Que así sea.

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Lunes 6º del TO

Lunes 6º del TO 

Mc 8, 11-13

Queridos hermanos:

Nacidos del amor que es Dios y destinados a la comunión con Él, sólo su amor puede hacernos plenamente felices, si nos entregamos a Él libre y totalmente. Alejarnos de ese amor, en cambio, nos frustra y nos destruye. La obra de Cristo es reconducirnos al Padre después de habernos apartado por el pecado.

Como ocurría ya desde la salida de Egipto, en la marcha por el desierto, Israel sigue pidiendo signos a Dios, incapaz de creer en su Palabra y someterle su propia mente. Pero así no se convierte, porque no acoge a Dios, sino que busca cumplir su propia voluntad. “De los que han visto las señales que he realizado en Egipto y en el desierto, y no han escuchado mi voz, ninguno verá la tierra que prometí con juramento a sus padres” (cf. Nm 14, 22s).

Las señales abundantísimas que Cristo realiza en la tierra, en los momentos y lugares que Él considera oportunos, no pueden ser acogidas por muchos, porque no tienen ojos para ver, ni oídos para oír, ni corazón para creer. Piden una señal del cielo que se les imponga, pero los signos no están para sustituir la fe, sino para suscitarla; no buscan convencer por evidencia, sino mover el corazón al arrepentimiento. Sin embargo, su corazón está endurecido y no se abre al Señor. Por eso, no habrá para esa generación una señal que puedan ver sin fe, más allá de las que Cristo ya realiza.

Cristo gime ante la cerrazón de su incredulidad y la dureza de su corazón. La señal por excelencia de su victoria sobre la muerte quedará oculta para ellos —“no habrá señal”—, como lo fue la salida de Jonás del seno del mar para los ninivitas. Sólo podrán “verla” acogiendo en la fe la predicación de los testigos. Este no es tiempo de higos, sino de fe; tiempo de combate, de entrar en el seno de la muerte y resucitar. Sólo al final verán la señal del Hijo del Hombre venir sobre las nubes del cielo, cuando el juicio sea inminente.

Jonás realizó dos señales: la predicación, que salvó a los ninivitas porque se convirtieron, y la de escapar del seno de la muerte al tercer día, conocida únicamente por las Escrituras. En cuanto a Cristo, los judíos no aceptaron la primera, y la segunda no pudieron verla; no hubo para ellos más señal que la predicación de los testigos elegidos por Dios.

El significado de las señales sólo puede comprenderse desde la sumisión de la mente y la voluntad en la fe, que implica conversión. Dios no puede negarse a sí mismo anulando nuestra libertad al imponerse; por eso, todas las gracias deben ser purificadas en la prueba.

Nosotros hemos creído en Cristo, y hoy somos invitados a creer de nuevo en la predicación, sin tentar a Dios pidiéndole signos, sino ofreciéndole el obsequio de nuestra sumisión en la fe y en el discernimiento que Él concede generosamente a quien lo ama y lo pide con humildad. Así como sabemos interpretar los signos de la naturaleza, debemos pedir el discernimiento espiritual de su Palabra, también a través de los acontecimientos.

Que en la Eucaristía podamos entrar con Cristo en la muerte para resucitar con Él.

 Que así sea.

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Domingo 6º del TO A

Domingo 6º del Tiempo Ordinario A

Eclo 15, 16-21; 1Co 2, 6-10; Mt 5, 17-37

Queridos hermanos:

Para que el corazón del hombre retorne a Él, Dios suscita la ley, que es santa y buena, —como dice la Escritura— porque tiene como raíz profunda, hoy diríamos su “ADN”, el amor de Dios, y conduce al amor al prójimo. El cumplimiento de la ley puede llevar al hombre a la justicia, eligiendo la vida y la sabiduría de Dios, de las que hablan las lecturas. La Ley, está orientada hacia Cristo, en quien Dios se une al hombre para la salvación de todo el género humano. 

Cristo ha venido a cumplir, en nuestra naturaleza, la ley en plenitud, y a dar la capacidad de cumplirla mediante el don del Espíritu, a quienes lo reciben por la fe, derramando en su corazón el amor de Dios, la nueva justicia, superior a la de los escribas y fariseos, la filiación adoptiva y la pertenencia al Reino de Dios. 

Esta tensión de la Ley hacia Cristo implica también una tendencia a la plenitud en el conocimiento de Dios, que se revela progresivamente en la historia hasta la manifestación de Cristo: “Como el Padre me amó, así os he amado yo”. Estar en Cristo y recibir su Espíritu significa haber alcanzado la plenitud de la Ley y del amor; haber coronado la última cima del camino hacia Dios; estar en Dios; haber llegado al cumplimiento de la Ley, pues como dice san Pablo: “Amar es cumplir la ley entera”; todos los preceptos se resumen en esta fórmula: “Amaos como yo os he amado”.

La justicia del que está en Cristo lleva a la interiorización de la Ley, pero quien se separa de la gracia de Cristo, desertando del ámbito del perdón, deberá enfrentarse al rigor de la Ley “hasta que haya pagado el último céntimo”. Si este amor se desprecia, se lesionan todas nuestras relaciones con Dios y quedan estériles, porque Dios es amor. La fe se vacía de contenido, nuestra reconciliación con Dios se rompe, y volvemos a la enemistad con Él. Entonces, nuestra deuda con el hermano clama a la justicia divina, como la sangre de Abel.

De ahí la urgencia de las palabras de Jesús en el Evangelio: “Ponte a buenas con tu adversario”. Expulsa el mal de tu corazón mientras puedes convertirte, porque de lo contrario la sentencia de nuestras culpas pesa sobre nosotros. Quien se aparta de la misericordia se sitúa bajo la justicia sin los méritos de la gracia de la redención de Cristo.

Tanto la Ley como el hombre tienen un corazón que les da consistencia y los hace verdaderos: el amor. Los preceptos son el corolario del amor, que en el cristiano es derramado por el Espíritu Santo, recibido por la fe en Cristo Jesús, Señor nuestro. Cumplir los mandamientos es captar el amor que los engendra y hacerlo vida propia. ¿Qué otra cosa puede importarnos si no se restaura la vida de Dios en nosotros, y pretendemos vivir la nuestra a un nivel meramente carnal, contristando al Espíritu que se nos ha dado?

El Reino de los Cielos es Cristo, y entrar en el reino es recibir su Espíritu por la fe, que es incomparablemente superior a la Ley y a su justicia, porque se fundamenta en el amor cristiano, que lo impulsa y lo gobierna. La primacía en el reino es el amor, que es también el corazón de la Ley. Por tanto, una puerta cerrada al amor es también una puerta cerrada al reino. El amor implica el corazón —mente y voluntad— y es ajeno a toda justicia externa de mero cumplimiento. La plenitud del amor humano no es comparable a la del amor de Dios, que el Espíritu Santo derrama en el corazón del que cree en Cristo, haciéndolo hijo: “En verdad os digo que no ha surgido entre los nacidos de mujer bajo la ley, uno mayor que Juan el Bautista; sin embargo, el más pequeño en el Reino de los Cielos es mayor que él” (Mt 11, 11).

Proclamemos juntos nuestra fe.                                                                                                                              www.cowsoft.net/jesusbayarri  

 

Santos Cirilo y Metodio

Santos Cirilo y Metodio

Hch 13, 46-49; Lc 10, 1-9

Queridos hermanos:

Hoy celebramos la fiesta de los santos Cirilo y Metodio, evangelizadores de los pueblos eslavos, testigos del Evangelio y de la acción de Dios. No hay mejor manera de hacerlos presentes que escuchando el Evangelio de la misión de los setenta y dos discípulos, en el que el Señor mismo los envía como pequeños, con la urgencia del anuncio del Reino, para llevar la Paz y comunicar la Vida Nueva.

Si ciertamente es importante su obra, más importante aún es el testimonio de su vida, entregada al servicio del Señor en la evangelización. Contribuyeron a la propagación de la fe, haciendo de su existencia un culto espiritual a Dios mediante la predicación del Evangelio, verdadera liturgia de santidad. Es una gracia haber sido llamados a encarnar la misión del enviado del Señor; pero su gloria fue haberla aceptado, gastando su vida en la Regeneración del mundo, siguiendo a Aquel que murió y resucitó para salvarnos. Cuánta gente malgasta su vida simplemente en sobrevivir, sin otro fruto que satisfacer su propia carne, a riesgo de frustrar su vocación al amor.

Los discípulos son enviados de dos en dos, como encarnación de la cruz de Cristo y testigos de su amor en el anuncio del Reino. En efecto, se necesitan dos para testificar y para hacer visible la caridad de Aquel de quien son enviados a dar testimonio, como enseña san Gregorio Magno (Hom. 17, 1-4.7s). Y decía san Pablo: “¡Dios me libre de gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por la cual el mundo es para mí un crucificado y yo un crucificado para el mundo! Nadie me moleste, pues llevo en mi cuerpo las señales de Jesús”. Esta es la razón por la cual, siendo grande “la mies” de quienes necesitan escuchar, son pocos los “obreros” dispuestos a trabajar en ella.

Los misterios del sufrimiento y de la cruz acompañan la vida del testigo, como acompañaron la de Cristo. Dar la vida por amor es perderla; es negarse a sí mismo en este mundo, en una inmolación que da fruto y recompensa para la vida eterna. Pero el amor no se impone: debe ser acogido en la libertad y en la humildad de quienes lo presentan sin poder, como “pequeños” que anuncian al que viene con ellos con la omnipotencia del amor.

También nosotros, llamados a la fe, estamos siendo constituidos testigos del amor del Señor que nos salva, nos llama y nos envía, incorporándonos a Cristo y a la obra de la regeneración por el Evangelio, como lo fueron Cirilo y Metodio y todos los discípulos cuyos nombres están unidos a la historia de la Iglesia, y cuyos hechos contemplamos como acciones del Dios vivo, que sigue llamando y salvando a la humanidad.

En cada generación, la Iglesia debe transmitir la fe e incorporar a sus nuevos hijos al Cuerpo de Cristo, hasta que se complete el número de los hijos de Dios: la muchedumbre inmensa que nadie podría contar, de la que habla el Apocalipsis (7, 9).

A esto nos invita y nos apremia hoy esta palabra y esta festividad, mediante la fortaleza que brota de la Eucaristía, en la que nos unimos a Cristo y a su entrega por la vida del mundo, para testificar el amor del Padre.

  Que así sea.                                                                                                                                                              www.cowsoft.net/jesusbayarri   

Viernes 5º del TO

Viernes 5º del TO 

Mc 7, 31-37

Queridos hermanos:

Jesús es el enviado de Dios; más aún, es Dios mismo que se hace nuestro prójimo y viene a salvarnos, destruyendo la acción del mal en nosotros y en la creación entera, como anunció el profeta Isaías y se cumple en el Evangelio: “Se abrirán los oídos de los sordos” (Is 35, 5). Como signo de esta restauración, la naturaleza es sanada. Así como en la creación “todo era bueno”, en la nueva creación “todo lo hace bien”. El mal, con el que la creación ha sido frustrada por nuestros pecados, ya no tiene lugar sobre la tierra, porque ha llegado la misericordia de Dios para recrearlo todo de nuevo con su salvación.

Un sordomudo es imagen del hombre deformado por el pecado, porque Dios crea el oído siendo Él la Palabra; crea la vista siendo Él la Luz; y crea el corazón siendo Él el Amor. El pecado, apartando al hombre de Dios, lo deja en las tinieblas, en el silencio, en la soledad y en la muerte: tiene ojos, pero no puede ver; oídos, pero no puede escuchar; corazón, pero no puede amar. Cristo, perdonando el pecado, realiza una nueva creación en la que todo está bien hecho: los ciegos ven, los sordos oyen y los pecadores se convierten.

Sin embargo, Cristo no quiere ser confundido con un Mesías meramente temporal que viene a solucionar los problemas de este mundo instaurando un “estado de bienestar” o una “calidad de vida” intramundanos. Él viene a instaurar la fe. Por eso impone el silencio a quienes favorece con los signos de su mesianismo espiritual, como en tantas otras curaciones, para conducir al hombre a la trascendencia de la fe.

También nosotros necesitamos que nuestros oídos se abran a la Palabra. Y quizá, como aquel sordo, necesitamos que alguien nos presente a Cristo; que Él venza nuestra incapacidad de escuchar introduciendo su dedo en nuestro oído enfermo: el mismo dedo con el que Dios grabó sus preceptos de vida en las tablas de piedra para Moisés. Necesitamos que nos conceda un encuentro personal con Él, separándonos de la multitud para curarnos, centrando nuestra atención en su presencia e intercediendo por nosotros con gemidos inefables ante el Padre.

El corazón tiene unas puertas por las que Dios quiere entrar para llenarlo de vida: los oídos. Y tiene una puerta de salida: la boca, para proclamar la salvación. Un sordo fácilmente será mudo. Porque —como dice san Pablo— “con el corazón se cree para conseguir la justicia, y con la boca se proclama para alcanzar la salvación; y la fe viene por el oído”. Cristo debe tocar al enfermo incapacitado, entrar por sus sentidos sanos, meter su dedo en los oídos, como cuando puso barro con su saliva en los ojos del ciego.

Después del tiempo que llevamos escuchando su Palabra y tocando a Cristo en los sacramentos, quizá podría decirnos, como a aquel ciego que no acababa de curarse: “¿Ves algo? ¿Qué oyes? ¡Habla! Proclama la bondad del Señor contigo.”

Que así sea.

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Jueves 5º del TO

Jueves 5º del TO

Mc 7, 24-30

Queridos hermanos:

Aparece la fe como protagonista de esta palabra; pero es la fe de los gentiles, que contrasta con la incredulidad de los “hijos”, quienes rechazan el “pan” y lo dejan caer al suelo, donde lo comen los “perritos”. Las profecías sobre la llamada universal de todos los hombres al conocimiento de Dios se cumplen con la llegada de Cristo. Él es la casa que Dios se ha construido con un corazón de hombre, “para todos los pueblos”.

Para san Pablo, el endurecimiento de Israel no es sino un paso intermedio por el cual los gentiles tendrán acceso al Santuario de Dios por la fe en Cristo. Es la fe la que los sienta a la mesa y los hace partícipes del “pan de los hijos”: “Os digo que los sentaré a mi mesa y, yendo de uno al otro, les serviré”. “Por eso os digo que vendrán de oriente y occidente y se sentarán a la mesa con Abrahán, Isaac y Jacob, mientras vosotros os quedaréis fuera”. En el camino de búsqueda de las ovejas perdidas, Cristo se apiada también de los “perritos”.

La fe no hace acepción de personas, naciones ni lenguas. El amor sale a nuestro encuentro, anulando la distancia que nos apartó del Paraíso, para introducirnos en el único rebaño del Pastor eterno, del que el lobo no puede arrebatar sus corderos.

Hoy Cristo va a la región de Tiro y Sidón en busca de una oveja, para encontrar la fe de una mujer pagana y plantar la semilla del Reino más allá de las fronteras de Israel. Qué misteriosos son, una vez más, los caminos de la gracia, y qué irrastreables cuando se trata de hallar un corazón abierto a su clemencia.

Las sobras de los hijos sacian a los “perritos”, que saben apreciar su superabundancia de vida y de consuelo, hasta hacer de ellos “hijos”. La fe y la humildad de la madre obtienen para la hija la garantía de la curación, como testimonio de la apertura de la salvación en Cristo, que conduce al conocimiento de Dios.

Nos es desconocida la llamada que movió a la mujer a suplicar y que propició el encuentro con Cristo y la consecuente profesión de fe que expulsó al demonio. La iniciación cristiana de la niña seguirá un proceso inverso al de la madre, como suele suceder con los hijos de padres creyentes. La gratuidad del amor de Dios tiene sus propios caminos, pero todos convergen en la salvación del hombre que los acoge.

Así nos busca hoy el Señor, haciéndose cercano en nuestro alejamiento, para darnos la naturaleza de hijos y sentarnos a su mesa, nutriéndonos con lo sabroso de su casa y abrevándonos en el torrente de sus delicias. Cuerpo y Sangre de Cristo que nos introducen en el misterio de su muerte y nos alcanzan su resurrección. Memorial de vida eterna y sacramento de nuestra fe para la vida del mundo: Eucaristía.

Si hoy estamos sentados a la mesa del Reino y comemos del Pan que nos sacia y nos da la Vida Eterna, es porque hemos acogido el don gratuito de la fe transmitida por nuestra madre, la Iglesia, que nos hace hijos. Y, como en el caso de la samaritana y de la sirofenicia, también nosotros somos enviados a proclamar nuestra fe en Cristo a quienes el Señor ponga en nuestro camino.

Que así sea.          

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