11 de enero


11 de enero, o viernes después de Epifanía (cf. dgo 6 B; dgo. 28 C; viernes 12). 1ªJn 5, 5-6. 8-13; Lc 5, 12-16.

Queridos hermanos:

La palabra de hoy es una invitación a dar gloria a Dios en todo, pero sobre todo por Jesucristo, en quien hemos obtenido el perdón de los pecados. Con él todo es gracia para nosotros de parte de Dios, y como agraciados somos llamados a ser agradecidos, dando gratis lo que gratis hemos recibido.
La lepra, impureza que excluía de la vida del pueblo, es imagen del pecado, que aniquila en el hombre la vida de Dios, por la que los fieles se mantienen en comunión. El juicio y la murmuración separan de los hermanos, cono le ocurrió a María la hermana de Moisés (Nm 12, 11-15), que quedando leprosa, permaneció fuera del campamento.
El leproso que se acerca a Jesús de Nazaret, va a profesar su fe en Cristo, postrándose ante él y reconociendo su autoridad sobre la lepra y sobre la Ley, al atreverse a infringirla acercándose a Jesús siendo leproso. Puede sorprendernos que Jesús toque al leproso, siendo así que él puede curar con solo su palabra. Además, también, porque la ley prohibía tocar a un leproso. Pero nosotros sabemos que Jesús, no sólo no puede ser contaminado por la impureza, sino que puede limpiar toda impureza con sólo quererlo. Podemos decir que lo tocó ya curado, pues le dijo “quiero, queda limpio”. Es su voluntad lo que cura y lo que le hizo extender la mano sobre el leproso. Además quiso someterse a la ley en lugar de ignorarla, mandando después al “leproso” curado, para que la cumpliese igualmente, presentándose al sacerdote, siendo así que, como dice San Juan Crisóstomo[1]: Cristo no estaba bajo la Ley, sino sobre ella como Señor de la Ley, como lo testifica la curación.
La curación, como dijo el Señor, fue para dar testimonio ante los sacerdotes que no creían, de manera que fueran evangelizados para su salvación e inexcusables si persistían en su incredulidad. El leproso, en cambio, hizo la profesión de fe, que lo salva, como dice Cromacio de Aquilea[2]. El Señor cura y manda al leproso para dar testimonio a los sacerdotes y para que viesen su fidelidad a la Ley, dice San Jerónimo[3], y no porque la felicidad del leproso dependiera de su salud, ni lo hizo tan sólo para que cumpliera un precepto de la Ley.
Cuando la suegra de Pedro es curada, se pone a servir; cuando el endemoniado es curado, es enviado a testificar a los de su casa; ahora el leproso es enviado a evangelizar a los sacerdotes. También nosotros estamos siendo curados por el Señor y somos enviados a testificarlo, anunciando con nuestra vida la Buena Noticia a todos los hombres.
          Que así sea.
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[1] Juan Crisostomo, Comment. in Matth., 25, 1
[2] Cromacio de Aquilea, In Matth. Tract., 38, 10
[3] Jerónimo, Comment. in Matth., 1, 8, 2-4

10 de enero


10 de enero, o jueves después de Epifanía  
(1Jn 4, 19-5, 4; Lc 4, 14-22a)

Queridos hermanos:

          La palabra de hoy nos sitúa ante dos problemas a los que se enfrenta la razón del hombre ante la fe: el escándalo de la encarnación, y el proyectar en Dios nuestras expectativas. El primero consiste en aceptar que nuestra relación con Dios tenga que pasar por la mediación de hombres como nosotros. Problema por tanto de humildad, a la que se resiste el orgullo.
          Dios ha querido siempre manifestarse a través de sus enviados, hombres a los que inspira por medio de su Espíritu, hasta que en Cristo, su presencia en el hombre se hace total y definitiva por medio de su Hijo.
          Es Dios quien elige cómo, cuándo, y a través de quien desea manifestarse. Elige, fortalece y envía: « Quien os acoge, me acoge a mí, y quien me acoge a mí, acoge a aquel que me ha enviado. »
          Jesús comienza su misión anunciando el cumplimiento de las promesas proclamadas por Isaías, de las que el pueblo tiene una concepción más material que espiritual; la “buena noticia” y “el año de gracia”, deberán comprenderse como un tiempo favorable de perdón ofrecido por Dios, en el que su justicia no será aplicada sobre los culpables, sino sobre su justo Hijo, encarnado en Jesucristo, el Siervo en quien se complace su alma, a cuya justicia tendrá acceso el hombre que por la conversión, acoja al Salvador.
          Sus paisanos deberán aceptar, que el “hijo de José, el carpintero” es el elegido por Dios, no sólo como maestro, sino como Señor; no sólo como “rabí”, sino como “rabbuni”. Pero cuando venga el Cristo nadie sabrá de donde es, y a este lo hemos visto nacer y crecer entre nosotros. ¿Qué tiene de diferente a cualquiera de nosotros? El problema de la encarnación golpea el orgullo humano que, se resiste a humillarse ante otro hombre. Pretendemos que Dios se nos imponga con su poder o autoridad, pero Dios, es fiel al don de la libertad que nos ha dado para que le amemos. Eso debe bastarle. Así, la fe brilla en la libertad y en la humildad del hombre, sin que Dios se le imponga con su poder.
          Para dar el salto a la fe, el hombre debe responder a la pregunta del Evangelio: « ¿De dónde le viene esto? », pero eso, supone reconocer la presencia de Dios y por tanto obedecerle, por lo que con frecuencia, el hombre se niega a responder a la pregunta. Al quedar al margen de la fe, el poder de Dios queda frustrado en Jesús por nuestra libertad, como dice el Evangelio: «Y no podía hacer allí ningún milagro».

          Que así sea.
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