Lunes 5º de Cuaresma
Dn 13, 1-62; Jn 8,12-20
Queridos hermanos:
No basta solamente con tener delante el
agua; hay que beberla, sumergirse en ella; hay que creer. Hay que dejarse
iluminar por la luz que se ha acercado a nosotros. Dejarse iluminar es aceptar
el testimonio de Cristo y el del Padre, que testifica a través de las obras que
realiza Cristo en su nombre y que le acreditan como enviado de Dios. Si no me
creéis a mí, creed por las obras.
Cuando la luz es rechazada, el hombre es
emplazado a juicio: “Y el juicio está en que la luz vino al mundo y los hombres
amaron más las tinieblas que la luz porque sus obras eran malas. Pues todo el
que obra el mal aborrece la luz y no va a la luz para que no sean censuradas
sus obras. Pero el que obra la verdad, va a la luz para que quede de manifiesto
que sus obras están hechas según Dios” (Jn 3, 19-21). A cuantos la reciben, en
cambio, les da el poder de hacerse hijos de Dios y los constituye en luz. Con
la “luz” sucede como con el “agua” de la fe, cuya virtud no es la de quitar la
sed simplemente, sino la de hacer brotar la fuente en el corazón del que cree
en Jesucristo. Así, la “luz” de la fe no solo tiene la virtud de iluminar al
creyente en Cristo, sino la de hacerlo luz en el Señor.
En el corazón del cristiano, por el
Espíritu, hay luz: luz del intelecto y llama ardiente de amor en el corazón,
como cantamos en el “Veni Creator Spiritus”. Luz, también para iluminar a otros
y para ver con la mirada de Dios el corazón del hombre, sin quedarnos en la
apariencia de las cosas. Si la luz ha llegado a nosotros, escuchemos, pues, lo
que nos dice el apóstol: “Despojémonos, pues, de las obras de las tinieblas y
revistámonos de las armas de la luz” (Rm 13, 12).
Que así sea.