Jueves santo

Jueves santo

Ex 12, 1-8.11-14; 1Co 11, 23-26; Jn 13, 1-15

Queridos hermanos:

La celebración sagrada de este día aparece ya en la Iglesia de Jerusalén a finales del siglo IV. Después de la misa vespertina, los fieles se reunían en el Monte de los Olivos, orando en los lugares donde Jesús fue entregado. La misa de la Cena del Señor, unida al lavatorio de los pies, se celebraba en los conventos y fue introducida en la liturgia romana en el siglo XII. Ya en el Medievo se había extendido por toda la Iglesia.

Las lecturas nos presentan la Pascua y despiertan en nosotros la expectación por celebrarla. Nuestra Pascua es Cristo, como proclama san Pablo: su cuerpo entregado y su sangre derramada, prenda de vida eterna y viático en nuestro camino de amor fraterno. Cristo se ofrece a sí mismo para la salvación del mundo y confía a la Iglesia el sacrificio vivo y santo, signo de la Nueva y Eterna Alianza con los hombres.

Para servirnos, Cristo se abaja hasta la muerte e invita a sus discípulos a perpetuar entre ellos este mismo espíritu de amor, entrega y servicio. Fiel a las palabras del Señor: “Haced esto como memorial mío”, la Iglesia celebra constantemente la Eucaristía con esta súplica: “Mira con amor y reconoce en la ofrenda de tu Iglesia la víctima inmolada para nuestra redención”. Este sacrificio, que reconcilia al hombre con Dios, ofrece sin cesar gloria al cielo y paz y salvación a la tierra. En la noche de Pascua, la Iglesia experimenta de modo singular la presencia del Señor en la Eucaristía y permanece junto a Él en la oración nocturna, uniéndose a su deseo manifestado a los discípulos: “Mi alma está triste hasta el punto de morir; quedaos aquí y velad conmigo”. Y también: “¿No habéis podido velar siquiera una hora conmigo?”.

A este día, pórtico del Triduo Pascual, lo llamamos “Día del amor fraterno”, porque brota del amor del Padre y del Hijo, que une a los hermanos y los hace testigos ante el mundo: “Como el Padre me amó, así os he amado yo; amaos unos a otros como yo os he amado. En esto conocerán todos que sois mis discípulos”. Las palabras de este día son “palabras mayores”: fuente y culmen de la Iglesia, promesa de plenitud. “Dichosos seréis si lo cumplís; nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos”. Amor hasta el extremo. Entrega total a los discípulos presentes y futuros: “No es más el siervo que su amo, ni el enviado más que quien lo envía”. El cristiano respecto a Cristo, como Cristo respecto al Padre.

Amar es servir, lavar los pies, vivir en función del otro, hasta alcanzar la perfección del amor al enemigo, siempre gratuito y desinteresado; nunca como un intercambio que busca el propio beneficio. No es un amor egoísta, centrado en uno mismo, que dejaría de ser amor verdadero: “Sed perfectos —con los demás— como vuestro Padre celestial es perfecto —con vosotros—, que hace salir su sol sobre buenos y malos y manda la lluvia también sobre los pecadores. No toma en cuenta el mal”. Amad a los demás con el amor que Dios ha derramado en vuestro corazón, como Dios os ama a vosotros. Lavaos los pies unos a otros; servíos mutuamente, como yo lo hago con vosotros desde mi cruz.

 Que así sea.

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Miércoles santo

Miércoles santo

Is 50, 4-9; Mt 26, 14-25

Queridos hermanos:

El Señor fue entregado para el perdón de los pecados, esos mismos pecados con los que nosotros lo entregamos, como se nos muestra en este Evangelio. El motivo de la Pascua es, precisamente, el amor de Dios; y la causa, el pecado y la esclavitud del hombre. El amor de Dios siempre precede. Lo uno conduce a lo otro y revela la gloria divina: un Dios que ama tanto al ser humano que se hace siervo.

¿Quién, ante esta palabra, puede sentirse seguro y firme en su propia justicia y fidelidad? Como decía el Papa Francisco, llevamos en nuestro interior a nuestro “pequeño Judas”, traidor y amante del dinero. “¿Seré yo, Maestro?” ¿Seguiré siendo yo, que tantas veces te he traicionado? Tú sabes que te amo, pero conoces también la fragilidad y la imperfección de mi amor.

Abrázame fuerte, Señor, para que no dude ni titubee ante la seducción del mal que me circunda y que quizá persiste en mí como raíz escondida de corrupción en letargo. Limpia mi corazón de la avaricia, para que no se endurezca, no se vacíe de amor ni ciegue mis ojos a tu misericordia y a tu piedad. Concédeme permanecer junto a tus fieles y celebrar la Pascua contigo en este “cenáculo” íntimo de comunión fraterna.

  Que así sea.

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Martes santo

Martes santo

Is 49, 1-6; Jn 13, 21-33.36-38

Queridos hermanos:

Seguimos contemplando el misterio de la glorificación del Señor. Cristo es glorificado juntamente con el Padre en el mismo instante en que acepta ser entregado por Judas, inaugurando así la salvación del género humano en la más grande manifestación de su amor: el Padre que nos entrega a su Hijo, y el Hijo que se ofrece por nosotros. Dios se ha revestido de gloria en todas sus obras, pero ninguna es comparable a la Redención, donde el pecado y la muerte quedan destruidos en el sacrificio de su propio Hijo, en quien su justicia se une a su misericordia para nuestra salvación.

Dios, impasible en su divinidad, se involucra en Cristo con nuestra carne, que le permite sufrir y morir por nosotros. En Cristo no se ofrece solamente un hombre justo; es Dios mismo quien se une al sufrimiento y a la muerte que nos alcanzan por el pecado, mereciendo así, de manera infinita, nuestra redención.

“¡Padre, glorifica tu Nombre! Lo he glorificado y de nuevo lo glorificaré”. Es el tiempo esplendoroso del amor: el Padre entrega a Cristo por amor, mientras que los judíos por envidia, Judas por avaricia y el diablo por miedo, sin comprender que, con su muerte, Cristo destruiría definitivamente su imperio de muerte.

Como Pedro, también nosotros somos incapaces de dar la vida por el Señor hasta que seamos revestidos con su victoria sobre la muerte y quede destruido nuestro temor por el don de la fortaleza del Espíritu.

  Que así sea.

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Lunes santo

Lunes santo

Is 42, 1-7; Jn 12, 1-11

Queridos hermanos:

Las lecturas nos sitúan a seis días de la Pascua, como lo hace este primer día de la Semana Santa. Se acerca la glorificación del Señor, prefigurada en el gesto de una mujer amada y perdonada, que manifiesta ante Él su amor y su sumisión ofreciéndole su tesoro más preciado. Juan coloca esta escena en la casa de Lázaro, dándole un clima de despedida, quizá motivado por actitudes o palabras del Señor. Los sinópticos, Mateo y Marcos, sitúan el episodio en la casa de Simón el leproso, y Lucas, con algunas variaciones, en la casa de Simón el fariseo. Todo converge hacia el tiempo en que el Hijo del hombre será glorificado por su entrega en la cruz, glorificación a la que el Padre responderá con la gloria de su resurrección.

La cerrazón de los sumos sacerdotes para creer en el testimonio de la obra realizada por el Señor con la resurrección de Lázaro los lleva a pretender tapar el sol con un dedo, privándose de su luz. También Judas aparece del lado de los incrédulos, criticándolo todo, cegado por el brillo del dinero. Jesús, en cambio, integra este acontecimiento en la dinámica de su entrega, que deberá pasar por un instante de sepultura, dejando a las mujeres privadas del gesto misericordioso de ungir su cuerpo en la madrugada del domingo.

Frente al misterio de la muerte y del más allá, el hecho de que alguien haya vuelto de la tumba suscita inevitablemente la curiosidad de los judíos, que acuden a Betania en busca de respuestas. Pero esas respuestas sólo pueden ser dadas plenamente por “Moisés y los Profetas”, escuchados con fe: “Tienen a Moisés y a los Profetas; que los oigan”. También nosotros estamos invitados a esta escucha que nos habla de Cristo y nos revela los misterios del cielo y el amor del Padre.

Que así sea.

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Domingo de Ramos en la Pasión del Señor A

Domingo de Ramos en la Pasión del Señor A

Is 50, 4-7; Flp 2, 6-11; Mt 21,1-11; 26,14-27, 66

Queridos hermanos:

Con este Domingo de Pasión o de Ramos comenzamos la Semana Santa, que la Iglesia de Oriente llama Grande. La procesión de las palmas tiene su origen en Jerusalén, donde los fieles se reunían el domingo por la tarde en el Monte de los Olivos y, después de la lectura del Evangelio, caminaban hacia la ciudad. Los niños llevaban en sus manos ramas de olivo y palmas. En Roma, la descripción más antigua de esta fiesta data del siglo X.

Hacemos presente la Pasión del Señor porque Cristo sube a Jerusalén sabiendo que el tiempo de la predicación ha llegado a su fin y comienza el tiempo del sacrificio. Había llegado “su hora”: la hora de pasar de este mundo al Padre y abrir las puertas del Paraíso a la humanidad; la hora de humillarse hasta la muerte de cruz, asumiendo la condición de siervo, lleno de confianza en su Padre y de amor hacia nosotros.

Cristo es entregado: Dios lo entrega por compasión al linaje humano; Judas, por avaricia; los judíos, por envidia; y el diablo, por temor a que con su palabra arrancase de su poder al género humano, sin advertir que por su muerte lo arrancaría aún mejor de lo que ya lo había hecho por su doctrina y sus milagros[1]. Cristo mismo se entrega por amor a nosotros y por obediencia plena a la voluntad del Padre.

La multitud que lo acompaña y lo ensalza en su entrada gloriosa se diluye entre la gente que llena Jerusalén en esos días. Y cuando aparece la cruz, queda solo, excepto por el discípulo y la Madre, a quienes es el amor lo que los mantiene unidos a Cristo.

Toda alma santa es invitada hoy a considerarse el “asno” del Señor, como dice un escritor anónimo del siglo IX. Pero no seamos tan asnos como para pensar que los mantos se tienden para honrarnos a nosotros y no al Señor que llevamos.

Acoger a Cristo con palmas y ramos debe corresponder a la adhesión a sus preceptos, a su voluntad y a su palabra, que se manifiesta en las obras de misericordia. Quien guarda odio o cólera en el corazón, aunque sea hacia una sola persona, celebra la Pascua para su propia desventura. Por eso los judíos buscan y eliminan toda levadura, toda corrupción, antes de celebrarla, como signo de purificación.

En este domingo proclamamos los misterios de nuestra salvación. Para la Iglesia sería pecado de ingratitud no hacerlo; pero también lo sería para nosotros no prestarles la debida atención. Purifiquémonos, pues, y perdonémonos unos a otros en el amor del Señor.

La palma significa la victoria. Llevémosla, entonces, con verdad.

Oh Dios, a quien amor y afecto son debidos por justicia, multiplica en nosotros los dones de tu gracia inefable. Concédenos que, así como por la muerte de tu Hijo nos has hecho esperar en aquello que creemos, por su resurrección alcancemos aquello hacia lo que tendemos. Amén[2].

 Proclamemos juntos nuestra fe.

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[1] Orígenes, in Matthaeum, 35.

[2] Sacramentario Gelasiano, ed. L.C. Mohlberg, Roma 1968, n. 330.

Sábado 5º de Cuaresma

Sábado 5º de Cuaresma

Ez 37, 21-28; Jn 11, 45-56

Queridos hermanos:

Una vez más, los judíos intentan matar a Jesús, pero en vano, porque aún no había llegado su hora. Jesús deberá confirmar su testimonio por tercera vez y ante el Sumo Sacerdote antes de que todo se cumpla. Ignorando su mensaje de paz, los judíos juzgan su ministerio como un intento de alzarse con el poder, temiendo provocar las represalias de Roma y la ruina de la nación. Y, sin embargo, eso mismo sucederá en el año 135, con la rebelión violenta de Simón Bar Kojba —reconocido como Mesías por Akiva ben Josef—, que trajo para Israel una de sus mayores catástrofes.

Se cumple en ellos la sentencia revelada a Isaías: “Mirarán, pero no verán; oirán, pero no escucharán; no se convertirán y no serán curados”. Se ha embotado el corazón de este pueblo; han cegado sus ojos y han tapado sus oídos.

Olvidaron que la misión de su nación era ser testigo de las obras de Dios ante los poderes del mundo. Prefirieron conservar su miserable existencia de pueblo sometido, no perder su bienestar ni sus corrompidas canonjías, antes que acoger al verdadero Mesías que denunciaba su prevaricación.

También nosotros seremos tentados en nuestras seguridades y en nuestras reivindicaciones frente al Cordero manso, que no abre su boca ante el esquilador y se deja degollar para lavar con su sangre nuestras inmundicias.

¡Padre, perdónalos a ellos, porque no saben lo que hacen, y perdónanos también a nosotros, que sabemos lo que no debemos hacer!

 Que así sea.

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Viernes 5º de Cuaresma

Viernes 5º de Cuaresma

Jr 20, 10-13; Jn 10, 31-42

Queridos hermanos:

Creer en Cristo es acoger el testimonio que la Escritura da de Él, recibir su predicación y, sobre todo, reconocer el testimonio de sus obras, en las cuales el Padre y el Espíritu confirman la veracidad de sus palabras y su presencia en Él. El testimonio definitivo será su resurrección de entre los muertos, junto con la promesa de la resurrección para todos los que crean en Él, gracias al Espíritu que el Padre enviará desde el cielo. Los milagros —que Jesús llama signos o señales— manifiestan su unión con Dios y su misión salvadora frente al pecado y la muerte, para la cual ha sido consagrado y enviado por el Padre.

Tanto su palabra como sus obras testificarán en el juicio acerca de nuestra acogida o rechazo del Hijo, y también del Padre que lo ha enviado. Del mismo modo, sus discípulos, enviados en su nombre, serán objeto de acogida o rechazo, porque en ellos se hace presente Aquel que los envía: Cristo, y también el Padre. Así ocurrió con Juan Bautista, con Jeremías y con todos los profetas.

Una vez más, los judíos, lentos para creer, se muestran rápidos para juzgar según criterios meramente carnales, sin dejarse iluminar por el discernimiento de las obras que, trascendiendo la carne, deberían conducirlos a confiar en el Señor.

Esta palabra nos invita a creer, apoyándonos en los signos que Dios mismo nos ofrece, porque ha querido llamarnos al conocimiento de su Hijo, para que tengamos en Él la vida eterna.

Que así sea.

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Jueves 5º de Cuaresma

Jueves 5º de Cuaresma

Ge 17, 3-9; Jn 8, 51-59

Queridos hermanos:


Recordemos que Jesús había dicho: “Mis palabras son espíritu y son vida”. Para discernir sus palabras, por tanto, es necesario participar de su mismo Espíritu, sin quedar encerrados en la mera materialidad de lo dicho. Quienes guardan su palabra —que es vida y vida eterna— no gustarán la muerte perdurable, pues de ella serán librados.

El Señor no busca la aceptación de los hombres ni su propia gloria; su anhelo es salvarlos de la muerte perdonando el pecado. Y para ello debe ser reconocido y acogido a través de sus palabras y, sobre todo, mediante las obras con las que el Padre y el Espíritu testifican en su favor para dar vida. Cristo da testimonio del Padre y del Espíritu, y pone como testigo a la Escritura, de la que también recibe gloria, porque Él es su cumplimiento y su objeto: aquello que los textos sagrados han ido anunciando y revelando. Abrahán nació antes que Él, pero es Cristo quien le dio la existencia, participándole su propio “ser”.

Ante la incredulidad de sus oyentes, Jesús se oculta, dejándolos con las piedras en las manos. Se niega a juzgarlos mientras dure el “tiempo de higos”, el “año de gracia”, como hará también ante la mujer adúltera: retarda el tiempo de la justicia y dilata el de la misericordia, con la paciencia y la esperanza de salvarlos.

Ya decía san Gregorio (Hom. Ev. 18): “Así como los buenos, al recibir ultrajes, mejoran, los malos empeoran al recibir beneficios, y de los ultrajes intentan pasar al homicidio”. Y como enseña la Escritura: “No reprendas al cínico, que te odiará” (Pr 9, 8).

Que así sea.

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La Anunciación del Señor

La Anunciación del Señor

Is 7, 10-14.8, 10; Hb 10, 4-10; Lc 1, 26-38

Queridos hermanos:

La acogida del kerygma del ángel se hace Encarnación del Señor en la Virgen María; la cercanía del Señor se convierte en presencia y en unión con nuestra naturaleza mortal para hacerla resucitar en Cristo. La liturgia nos presenta la fidelidad de Dios a sus promesas de salvación y a Jesús como el Salvador que viene a perdonar los pecados y a destruir la muerte. Él viene a revelar el misterio escondido desde antiguo: la llamada universal al reino eterno prometido a David.

Todas las promesas apuntaban a Cristo, el elegido para nuestra salvación, que asumiría la virulencia del mal para destruirlo. El plan de Dios para salvar al mundo está en acto. Se ha cumplido el tiempo: el mensajero anuncia, la Virgen acoge el Evangelio y el Salvador es engendrado y concebido. La salvación revelada a Isaías es ahora anunciada por el arcángel Gabriel a María. María acepta la voluntad de Dios y recibe a Cristo.

Contemplemos hoy a María, que concibe por la fe y acoge por la esperanza: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti; el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso, el que ha de nacer será santo y se le llamará Hijo de Dios”. Esta buena noticia se cumple también en todo aquel que, escuchando el anuncio, cree en el Evangelio y guarda la Palabra.

También nosotros somos evangelizados con María. Cristo debe ser engendrado en nosotros por la fe y dado a luz mediante las obras del amor de Dios, derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado. La salvación está cercana y debemos disponernos a acogerla, reconociendo el amor de Dios hacia nosotros y la fuerza de su poder, porque no hay nada imposible para Él.

Por la unión indisoluble de Dios con la naturaleza humana, ha sido rota la cadena del pecado y ha comenzado la gracia de la regeneración de la humanidad. María es la primera redimida y santificada, “llena de gracia” desde su concepción, como le fue anunciado por Gabriel. De esta gracia nos beneficiamos todos, llamados gratuitamente a la santidad que Dios ha hecho brillar en ella y en la nueva creación, de la cual ella es prototipo en Cristo. En ella somos ennoblecidos con la grandeza del más bello de los hombres, con la que Él ha engalanado a su Madre.

Dada la perfecta unión de María con Cristo, frecuentemente, en las fiestas del Señor, es preponderante la presencia de María. Lo vemos hoy, cuando, ya desde el anuncio del Señor, María es exaltada como la “llena de gracia”, destinada a concebir, gestar y dar a luz a la Palabra hecha carne. Madre de Dios, Madre de Cristo, Madre de la Iglesia y, por tanto, Madre nuestra; primera evangelizada y evangelizadora, ella nos remite a Cristo: “Haced lo que Él os diga”. Y Cristo nos ha dicho: “Llenad las tinajas de agua; haced lo que humanamente podéis, que yo haré, divinamente, lo que solo es posible para Dios”.

Como en todas las fiestas de la Virgen, en primer lugar dirigimos nuestra mirada para contemplar la obra del Señor en ella, y, en segundo lugar, para ver realizada la promesa que el Señor quiere llevar a cumplimiento en nosotros. En ambos casos contemplamos la gracia del Señor. Por gracia fue ella preservada del pecado y por gracia somos nosotros purificados de él. Ella, para dar a luz en la carne al que llevaba en su seno por el Espíritu; nosotros, para dar a luz en la fe al que quiso asumir nuestra carne. En María somos hoy invitados a acoger la buena noticia de nuestro rescate, a creer en el amor gratuito de Dios y a decir, con María, que se haga en nosotros su voluntad.

Hoy, la Buena Noticia del “Dios con nosotros”, concebido, gestado y dado a luz por la Virgen, que pone fin a las consecuencias del pecado, toma nombres concretos en Gabriel, Jesús, María y José: el que está delante de Dios presenta a la Virgen María lo que ha contemplado: la llena de gracia y Madre del Hijo del Altísimo. María ha hallado gracia ante Dios. Jesús será grande, será santo y se le llamará Hijo de Dios.

Estas palabras nos llenan de esperanza, porque también a nosotros se nos ha hecho esta promesa: la de ver nacer de nosotros a Cristo, venciendo la impotencia de nuestra esterilidad. También nosotros recibimos sobreabundantemente la gracia del Señor, con la que Él quiere llenar nuestro corazón. ¡Alégrate, por tanto, y salta de gozo tú que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá!

¿Acaso es más difícil que la Virgen sea concebida sin pecado que el que a nosotros se nos borren los pecados por la fe, recibiendo el Espíritu Santo como María, para que Él engendre en nosotros y podamos dar a luz un hombre nuevo, incorporado a Cristo por la vida de Dios en nosotros? “El que escucha la Palabra de Dios y la guarda, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre”.

 Proclamemos juntos nuestra fe.

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Martes 5º de Cuaresma

Martes 5º de Cuaresma

Nm 21, 4-9; Jn 8, 21-30

Queridos hermanos:

Una vez más, en este itinerario cuaresmal, somos invitados a renovar nuestra fe en la misericordia divina, que se ha hecho carne en Cristo. Jesús revela su igualdad con el “Yo Soy” y, al mismo tiempo, prepara la comprensión de su distinción con el Padre dentro del misterio de su unidad. La salvación del pueblo judío —y de todos nosotros— consiste en creer en esta revelación antes de que la Verdad se imponga cuando Él sea levantado.

Nadie puede perdonar los pecados sino Dios. Por eso, creer en Cristo como el Señor es cuestión de vida o muerte, igual que lo fue para los judíos: “Ya os he dicho que moriréis en vuestros pecados, si no creéis que Yo Soy”.

Creer en Cristo es acoger la misericordia del Padre, que lo ha enviado para salvar al mundo, perdonando el pecado y destruyendo la muerte. Lo que sucedió en figura cuando Israel murmuró contra Dios y fue mordido por las serpientes en el desierto, se convierte ahora en realidad universal para quienes hemos sido heridos por la muerte del pecado: Cristo es elevado en el madero de la cruz como remedio contra la muerte, para quienes creen en Él.

Mientras Cristo regresa al Padre, cumplida su misión, quien no lo haya acogido no puede seguirlo y permanece en la muerte del pecado: “Donde yo voy, vosotros no podéis venir”, porque sois de abajo; yo soy de arriba y vuelvo a donde pertenezco.

Los judíos levantarán a Cristo en la cruz dándole muerte, y el Padre lo exaltará a la gloria resucitándolo; y con Él, a cuantos lo han acogido por la fe, sentándolos con Él en los cielos: “Si habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios”. “Porque habéis muerto, y vuestra vida está oculta con Cristo en Dios”.

 Que así sea.

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Lunes 5º de Cuaresma

Lunes 5º de Cuaresma  

Dn 13, 1-62; Jn 8, 1-11 

Queridos hermanos:

Cuando Israel se encuentra en el destierro por haberse alejado de Dios, lleva en sus manos el fruto amargo de sus pecados. Sin embargo, es invitado a mirar hacia adelante y a confiar en el amor del Señor, que tuvo poder para conducir a su pueblo por el desierto con grandes prodigios, abriéndole un camino de retorno desde la esclavitud.

Cristo ha venido a proclamar “un año de gracia del Señor”, pero los judíos, para tentarle, quieren que adelante el juicio sobre aquella mujer. Entonces Cristo les responde, en el silencio elocuente de sus gestos: mi tiempo es tiempo de misericordia; es “tiempo de higos”, en el que “el Padre hace salir su sol sobre buenos y malos y manda la lluvia también sobre los pecadores”. Cuando llegue el tiempo del juicio, lo será para “la higuera” y para todos, comenzando por el Templo. ¿Por qué habría de juzgar a esta mujer y no también a vosotros? Si queréis que adelante el juicio, comencemos por los más viejos.

Entonces, el dedo del Legislador, que escribió la Ley sobre las tablas de piedra para Moisés, comienza a trazar sus sentencias sobre la arena. Como nos ocurre a nosotros, aquellos judíos estaban más dispuestos a juzgar que a ser juzgados, y de inmediato perdieron todo interés en el asunto.

Cristo, mediante el perdón, abre un camino a la adúltera para que, abandonando sus pecados, pueda lanzarse hacia la meta en el amor de Cristo, que rompe la muerte y transforma el juicio en gracia para la conversión. Él se ha hecho —como dice san Pablo— nuestra justicia por el perdón de los pecados. En Él podemos ser justificados. Recordemos sus palabras: “No juzguéis y no seréis juzgados; no condenéis y no seréis condenados”. Alejemos de nosotros todo juicio, no sea que, volviéndose contra nosotros, tengamos que pagar hasta el último céntimo de nuestra deuda.

La Ley, ante la imposibilidad de cambiar el corazón, aniquilaba al pecador; pero Cristo, con la gracia de la fe, obtiene el perdón, anula el pecado, salva de la muerte y regenera al pecador con el don de su Espíritu Santo, dándole un corazón nuevo, en el que el fuego del amor graba su Ley en las tablas de carne de su interior.

La Cuaresma es también tiempo de misericordia y camino de esperanza en la promesa que ya se vislumbra; tiempo de preparar el vestido nupcial y de velar, no sea que se cierre la puerta del Reino ante nosotros.

Que así sea.

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Domingo 5º de Cuaresma A

Domingo 5º de Cuaresma A:

Ez 37, 12-14; Rm 8, 8-11; Jn 11, 1– 45

Queridos hermanos:

Esta palabra habla de muerte y resurrección, y por eso, ante la cercanía de la Pascua, se nos propone como anuncio de los misterios que nos preparamos a celebrar. En ella encontramos la catequesis bautismal elaborada a partir del acontecimiento de la resurrección de Lázaro. Como en los domingos anteriores, también hoy aparece la profesión de fe en boca de Marta: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios». Esta es la finalidad de estas catequesis: suscitar y proclamar la fe. «El que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre».

En la primera lectura se menciona al Espíritu, que hace posible en nosotros la resurrección y que nos es enviado gracias a la resurrección de Cristo, cuya figura es la resurrección que Lázaro experimenta, provocando la profesión de fe de Marta, en sintonía con la samaritana y el ciego de nacimiento.

Jesús comienza diciendo: «Esta enfermedad no es de muerte; es para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella». En consecuencia, Jesús espera dos días a que se produzca la muerte de Lázaro. Como dice san Jerónimo, dos días han de pasar antes de que la resurrección sea manifestada: el del Antiguo y el del Nuevo Testamento, que será sellado con la muerte de Cristo, ya que todo testamento necesita, para ser válido, la muerte del testador. Por eso, la resurrección de Lázaro será sólo un signo y un anuncio de la Pascua de Cristo y del bautismo, por el cual nosotros somos incorporados a ella.

Se habla también del riesgo de muerte para Jesús: «Rabbí, con que hace poco los judíos querían apedrearte, ¿y vuelves allí?» (Jn 11, 8). Jesús sabe que se juega la vida volviendo a Judea, y lo saben también los apóstoles. Por eso, cuando Jesús dice: «Vayamos donde Lázaro», responde Tomás: «Vayamos también nosotros a morir con él». Jesús arriesga su vida, pero no por Lázaro, sino por la fe de sus discípulos; y por eso dice: «Me alegro por vosotros de no haber estado allí, para que creáis». Jesús está enseñando a sus discípulos a creer, a crecer de fe en fe, y a arriesgar la vida junto con Él, para que después puedan perderla como Él, cuando reciban la fuerza del Espíritu Santo.

Jesús puede ir al encuentro de la muerte porque tiene una respuesta a la muerte. No necesita evitarla ni en Él ni en Lázaro, como hace siempre el mundo. Puede entrar en ella y vencerla: «Invocó al que podía librarlo de la muerte y fue escuchado». Fue resucitado. «Si uno camina de noche tropieza, porque le falta la luz»; pero Él es la Luz del mundo: «Quien me sigue no camina en las tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida».

La finalidad de la muerte de Lázaro y de la de Jesús es la fe: «para que creáis»; «para que crean que tú me has enviado». Y esta fe es para la gloria de Dios. Por ella será glorificado el Hijo de Dios y el Padre, que lo resucitará para nuestra salvación. «Si crees, verás la gloria de Dios». Tres veces se menciona la gloria de Dios en esta palabra.

La condición para ver la gloria y para glorificar a Dios es la fe. Al igual que la Samaritana y el ciego de nacimiento de los domingos anteriores, Marta es invitada a profesar la fe antes de que se le manifieste la resurrección. La experiencia de Lázaro —ser resucitado en medio de las ataduras y del hedor de su propia muerte— es la experiencia de quienes hemos conocido el amor de Dios y el perdón gratuito de nuestros pecados: la experiencia de la gratuidad de la fe.

Por la fe podemos participar de la muerte de Cristo, habiendo sido ya resucitados de la muerte de Adán, de esa muerte fatal e irremediable que es consecuencia del pecado. Ahora la muerte física ha perdido su aguijón y servirá para que seamos transformados y nuestra carne sea glorificada como la de Cristo. Por la fe podremos contemplar su gloria en la Pascua, en la Eucaristía y, junto con sus ángeles y sus santos, en compañía de la Virgen María, elevar al Padre nuestra bendición y acción de gracias eternamente en los cielos.

  Proclamemos juntos nuestra fe.

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Sábado 4º de Cuaresma

Sábado 4º de Cuaresma

Jr 11, 18-20; Jn 7, 40-53

Queridos hermanos:

El Señor ha sido enviado para alcanzarnos el agua viva del Espíritu. Solo en quienes han comenzado a creer empiezan a revelarse, de fe en fe, los misterios del Reino de Dios en Cristo: el Profeta esperado, el Mesías prometido, el Siervo del Señor y el Hijo de Dios. Envuelto en el misterio de las Escrituras, únicamente el Espíritu Santo puede desvelar y unificar, testificando a nuestro espíritu aquello que solo el amor puede discernir: ¡Es el Señor!

Es natural que surjan dudas, como las tuvo Natanael, “el verdadero israelita en quien no hay engaño”. Sin embargo, solo la buena fe, apoyada en la benignidad divina, busca e indaga, esperando la confirmación interior del testimonio, de las palabras y de los acontecimientos. En cambio, la mala fe, que se rebela ante la llamada a la conversión del “Profeta”, lo rechaza sin discernimiento e incluso lo insidia para perderlo. Pero Dios no permitirá esto hasta que haya concluido su ministerio y finalizado el tiempo favorable para la conversión de los incrédulos.

Mientras la gracia de la escucha ilumina a los guardias del Evangelio, dándoles parresía, se endurece el corazón de quienes cierran su oído a la Palabra, incapacitándolos para creer y ser curados. Ni la letra de la Ley ni su conocimiento salvan sin el testimonio del Espíritu, que escribe sus preceptos en las tablas espirituales del corazón humano por la fe. La gracia no hace acepción entre guardias y magistrados, entre eruditos y gente sencilla; no depende de lo externo de la condición humana, sino del tesoro escondido del corazón, que solo Dios conoce. También el dubitativo Nicodemo, en quien la gracia está actuando, recibe la fortaleza necesaria para testificar.

El discernimiento no procede de la erudición de la letra, sino de la sintonía del corazón con la Palabra, cuyo espíritu es el amor. Y el amor no defrauda nunca, porque el amor es de Dios.

Que así sea.

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Viernes 4º de Cuaresma

Viernes 4º de Cuaresma

Sb 2, 1ª.12-22; Jn 7, 1-2.10.25-30

Queridos hermanos: 

En la proximidad de la Pascua, la Palabra nos presenta hoy el rechazo de Cristo, el Justo anunciado en la primera lectura. Desde el justo Abel, pasando por los profetas y los hombres rectos, el bien ha sido siempre perseguido, como lo fueron Cristo mismo y cuantos permanecen fieles a la voluntad de Dios. El “misterio de la iniquidad” tiene un tiempo para actuar, tiempo que, como dice san Pablo, contribuye al bien de quienes aman a Dios, aunque permanezca velado al discernimiento de sus contemporáneos de manera misteriosa. Esta cerrazón se comprende a la luz del profeta Isaías: «Ve y di a este pueblo: Escuchad bien, pero no entendáis; ved bien, pero no comprendáis. Engorda el corazón de este pueblo, hazle duro de oídos y pégale los ojos, no sea que vea con sus ojos, y oiga con sus oídos, y entienda con su corazón, y se convierta y se le cure» (Is 6, 9-10).

El pueblo que se negó a convertirse a la Palabra del Señor deberá esperar a que Dios “sea propicio”. Esto ocurrirá ante la proximidad del Mesías, cuando les envíe a Juan Bautista, quien anunciará un bautismo de conversión para el perdón de los pecados. Él destapará sus ojos y sus oídos y ablandará su corazón para que puedan acoger a Cristo y, con Él, la salvación. «Pero los fariseos y los legistas, al no aceptar su bautismo, frustraron el plan de Dios sobre ellos» (Lc 7, 30).

La Iglesia misma, y cuantas obras suscita el Espíritu a lo largo de la historia, pasan inevitablemente por la incomprensión, el rechazo y la persecución, que las purifican y consolidan, como ocurrió frente a los enemigos a los que tuvo que enfrentarse el pueblo en la conquista de la Tierra Prometida. Aquellos adversarios los mantenían preparados y diestros para el combate. «Si a mí me han perseguido, también os perseguirán a vosotros» (Jn 15, 20).

Se cumplen así las profecías que anunciaban el “día del Señor” como tinieblas y oscuridad, nubarrones y densa niebla (Ez 30, 3; Jl 2, 2), y lo terrible de su visita: «¿Quién podrá soportar el día de su venida? ¿Quién se tendrá en pie cuando aparezca? Porque será como fuego de fundidor y lejía de lavandero. Se sentará para fundir y purgar» (Ml 3, 2-3).

La conversión, como gracia de la misericordia de Dios, debe acogerse cuando el Señor se hace presente a través de su enviado, no sea que, cuando venga, no tengamos ojos para ver ni oídos para oír, y nuestro corazón esté endurecido para convertirse y no seamos curados. Como dirá san Pablo: «En nombre de Cristo os suplicamos: ¡Reconciliaos con Dios! Ahora es el tiempo favorable; ahora es el día de la salvación».

  Que así sea.

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San José, esposo de la Virgen María

San José, esposo de la Virgen María

2S 7, 4-5.12-14.16; Rm 4, 13.16-18.22; Mt 1, 16.18-21.24; ó Lc 2, 41-51.      

Queridos hermanos:

Conmemoramos hoy a San José, esposo de la Santísima Virgen María y padre legal —o putativo— de Jesús, patrono de la Iglesia y de los seminarios. La Escritura lo llama “el justo”, y, sin embargo, no conserva de él una sola palabra. Aquel que debía presentar al mundo a la Palabra hecha carne y darle nombre, contempla en silencio —silencio de escucha y de amor activo— el Misterio que se le confía. Callar y obrar, dirá siglos después san Juan de la Cruz.

La Escritura explica el significado del nombre de José en el libro del Génesis (30, 23-24), cuando Raquel exclama: «Ha quitado Dios mi afrenta». Y le puso por nombre José, diciendo: «Añádame Yahvé otro hijo».

Una tradición copta sostiene que José tuvo un primer matrimonio del que nacieron cuatro hijos —José, Simón, Judas y Santiago, según Mt 13, 55— y dos hijas. Entre ellos, Santiago, llamado “hermano del Señor”, habría sido acogido y educado por María cuando se realizó su desposorio con el justo José. Con todo, la Escritura parece contradecir claramente esta hermosa tradición (cf. Brant Pitre, “Jesús y las raíces judías de María”, p. 136).

Parece que algunos antepasados de José, descendientes de David, se establecieron en Nazaret. Sorprende que una aldea tan pequeña tuviera sinagoga y, más aún, que poseyera el rollo de la profecía de Isaías, un bien costoso y poco accesible para una comunidad modesta. También se considera probable que José no fuera un simple artesano, sino un profesional experto, más cercano a un constructor que a un carpintero común. Otra tradición afirma que José ejercía de archisinagogo, lo cual explicaría que Jesús no solo supiera leer y escribir —algo infrecuente en un pequeño pueblo galileo—, sino también que supiera manejar el rollo de Isaías.

Toda paternidad procede de Dios, fuente de toda vida, y es Él quien la confía a los hombres para una misión. La paternidad biológica no agota el concepto de paternidad ni puede reclamar su exclusividad. Solo cuando se nutre, educa, protege y reconoce legalmente a los hijos, la paternidad alcanza su plenitud.

San José fue investido por Dios como padre de Cristo en todo, salvo en la generación, obra del Espíritu Santo según el anuncio del ángel. Al imponer el nombre a Jesús, al proveer lo necesario para su crecimiento humano, al educarlo en la fe y en las Escrituras, y al rodearlo de los cuidados propios de un padre, José ejerció plenamente la paternidad que le fue confiada. Esta misión culmina cuando el niño Jesús manifiesta que su iniciación en la fe ha llegado a su madurez: «¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en la casa de mi Padre?». Reconocido Dios como su Padre, José desaparece silenciosamente de la Escritura.

Pero antes de recibir la confirmación de su misión, José debió atravesar la prueba de la fe, como Abrahán, como Moisés, como Cristo en Getsemaní. José tuvo su propio Moria, su Sinaí y su noche de angustia ante un acontecimiento que no podía resolver racionalmente, pero ante el cual debía decidir. Solo entonces Dios abrió para él el mar y proveyó el cordero: «José, hijo de David, no temas tomar contigo a María, tu mujer, porque lo engendrado en ella es del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús, porque Él salvará a su pueblo de sus pecados».

En el Evangelio de Lucas, María se refiere a José como padre de Jesús, título que sin duda fue el trato familiar del niño hacia él hasta alcanzar la madurez en la fe. Quizá en ese contexto se sitúe el Evangelio de hoy: Jesús, tras ser examinado por los doctores, desea seguir escuchándolos y preguntándoles sobre las “cosas de mi Padre”. Su respuesta es un reconocimiento público de que sus padres lo han educado bien, conduciéndolo al discernimiento de la paternidad de Dios en su vida.

 

Profesemos juntos nuestra fe.

 

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Miércoles 4º de Cuaresma

Miércoles 4º de Cuaresma

Is 49, 8-15; Jn 5, 17-30

Queridos hermanos:

Dice el Señor: “Mi Padre trabaja siempre”. Sabemos que la actividad esencial de Dios, “el acto puro”, es puro amor. Por amor crea todas las cosas y, con amor infinito, las gobierna: amor para crear, amor para renovar la faz de la tierra, amor para redimir y amor para recrear constantemente todo en su misericordia. Esta constante actividad de Dios en el gobierno, como juez, que Israel consideraba compatible con su descanso como creador, Cristo se la atribuye a sí mismo al decir: “Mi Padre trabaja siempre y yo también trabajo; como el Padre tiene vida en sí mismo, así también le ha dado al Hijo tener vida en sí mismo, y le ha dado poder para juzgar, porque es Hijo del hombre. El Padre no juzga a nadie, sino que todo juicio se lo ha entregado al Hijo”. Juzgar es también gobernar.

El descanso sabático busca centrar al hombre en la actividad divina del amor, que es la vida verdadera y perdurable, desatándolo del deseo de ganancia, de la idolatría del dinero y de la propia independencia y seguridad, para orientarlo hacia la providencia y la gratuidad del amor de Dios, y hacia la escucha de su Palabra. En definitiva, el espíritu del sábado —como el de todos los mandamientos— es el amor, y no el cumplimiento ciego de una norma de inactividad a costa de lo que sea. Los escribas y fariseos del Evangelio están incapacitados para discernir entre la norma y el espíritu que la inspira, porque su corazón no está en sintonía con el amor, que es Dios, a quien desconocen profundamente; su discernimiento es tan inmaduro como su amor (cf. Flp 1, 9-10). Su relación con Dios a través de la ley no es el amor, sino la búsqueda de su autojustificación para poder prescindir de la misericordia. No comprenden, por tanto, aquello de: “Misericordia quiero, y conocimiento de Dios. Yo quiero amor y no sacrificios vacíos”.

Jesús centra su actividad actual como juez en la aceptación o rechazo del Hijo, en quien el Padre ha depositado la gracia: “El que cree en él no es juzgado, sino que ha pasado de la muerte a la vida”. Él es la Palabra del Padre que hace presente su amor constante y lo convierte en juicio para quien la escucha, sea que la acepte o que la rechace. En efecto, rechazarla es rechazar el amor de Dios que anuncia: “A quien rechace mis palabras, yo no lo juzgo; la Palabra lo juzgará en el último día”, dice el Señor.

  Que así sea.

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Martes 4º de Cuaresma

Martes 4º de Cuaresma

Ez 47, 1-9.12; Jn 5, 1 –3. 5 – 16

Queridos hermanos:

La palabra de hoy, en este itinerario cuaresmal, nos presenta el agua como figura del bautismo que purifica y salva perdonando los pecados, y el día del sábado como tiempo propicio para la acción ininterrumpida de la misericordia divina.

El hombre enfermo de la piscina hace presente a la generación incrédula y pecadora del desierto y, como ella, ha pasado treinta y ocho años esperando ser purificado. El mismo tiempo tuvo que esperar Israel en el desierto, desde Cades Barnea hasta completar su purificación, pasando por las aguas del torrente Zéred (cf. Dt 2,14), una vez extinguida la generación incrédula al Señor. San Agustín afirma que, si el número cuarenta es signo de curación y plenitud, el treinta y ocho, siendo incompleto, expresa la enfermedad en vías de sanación. En definitiva, indica la necesidad de purificación y, por tanto, de la salvación que trae Cristo.

La misericordia y el poder del Señor han llevado al paralítico a reconocer la autoridad de Cristo para mandarle cargar con la camilla en sábado. Esa misma autoridad debe moverle ahora a creer y a dejar de pecar, en obediencia a su potente Salvador, que le ha liberado gratuitamente de un gran mal, por puro amor, advirtiéndole de un mal peor que treinta y ocho años de parálisis: el mal que nace del pecado. Esto mismo experimentó la generación incrédula en el desierto, al verse privada de entrar en la Tierra Prometida. No será ya el agua, sino la fe en Cristo, la que, junto con la curación, le alcanzará la salvación.

Jesús, al curar en sábado, se sitúa en plena sintonía con el espíritu del sábado, que Dios ha hecho para la salud del hombre y no para su propia complacencia. Está en el espíritu del sábado alegrarse por la salvación de Dios. La transgresión del sábado, en cambio, consiste en buscar el propio provecho en la acción humana sin confiar en Dios. La falta de profundidad en el juicio sobre el sábado esconde, en el fondo, un juicio sobre Dios mismo, como si con el precepto buscara únicamente la sumisión del hombre y no su bien, al acercar su corazón a Él. Por el contrario, la verdadera libertad frente al precepto nace del “conocimiento” de Dios, que es amor siempre y sin segundas intenciones: “Misericordia quiero y no sacrificios; conocimiento de Dios, más que holocaustos”. Ama y haz lo que quieras, decía san Agustín parafraseando a Tácito. En sábado, la actividad del amor, como la del gobierno del universo, no se interrumpe ni en el Padre ni en el Hijo: “Mi Padre trabaja siempre y yo también trabajo”.

El legalismo encierra siempre una falsa concepción de Dios, que puede llegar a convertirse en idolatría e incluso en mala fe.

Que la Eucaristía nos introduzca y nos haga madurar constantemente en el amor del Señor, y nos permita así crecer en un discernimiento cada vez más profundo.

 Así sea.

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Lunes 4º de Cuaresma

Lunes 4º de Cuaresma

Is 65, 17-21; Jn 4, 43-54

Queridos hermanos:

Una palabra sobre la fe de un cortesano que, al principio, busca sobre todo una curación y acude a la fama de Cristo con la esperanza de una fe muy humana, puramente terrena. El Señor pone a prueba esa fe, dándole una palabra en la que apoyarse antes de ver el fruto. En cierto sentido, recuerda la actitud de Tomás, quien necesita ver y tocar; no tanto para creer en Cristo —pues había perseverado con Él en sus pruebas—, sino para aceptar el hecho de no haber recibido la gracia de verle resucitado, como los demás. Por eso Cristo mismo se le mostrará y, más que reprender su incredulidad, elogiará la fe de la mayoría, llamada a apoyarse en el testimonio de los discípulos, sin la gracia particular de verle, como es nuestro caso: “Dichosos los que sin ver creerán”.

El Señor no se resiste a tener compasión de quien le suplica; no tiene dificultad alguna en curar al hijo del funcionario, pero sí le importa suscitar en él la salvación que proviene de la fe y no de los sentidos. Por eso, cuando aparece la fe, no retrasa la curación. Con frecuencia es Dios mismo quien, a través de cualquier precariedad, atrae al hombre hacia Cristo —como en este caso, mediante la enfermedad del hijo— para llamarlo a la fe. Condiciona la curación a la confianza en su palabra, una fe que será confirmada y que se propagará, después de la curación, a toda su casa. Este fue el fruto que Cristo buscaba al sanar al hijo de aquel hombre: mientras él creyó por la palabra, su familia creyó por su testimonio, confirmando el prodigio.

También nosotros somos llamados a creer por el testimonio de la Iglesia, sacramento de Cristo, a través de sus enviados y, sobre todo, mediante la Palabra que ellos nos han transmitido. Como aquel hombre, hemos recibido una palabra que lleva consigo una promesa de vida —como decía la primera lectura— y, como él, nos hemos puesto en camino hacia su cumplimiento. De nosotros depende alcanzarlo, guardando la palabra como una semilla, porque, como dice la Escritura: “El Reino de Dios es como un hombre que echa el grano en la tierra; duerma o se levante, de noche o de día, el grano brota y crece, sin que él sepa cómo. La tierra da el fruto por sí misma”.

La Eucaristía es también una semilla sembrada que somos invitados a acoger, con una promesa de vida eterna que fructifica en quienes la reciben con fe.

 Que así sea.

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Domingo 4º de Cuaresma A: (Laetare)

Domingo 4º de Cuaresma A: (Laetare)

1S 16, 1.4.6-7.10-13; Ef 5, 8-14; Jn 9, 1-41

Queridos hermanos:

Acogemos este domingo una nueva imagen del Bautismo como camino progresivo de crecimiento en la fe. Así como la samaritana avanzó desde la incomprensión hasta la confesión de Cristo, hoy contemplamos al ciego de nacimiento que pasa de llamar a Jesús «ese hombre», luego «profeta», después «maestro» al reconocerse discípulo, y finalmente «Señor», postrándose ante Él en adoración.

La figura del Don de Dios ya no es hoy el agua viva, sino la luz, y lo que esta representa para el hombre que vive en tinieblas y sombras de muerte a causa del pecado.

Jesús sale al encuentro de un ciego de nacimiento. Ante la pregunta sobre el origen de su ceguera —«¿Quién ha pecado?»—, el Señor responde que no se trata de un castigo, sino de un misterio inscrito en el plan salvífico de Dios: «Es para que se manifiesten en él las obras de Dios». Un antiguo targum se pregunta: «¿Qué mal hizo Isaac para volverse ciego?» Sabemos que, ya anciano, no distinguía a sus hijos y bendijo a Jacob en lugar de a Esaú (Gn 27,1-45). Y responde el targum: «Cuando Isaac estaba atado sobre el altar, aceptando ser sacrificado, contempló la perfección del cielo. Su fe abrió el cielo a sus ojos; y como el hombre no puede ver el cielo ni ver a Dios, quedó ciego». En el ciego del Evangelio, la ceguera será precisamente el instrumento de su apertura a la fe, la puerta por la que se abrirán los ojos de su corazón a la gloria de Dios.

Cristo ha venido a dar luz a los ciegos de nacimiento, que como nosotros pueden decir con el salmo: «En la culpa nací; pecador me concibió mi madre». Para ser curados de nuestra ceguera, necesitamos aceptar el juicio de Dios sobre nuestros pecados, acoger el Evangelio del perdón y de la misericordia, reconocernos pecadores. La Palabra debe iluminar nuestra oscuridad, como advierte Jesús a los fariseos: «Si fuerais ciegos, no tendríais pecado; pero como decís: vemos, vuestro pecado permanece». No basta tener delante el agua: hay que beberla, sumergirse en ella; hay que creer. Del mismo modo, no basta que la luz esté cerca: hay que dejarse iluminar por ella.

Con la luz, sucede lo mismo que con el agua de la fe. Su virtud no es solo saciar la sed, sino hacer brotar una fuente en el corazón del que cree en Cristo. Así, la luz de la fe no solo ilumina al creyente, sino que lo convierte en luz en el Señor, cuyo fruto —como dice san Pablo— es toda bondad, justicia y verdad. En el corazón del cristiano, por el Espíritu, hay luz: luz para el entendimiento, llama ardiente de amor —como cantamos en el Veni Creator—, y luz para iluminar a otros y ver con la mirada de Dios el corazón del hombre, sin quedarnos en las apariencias, como enseña la primera lectura.

El ciego de nacimiento, apenas ha sido curado, aun sin haber visto físicamente a Jesús, ya ilumina a otros gracias al encuentro de la fe, como la samaritana. «Si este no viniera de Dios, no podría hacer nada», afirma ante quienes lo interrogan. Si al menos los judíos hubieran reconocido a Jesús como el Cristo, se habrían convertido, hasta que Dios mismo se les manifestara como al ciego: «Yo Soy».

En aquella otra parábola, sin la luz del discernimiento, el fariseo solo ve a un publicano despreciable; pero en el corazón quebrantado y humillado del publicano penetra la luz de Dios para justificarlo, porque la mirada del Señor no es como la de los hombres.

Que el Señor nos conceda en esta Cuaresma y en la Eucaristía ojos para ver, oídos para oír y corazón para convertirnos a Él.

 Proclamemos juntos nuestra fe.

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Sábado 3º de Cuaresma

Sábado 3º de Cuaresma

Os 6, 1-6; Lc 18, 9-14

Queridos hermanos:

Acudir a la misericordia de Dios con un corazón misericordioso y humilde es la condición necesaria para ser escuchados, porque antes hemos sido alcanzados por la gratuidad de su amor. «Misericordia quiero y no sacrificios; conocimiento de Dios más que holocaustos».

El publicano —como cualquier pecador— solo necesita la humildad de reconocerse pecador y pedir misericordia para ser justificado por el Señor. «El que se ensalce será humillado, y el que se humille será ensalzado».

Que un publicano suba al templo y ore a Dios es ya fruto de una gracia, no únicamente de su humildad o de su fe en la misericordia divina que justifica al malvado. Así ocurrió con Abrahán: «Creyó Abrahán en Dios y le fue reputado como justicia», al acoger la gracia de su llamada.

La verdadera justicia habita en «un corazón contrito y humillado», y Dios la reconoce porque Él escruta los corazones. Es el Señor quien justifica al hombre concebido en la culpa, al pecador que lo invoca con el corazón abatido.

El fariseo se cree justo, pero el justo no desprecia a nadie, porque sabe que su justificación proviene de Dios y que la humildad es su compañera. La justificación, siendo un don gratuito del amor divino al que cree, engendra en el justificado amor a Dios y esperanza en el cumplimiento de su promesa. Quien ha sido justificado siente la necesidad de unirse a Dios y lo busca en la oración.

El fariseo de la parábola da gracias a Dios, pero, olvidando su condición pecadora y el origen gratuito de sus obras, se glorifica a sí mismo, roba la gloria que pertenece a Dios y desprecia al pecador. «Será humillado».

Cuando uno deja de reconocer sus propios pecados, se aleja del amor y de la gratitud, y cae en la ciénaga del juicio, que finalmente se vuelve contra él mismo.

Para san Pablo, la justificación es fruto de la fe que procede de Dios y no de los méritos humanos. Ser justo consiste en permanecer en el don recibido por la fe hasta alcanzar la fidelidad que actúa por la caridad. Es necesario permanecer en el don y perseverar en la gracia hasta llegar a la fecundidad de la caridad: «Permaneced en mi amor»; y «el que persevere hasta el fin se salvará».

Unámonos a Cristo en la Eucaristía y compartamos con los hermanos lo que en ella recibimos.

Que así sea.

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Voiernes 3º de Cuaresma

Viernes 3º de Cuaresma 

Os 14, 2-10; Mc 12, 28-34

Queridos hermanos:             

La palabra de hoy nos sitúa ante el amor misericordioso de Dios, que se hace camino de vida eterna y nos conduce, mediante la conversión, al Reino de Dios. El Reino de Dios es el amor que Cristo ha venido a infundir en el corazón del hombre por el Espíritu, mediante la fe en Él.

Dios depositó su amor en nosotros al crearnos, y el amor engendra amor; pero el pecado lo rechazó, expulsando a Dios de nuestro corazón y dejándonos un vacío insaciable que intentamos llenar con el amor a las criaturas. Así nos encerramos en nosotros mismos e incapacitamos nuestro corazón para amar a alguien por encima de nosotros. Sin embargo, buscar ser amados no sacia. Sólo sacia sabernos amados por Dios, que no ha dejado de amarnos y que continuamente nos mueve al amor.

El libro del Levítico, partiendo de esta realidad, nos presenta al prójimo como el camino para salir de nosotros mismos e ir en busca del amor. Por eso Cristo, como hemos escuchado en el Evangelio, une este precepto al del amor a Dios: “El segundo es: Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. He aquí la vida feliz y el camino indicado por la Ley, que puede llevar al hombre hasta las puertas del Reino: “No estás lejos del Reino de Dios”. El escriba, que llama a Cristo “Maestro” de corazón sincero, está cerca de la fe; sólo necesita llegar a la confesión de Cristo como Señor por gracia del Espíritu Santo. Sólo en el amor cristiano la vida feliz trasciende la muerte y salta a la vida eterna. Del amar como a sí mismo se pasa al amar como Cristo. Cristo ha venido a darnos el conocimiento y la posesión de su amor, para poder amar como Él nos ama.

En efecto, sólo en Cristo se abrirán las puertas del Reino, con un amor nuevo dado al hombre en virtud de la Redención, de la “nueva creación”, por la cual el amor es regenerado en el corazón humano. Es el amor con el que Cristo se ha entregado a nosotros: “Como yo os he amado”. Este será, pues, el mandamiento del Reino: el mandamiento nuevo, el mandamiento de Cristo, al que el escriba del Evangelio es invitado a adentrarse mediante la fe en Él: “Que os améis los unos a los otros como yo os he amado”.

Amar es tener a Dios en nosotros, porque Dios es amor. En efecto, dice san Juan: “El amor no consiste en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó primero”.

Una vez más, el amor cristiano no consiste en que nosotros hayamos amado a Cristo, sino en que Cristo nos amó primero. Si el amor cristiano es el de Cristo, recordemos sus palabras: “Como el Padre me amó, así os he amado yo a vosotros”. Así, el amor cristiano no es otro ni diferente del amor con el que el Padre amó a Cristo desde siempre y con el que Cristo nos amó a nosotros. Amar al hermano es, por tanto, signo y testimonio del amor de Dios en el mundo. A esta misión hemos sido llamados en Cristo, porque, como dice la profecía de Oseas: “Yo quiero amor; conocimiento de Dios”.

Pensamos estar en el Reino, pero es el amor el que debe testificarlo mediante las obras de nuestra fe: amor a Dios cumpliendo sus mandamientos y amor al hermano; tener el Espíritu Santo. Por este amor nos negamos a nosotros mismos para entregarnos, en la integridad de nuestro ser, a Dios con todo el corazón, con toda la mente y con todas las fuerzas, y al prójimo con el amor de Cristo.

Que así sea.

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